Quería comenzar este artículo pidiendo perdón por mi origen, pero la verdad es que no me avergüenzo de él lo más mínimo. De hecho, siento orgullo. Cuando me refiero a tener ocho apellidos catalanes, me refiero al capital social, económico y cultural, según el cual solo los que parece que estén más arriba de la pirámide ganan. Porque, al final, como buena sociedad burguesa, la catalana, se reduce a un juego de máscaras
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