El carácter masivo de las manifestaciones, con cientos de miles de personas en la calle; su expansión a ciudades pequeñas – un signo inequívoco de un movimiento transversal – y su capacidad para modificar la opinión pública y marcar el debate político nos hablan de un verdadero movimiento social, que va más allá de una serie de protestas desconectadas. Un movimiento que supone un soplo de esperanza para la política catalana y española, y algunas enseñanzas útiles para entender mejor el momento político.

La primera, que la justicia y la solidaridad son un motor político tan potente como los intereses individuales y las pasiones tristes. Los liberales y la extrema derecha coinciden en visiones de la política donde la defensa de la justicia tiene poco espacio. Para los liberales, la política es un mercado donde las personas solo se movilizan para defender sus intereses privados, siempre en conflicto con los de otros. Por su parte, los ultraderechistas y otros que, sin serlo, les han comprado su concepción de la política, creen que solo pasiones tristes como el odio y el miedo movilizan a las masas, al menos en el contexto actual. Las imágenes del pasado 3 de octubre muestran que están muy equivocados: las personas no tienen ninguna contradicción entre defender sus propios derechos y los de un pueblo que está siendo exterminado, al contrario, entienden perfectamente la conexión entre defender Palestina y construir un mundo más pacífico y justo.

El movimiento masivo por Palestina también cuestiona la jerarquización de las demandas políticas que tanto les gusta a los rojipardos, emuladores de la ultraderecha. Según ellos, las únicas demandas legítimas y capaces de movilizar a amplios sectores sociales son las que tienen que ver con ‘las cosas de comer’, las reivindicaciones materiales (definidas en términos muy estrechos y opuestas artificialmente a las mal llamadas demandas ‘culturales’). Se equivocan: millones de trabajadores de todo el mundo están saliendo a la calle e incluso haciendo huelga, para defender a un pueblo que está a miles de kilómetros. Las organizaciones políticas y sociales progresistas, especialmente los sindicatos, harían bien en tomar nota y ponerse al servicio del movimiento.

Por otro lado, el carácter masivo del movimiento por Palestina cuestiona la idea de que estamos sumidos en un ciclo político absolutamente reaccionario, en el que la ultraderecha impone los temas de los que se habla y cómo se habla, condenando a las fuerzas progresista a una posición defensiva. Es verdad que la intención de voto a Vox y Aliança Catalana aumenta, pero a la vez la mayoría social está expresando su apoyo a un pueblo árabe y mayoritariamente musulmán, tirando por tierra su propaganda islamófoba. Esta solidaridad incondicional es una derrota para la ultraderecha, que tiene en Benjamin Netanyahu y Donald Trump dos de sus líderes globales.

Finalmente, las protestas muestran que la sociedad civil también hace geopolítica Durante los últimos meses hemos visto cómo Donald Trump derrumbaba la apariencia de un orden internacional basado en unas reglas medianamente justas – digo apariencia porque en realidad Trump solo le ha quitado la careta al imperialismo capitalista que ya regía en gran medida los destinos del planeta mucho antes de su elección –. Las movilizaciones contra los crímenes de Israel son también un alzamiento contra el dominio estadounidense y contra sus hipócritas aliados europeos, que llevan décadas llenándose la boca con la retórica de los derechos humanos mientras colaboran con el colonialismo, la ocupación y ahora el genocidio cometido por Israel. Los pueblos han vuelto a la política internacional por la puerta grande y esto es motivo de esperanza.

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