Jane Goodall ha muerto a los 91 años. Con ella se va una figura irrepetible: científica, activista y, sobre todo, alguien que cambió nuestra manera de mirarnos a nosotros mismos. Su fallecimiento no es solo una pérdida para la primatología, sino un momento histórico para pensar —de verdad— qué significa ser humano en un planeta compartido.
Cuando Goodall llegó en 1960 a la selva de Gombe, en Tanzania, no tenía un doctorado ni un plan académico milimetrado. Llevaba binoculares, un cuaderno y una curiosidad casi infantil. A diferencia de otros investigadores, no numeró a los chimpancés que observaba: les puso nombre. Flo, Fifi, David Greybeard… No eran objetos de estudio, eran sujetos con historias. Esa decisión —aparentemente menor— fue en realidad una revolución epistemológica. Goodall no contemplaba a los animales como “cosas” que ilustraban una teoría humana, sino como seres con agencia, emociones y cultura propias.
Una subversión científica y moral
Goodall documentó por primera vez el uso de herramientas entre chimpancés, observó cacerías coordinadas, rituales de duelo y comportamientos sociales complejos. Cada una de estas observaciones erosionaba un supuesto central de la modernidad: que la cultura, la inteligencia o la moral eran patrimonio exclusivo de Homo sapiens. Sus hallazgos no solo ampliaron la zoología; desestabilizaron las jerarquías con las que el ser humano se había situado en la cúspide de la creación.
Durante décadas, buena parte de la ciencia había dibujado una línea tajante entre “nosotros” y “ellos”. Jane Goodall la borró con paciencia, ternura y método. Frente al distanciamiento impersonal que dominaba la primatología, introdujo la empatía como herramienta de conocimiento. Y lo hizo sin caer en el sentimentalismo fácil: sus observaciones también mostraron la violencia entre chimpancés, las luchas de poder, las traiciones y reconciliaciones. Precisamente ahí reside su fuerza: mirar sin adornos, pero también sin arrogancia.
El legado filosófico y antropológico
La importancia de Jane Goodall trasciende la ciencia natural. Su obra representa un punto de inflexión filosófico y antropológico: nos obliga a replantear la frontera entre lo humano y lo no humano, no como un muro, sino como una zona porosa de continuidades y diferencias.
La modernidad occidental se ha construido sobre una serie de separaciones tajantes: entre cuerpo y mente, cultura y naturaleza, razón y emoción, humanos y animales. Estas dicotomías han organizado nuestro pensamiento, nuestra economía y nuestras instituciones. Goodall, desde un claro gesto metodológico y existencial, desarmó una de las más profundas: la que separa a la humanidad del resto de los seres vivos.
Su mirada no consistía en “humanizar” a los chimpancés, como a veces se le reprochó, sino en reconocer que nuestra humanidad no es un bloque aislado, sino parte de un continuo evolutivo y social más amplio. Al documentar culturas chimpancés —modos de aprender, transmitir conocimiento, establecer jerarquías o resolver conflictos— mostró que muchas capacidades que creíamos exclusivamente humanas son, en realidad, modulaciones de facultades compartidas.
En ese sentido, su trabajo se sitúa en la estela de quienes han cuestionado el antropocentrismo desde distintas disciplinas: desde Darwin hasta Donna Haraway, pasando por los etólogos que mostraron la inteligencia animal en cuervos, delfines o elefantes. Pero Goodall aportó algo singular: un testimonio paciente, encarnado y prolongado en el tiempo que desbarata, no con teorías abstractas sino con décadas de observación, la idea de un abismo insalvable entre especies.
Desde el punto de vista antropológico, su legado obliga a revisar cómo definimos la cultura, la técnica o la política. Si estas nociones se aplican, con matices, a comunidades no humanas, entonces nuestra propia autoimagen como especie se vuelve menos excepcional y más relacional. No somos los únicos que creamos herramientas, ni los únicos que lloramos a nuestros muertos, ni los únicos que formamos alianzas o ejercemos poder. Esa constatación no rebaja nuestra dignidad: la sitúa en un lugar distinto, menos solitario y más compartido.
Corresponsabilidad en un planeta común
Esa ampliación del marco conceptual no es un ejercicio teórico estéril. Para Goodall, tenía consecuencias políticas y éticas muy concretas. A través del Instituto Jane Goodall y del programa educativo Roots & Shoots, impulsó proyectos de conservación, educación ambiental y activismo comunitario en decenas de países. Siempre insistió en que la protección de la naturaleza no es un acto de generosidad humana, sino un gesto de corresponsabilidad.
En un tiempo en que la crisis climática y la sexta extinción masiva amenazan la estabilidad del planeta, ese mensaje adquiere una urgencia renovada. Goodall comprendió que no basta con acumular datos sobre biodiversidad: es necesario reconfigurar nuestra posición ética y política en el mundo viviente. Somos una especie más entre muchas, y nuestras acciones tienen consecuencias sistémicas que no podemos seguir ignorando.
Su insistencia en la empatía no era ingenua: era estratégica. Sabía que para transformar nuestra relación con el entorno no basta con cifras; hace falta cambiar el relato que nos contamos sobre quiénes somos. Si dejamos de situarnos como dueños y empezamos a reconocernos como participantes en un entramado vivo, la conservación deja de ser una cruzada unilateral y se convierte en una tarea compartida.
Goodall solía decir que cada persona puede marcar la diferencia, y que la suma de pequeñas acciones cotidianas podía tener un impacto real. Pero ese optimismo estaba sostenido por una convicción más profunda: que el mundo no es “nuestro” para salvarlo, sino “de todos” para cuidarlo juntos.


