Opinión original de Culturaes.cat
Contiene spoilers
La Academia de Cine se ha decantado por la psicodélica Sirat como representante española en los Óscar, imponiéndose a Romería, de Carla Simón, o El Cautivo, de Alejandro Amenábar, entre otras precandidatas. Más allá de su elección, lo que más inquieta del largometraje de Laxe es su propia propuesta: una película que consigue despojar de cualquier rastro de significado a un territorio con una enorme carga política como es el desierto del Sáhara Occidental, limítrofe con Marruecos y Mauritania.
Podría pensarse que este vaciamiento de sentido es deliberado, ya que en un momento del metraje uno de los protagonistas apaga una radio que anuncia una inminente guerra mundial —de la que se han ido dando pistas, como la irrupción del ejército marroquí desalojando a los europeos de la rave, o el posterior caos que se ve en las carreteras—. Lo que podría interpretarse como un gesto de rechazo explícito a cualquier marco político, en realidad no significa nada. La actitud no es política ni intencionadamente antipolítica; es la reducción del espacio a un fondo estético donde desarrollar las fantasías madmaxianas de un director que utiliza la crueldad como herramienta para encontrarse a sí mismo.
En palabras del propio Laxe, en varias entrevistas y presentaciones, la película es como “el Tao”: un viaje, un rito de paso, la historia del héroe aniquilado que se ve obligado a mirar hacia dentro —quizá un reflejo de su propia autopercepción—. Sí, después del visionado tuve que buscar en internet para que él mismo me explicara qué pretendía con la película.
La propuesta no tiene por qué ser necesariamente militante ni pedagógica. Sin embargo, al optar por borrar cualquier contexto histórico y geopolítico en favor de un supuesto camino de crecimiento personal, Sirat termina reforzando la idea problemática del territorio como escenario y de sus habitantes como mero decorado. “Haz que todo explote”, exclama de forma “simplona” una de las protagonistas antes de volar por los aires e iniciar así las aventuras de los personajes en el espacio que emula los muros —conocidos también como los muros de la vergüenza— levantados por Marruecos en los territorios ocupados, un lugar fuertemente militarizado y literalmente minado.
La secuencia de explosiones parece no tener origen ni contexto; la imagen de aquel lugar —“la frontera con Mauritania”, hacia donde ellos mismos decían dirigirse— y su existencia se convierten en un accidente surrealista, un instrumento al servicio de la atmósfera psicotrópica, una herramienta para que el protagonista logre caminar sin miedo cuando ha sido despojado de todo.
En este sentido, no resulta exagerado afirmar que Laxe firma con Sirat su propio manifiesto como Pedro Pastor del cine español. Un autor que, tras la celebrada O que arde, se siente llamado a dinamitar los códigos narrativos para volcar en la pantalla sus delirios neohippies. Afirma que la película lo trasciende, cuando lo que se ve es un ego descomunal que acaba absorbiéndolo todo —desde el relato hasta la cultura y el territorio que filma— y que solo consigue rodar un espejismo de sí mismo: un oasis en el desierto con el reflejo de Narciso.
Si se pretendía plasmar un camino iniciático, un “tao” o una mirada interior, quizá no era lo más acertado hacerlo en un espacio con memoria, conflicto y desposesión, un territorio ocupado y aún pendiente de descolonización, donde cualquier gesto artístico mal ejecutado corre el riesgo no solo de reproducir lógicas coloniales, sino también de apropiárselas.


