Del 1 de septiembre al 3 de octubre

1 de septiembre: la periodista y escritora Empar Moliner publicaba un artículo en Ara titulado “Ada y Greta ‘sur mer’”. La primera frase ya marcaba el tono burlón del texto: “Da pena que esta flota, con Greta Thunberg y Ada Colau, haya tenido que regresar a puerto por el mal mar, pero es que un naufragio no habría sido muy edificante”. No fue ni de lejos la descalificación más agria: un exdirigente convergente, seguramente acostumbrado a navegar en yate, despreciaba la falta de experiencia náutica de los participantes. Los insultos vertidos en varios medios fueron numerosos: Aliança Catalana habló de “la nueva Armada Invencible”, y algunos opinadores escribieron “Ada y Greta se van de excursión”, “Llegarán a Gaza por Navidad”, “El show de Ada y Greta” o “una expedición ridícula”. Evidentemente, desde el entorno de Israel no se desaprovechó la ocasión para sumarse a la crítica más ácida; la escritora Gabriela Keselman calificó a los integrantes de la Flotilla como “idiotas inútiles que reparten propaganda”.

3 de octubre: tras un mes de navegación y varios ataques con drones, la Flotilla fue interceptada ilegalmente en aguas internacionales por el ejército israelí. Las cerca de 500 personas detenidas, entre ellas Ada y Greta ‘sur mer’, aparecen sentadas en el suelo de una gran sala mientras el líder de extrema derecha Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional del gobierno genocida de Netanyahu, las insulta acusándolas de “terroristas”.

Ahora, en Cataluña, quizá algunas de las personas que se ensañaron con la Flotilla medirían hoy sus palabras. Pero precisamente por eso, podemos preguntarnos por qué se produjeron determinadas reacciones. Un sector de la derecha nacionalista catalana tiene dos demonios en su imaginario: las organizaciones de solidaridad con Palestina y Ada Colau. La animadversión hacia ambas responde a motivos distintos, pero cuando se combinan, la reacción se vuelve especialmente virulenta.

Cataluña, Palestina e Israel

Es bien conocida la admiración, primero de CiU y después del independentismo conservador, por Israel. Se ha seguido de cerca la construcción de un nuevo Estado basado en una identidad única que podría servir de modelo para levantar un Estado catalán. También, hace ya muchos años, existió un espejo en el que mirarse: la experiencia de los kibutzim, que Noam Chomsky definió como “la avanzadilla del colonialismo y el sionismo”.
Esta inclinación proisraelí —que el médico palestino Salah Jamal trató de combatir cuando llegó a Barcelona en 1969— ha tenido distintas manifestaciones a lo largo de los años, como las presiones para evitar el recital de Lluís Llach en el Palau d’Esports en 1988 a favor de la causa palestina, organizado por la Crida a la Solidaritat en defensa de la Lengua, la Cultura y la Nación Catalanas, encabezada por Jordi Sánchez. Algunos de quienes durante el procés aplaudieron a Llach y a Sánchez habían intentado impedir una de sus iniciativas en apoyo a un pueblo oprimido.

El miedo a Ada Colau

Ada Colau también provoca urticaria en estos mismos sectores. No le perdonan que, en 2015, en pleno procés independentista, arrebatara la alcaldía de Barcelona al convergente Xavier Trias y que gobernara la ciudad durante ocho años defendiendo valores contrarios a los de los lobbies que intentan definir la capital catalana en función de sus intereses económicos. Ada todavía genera temor, y de ahí las reacciones más agresivas.

Cuando en la Flotilla se han combinado la solidaridad catalana con Palestina y el protagonismo lógico de Ada Colau, las descalificaciones se han multiplicado. Pero da igual. A pesar de todos los presagios interesados, la Flotilla ha llegado hasta las proximidades de Gaza, y si no ha podido desembarcar ha sido por el ataque de Israel. Ha cumplido su misión más allá de llevar ayuda humanitaria: ha situado en la agenda mundial el genocidio en Gaza.
Es muy significativo que tanto la movilización popular en protesta por la presencia de un equipo israelí en la Vuelta a España como la Flotilla hayan conseguido modificar posiciones gubernamentales que parecían inamovibles.
Hoy en Cataluña existe una opinión pública ampliamente favorable a Palestina y contraria a Israel, movilizada ante el genocidio que está perpetrando Netanyahu. Y eso provoca desconcierto y frustración en los sectores más proisraelíes, que ven cómo las organizaciones que desde hace muchos años defienden el derecho de Palestina a existir han ganado la partida en nuestras calles y nuestros hogares, aunque aún no se haya podido poner fin a la locura desatada por un Israel sostenido, cada vez más en solitario, por Donald Trump.

Coincidencias significativas

Aún podríamos añadir otro elemento de reflexión: los argumentos nacidos en Cataluña citados al inicio del artículo son idénticos a los utilizados por la extrema derecha española presente dentro del PP de Isabel Díaz Ayuso (“asamblea estudiantil flotante”), por su portavoz (“HamásMadrid” para referirse al partido Más Madrid) o por Vox (“niños de papá que juegan a hacerse los héroes”).
La coincidencia entre los ataques surgidos en Cataluña y en España no debería sorprendernos cuando hablamos del PP, Vox o Aliança Catalana. Pero tal vez sí deberían hacer reflexionar a quienes se han sumado a ellos pese a provenir de tradiciones democráticas.

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