Quizá Vallcarca tenga en su haber la posesión de todas las virtudes y defectos que enhebran el porvenir de Barcelona.

Durante todo el verano, en el que pude ausentarme de mi ciudad para pensarla mejor, deseé con todas mis fuerzas volver para pisar ese barrio, en el que anidan tantas paradojas y contradicciones. Lo más elemental, repetido en estas páginas en múltiples ocasiones, es la máxima según la cual aquello que de lo que no se habla es invisible a los ojos de la mayoría.

Por su ubicación en el plano, Vallcarca no es muy frecuentada por la ciudadanía. Al tener como límite, en general de inicio, plaça Lesseps muchos se quedan en ese punto, sin avanzar más allá de los Josepets, en realidad una iglesia dedicada a la mare de Déu de Gràcia, o la Biblioteca Fuster, como si después llegara el vacío.

En cierto sentido podría ser así si se cumplen los designios municipales, empeñados a lo largo del siglo en cargarse el pasado junto a la acción especuladora de poderes como Núñez y Navarro. Esto puede percibirse sin ir más lejos con una primera desaparición siempre recordada, la de la Casita Blanca, el meublé por excelencia durante décadas, el mismo que, eliminándolo, canceló a nivel espacial una constelación de memorias y orgasmos.

Después del mismo se situaba y sitúa el carrer de Bolívar, quizá mi principal preocupación. Hace años, en una extraña votación, el Ajuntament aprobó la creación de una para nada imprescindible rambla verde, más que nada porque el barrio ya tiene dos avenidas significativas, República Argentina y Vallcarca, por lo cual darle una tercera parece más bien un invento del tebeo para justificar quién sabe qué.

La rambla debe cargarse todas las particularidades del carrer Bolívar, uno de los más emblemáticos de nuestro paseo y repleto de referencias significativas, desde la antigüedad de algunas viviendas, datadas a finales del siglo XIX, hasta un hermoso patrimonio que las autoridades pretenden no ponderar para arrasarlo con más solvencia. Un claro ejemplo sería la casa dels Gossos en el número 36, desahuciada desde hace años pese a mantenerse en pie, pues ni siquiera aparece su fecha en el catastro, como si así pudiera acelerarse la labor de la piqueta.

New Jerseys donde antes hubo barraquismo | Jordi Corominas

Los habitantes de este inmueble, quizá uno de los más especiales de toda Barcelona, tienen muy claro a los culpables. Antes fueron los Comuns, pero desde que Collboni gobierna el PSC se ha quitado en el barrio la máscara y declara con entusiasmo su amor a los especuladores. Así reza un adhesivo en la fachada, correspondido en otros parajes, como donde hasta no hace mucho, aquí fuimos los primeros en denunciarlo, destacaba un enorme campamento de barracas, ahora copado por new jerseys para impedir redundar en lo aniquilado, barreras con las tres letras del partido que gobierna en 2025 las principales instituciones catalanas, sospechoso para cierto porcentaje de habitantes de compadrear demasiado con las inmobiliarias.

La rambla, sin duda, puede ser un negocio muy en la senda neocon de la Casa Gran, regida, según dicen, por una formación de izquierda. La anterior en el puesto de mando, más progresista que la actual me concedió audiencia en su momento para comentar la jugada e incluso aceptó que algunos edificios, más allá de la casa Comas Argemí que debe conservarse sí o sí, podrían quedarse, pues nada impide que una avenida tenga edificios en medio, más aún si es, se supone, peatonal. De hecho, si se adoptara esa solución se ganaría en originalidad y se sentaría un precedente valioso, a aplicar en otros rincones.

Tela en l’avinguda de Vallcarca contra las demoliciones y a favor del alquiler social | Jordi Corominas
Mural de Roc Blackblock en la avinguda de Vallcarca | Jordi Corominas

No estaría nada mal cavilarlo en el sector de l’avinguda de Vallcarca. Muchos turistas, ansiosos por ir al Park Güell desde cualquier ángulo urbano, la toman y algunos han aprovechado la coyuntura para tender redes de negocios de souvenirs, que prostituyen el entorno, algo advertido por un mural, intuyo, de Roc BlackBlock, con el lema “el barri per a qui l’habita, no per a qui el visita”, poco posterior a un cartel que se queja de las demoliciones mientras reclama más alquileres sociales.

Estos se divisan a lo lejos, en un bloque alzándose de manera insultante, prueba de la voracidad de la administración, a quién no le importa para nada respetar las panorámicas urbanas, pues la futura finca tiene tanta altura como para tapar al viaducto de Vallcarca, puente de suicidas y una obra de ingeniería siempre denostada.

Viviendas sociales en construcción junto al viaducto de Vallcarca | Jordi Corominas

Esta falta de respeto es la misma que hayamos en solares y recovecos. El de la plaza junto al metro, donde hubo las barracas, clama al cielo al ser un núcleo de tensión. El meollo antiguo languidece. Los vecinos críticos dicen que sus casas, como las remozadas  del carrer de l’Argentera y el de Cambrils, son el feudo de ocupadores sin solidaridad alguna, sólo de boquilla, sin aspiración alguna para mejorar al colectivo. Como es comprensible, si preguntáramos a estos criticados responderían lo contrario, mostrándonos como se han preocupado desde hace tiempo por cuidar esos metros abandonados del carrer de la Farigolay sus aledaños,  hasta hacerlos sostenibles y erigirse en un foco de protesta que sueña con una Vallcarca que sea la tumba de tantos y tantos chanchullos de la especulación, que en el centro de toda esta isla muy amenazada reunía, esa mañana en la que me dediqué a investigar, a un grupo de señores con pinta de arquitectos, contentos por su misión de modernizar, quizá sin tener ningún tipo de Cultura que les permita meditar sobre cómo la piqueta no es el remedio a nada, máxime cuando lo contemporáneo puede integrar sin problemas lo nuevo y lo viejo.

Murales contra la especulación en el carrer de la Farigola | Jordi Corominas
Mural en memoria de Lucio Urtubia en el núcleo antiguo de Vallcarca | Jordi Corominas

Pero ya saben, el grito socialista de este último año, excepto cuando Collboni tapa su inacción condal llenándose la boca con Palestina, es el de edificar con todo novísimo para ponerse medallas de vivienda social. Esta ambición propicia en barrios tirar abajo casas que otorgaban personalidad, como en la rambla Volart del Guinardó. ¿Por qué? Pues por lo que insistimos: si no se habla de ello la barra libre está servida, por eso este caminar por Vallcarca tiene sentido, para diagnosticar el estado de las cosas desde un barrio al que no se concede ni piedad ni atención para con el pasado y las identidades deberían vertebrar el hoy de todas las Barcelonas.

Share.
Leave A Reply