En Palestina Infinita. Crónicas de despojo y retorno (Editorial Ariel), la periodista Yasna Mussa entrelaza casi dos décadas de viajes, coberturas y vínculos personales con la historia del pueblo palestino. El libro es al mismo tiempo una crónica política y una memoria íntima: desde su primera visita a Cisjordania en 2007 hasta su trabajo reciente en las fronteras de Gaza, Mussa construye una narrativa comprometida, donde Palestina no es solo un territorio en conflicto, sino también una pregunta identitaria, una herida histórica y una promesa de retorno.
Conversamos con ella a propósito de la publicación del libro, pero también más allá de él: sobre la centralidad del relato, la deshumanización como estrategia de guerra, el lugar del periodismo en tiempos de bloqueo informativo, y la marca colonial que persiste bajo nuevas formas en el presente. “Mi entrada a Palestina siempre estuvo teñida de esa conciencia de derechos humanos”, afirma.
También hablamos de cómo las voces palestinas han comenzado a ocupar nuevos espacios mediáticos y culturales, rompiendo con décadas de distorsión narrativa. “Por primera vez, los palestinos están ganando en términos narrativos”, señala Musna, reconociendo el cambio de tono en la manera en que se cuenta —y se escucha— esta historia. A lo largo de la entrevista, Mussa traza conexiones entre Palestina y Chile, entre colonialismo y dictadura, entre memoria y resistencia. Y cierra con una certeza: lo que da esperanza es ver cómo, incluso en condiciones extremas, el pueblo palestino sigue defendiendo la vida.
Has dedicado más de una década a seguir esta historia. ¿Qué es lo que te impulsa a volver una y otra vez a Palestina, especialmente a Gaza? ¿Qué te mueve?
Me impulsa una urgencia ética y vital. La necesidad de seguir hablando del tema, de evitar que se normalice el silencio. Lo que ocurre en Palestina no puede dejar de ser nombrado, porque mientras no haya una solución real, mientras no se detenga el genocidio —que ha ocurrido durante décadas, de manera sistemática y muchas veces silenciada—, hablar se convierte en un deber.
Además, hay algo muy concreto: el acceso. Yo estoy fuera del territorio y eso me permite alzar la voz sin el nivel de riesgo que enfrentan muchas y muchos colegas palestinos que están allí. Ellos son perseguidos, censurados, marcados, amenazados. Muchos han perdido la vida por contar lo que ven. Entonces, desde mi lugar, esa posibilidad de contar se convierte también en una responsabilidad.

Somos muchos los que estamos fuera, pero no todos hacemos este trabajo. ¿Por qué tú? ¿Recuerdas algún momento, alguna imagen, que te haya marcado especialmente al comenzar?Sí, claramente. En mi caso, todo comenzó como una búsqueda de identidad personal. Mi padre, desde que tengo memoria, me mostró la cultura árabe, me habló de Palestina como algo muy cercano, aunque vivíamos en Chile. No era un tema distante o exótico: era parte de mi historia, aunque yo no lo entendiera del todo cuando era niña.
Un punto de quiebre fue cuando él viajó, cuando yo tenía 17 años, y se reencontró con nuestra familia en Beit Safafa, en Jerusalén. Escucharlo contar lo que vivió allá, cómo fue recibido, cómo reconoció rostros y lugares que solo conocía por relatos familiares, fue profundamente conmovedor. Me hizo sentir que yo también quería hacer ese camino. Desde ese momento, sentí que Palestina no solo era una causa internacional que me interesaba por razones políticas o éticas, sino algo íntimo. Un espejo que me permitía entenderme a mí misma.
¿Cómo se entrelazan tu biografía chilena con tu historia palestina? ¿Ves algún diálogo posible entre la experiencia de Chile —su pasado dictatorial, los procesos constituyentes recientes— y la historia del pueblo palestino?
La conexión es muy fuerte y, para mí, inevitable. En mi infancia y adolescencia, la historia reciente de Chile —la dictadura de Pinochet, las violaciones a los derechos humanos, la lucha por justicia y memoria— era parte de la vida cotidiana. Mi padre fue preso político, sufrió torturas. Desde pequeña acompañé marchas, vi a mi familia organizarse, exigir justicia. Esa sensibilidad se formó muy temprano.
Entonces, cuando empecé a conocer la historia palestina más profundamente, empecé a ver paralelos claros: la violencia estructural, la ocupación, la represión de la protesta, la criminalización de las resistencias. También la complicidad internacional, los silencios mediáticos, la intervención extranjera. En Chile, Estados Unidos jugó un rol central en el golpe de Estado y en sostener la dictadura. En Palestina, ese patrón se repite con otros nombres, pero la lógica de control y colonización es muy similar.
Esa lectura comparada me ayudó a entender que las luchas por los derechos humanos no son aisladas, que están conectadas, y que comprender una nos ayuda a iluminar la otra.

En el libro mencionas uno de esos videos creados por inteligencia artificial, con Trump en una playa llamada “la nueva Gaza”. ¿Qué piensas del proceso de paz que se está desarrollando?La palabra “paz” se usa mucho, pero pocas veces se acompaña de justicia. Cuando escucho anuncios de alto al fuego, mi primera reacción es pensar en las vidas que podrían salvarse, en la posibilidad de que al menos se detenga momentáneamente el horror. Eso, claro, es positivo. Pero cuando se observa más de cerca lo que ocurre realmente sobre el terreno —los bombardeos que continúan, la entrada de ayuda humanitaria que sigue bloqueada, los asesinatos que no cesan—, cuesta confiar en la sinceridad de esos anuncios.
Además, el modo en que se arma ese proceso de paz también importa. No se puede construir justicia con los mismos actores que fueron responsables de los crímenes. Que figuras como Tony Blair o Jared Kushner estén involucradas en negociaciones sobre el futuro de Gaza es una señal preocupante. No son neutrales. Tienen intereses claros, trayectorias de intervención directa en conflictos, de alineamiento con Israel o con visiones profundamente colonialistas.
Y más allá de los nombres, el enfoque mismo es problemático: ¿se está negociando con el pueblo palestino, o sobre el pueblo palestino? La diferencia es enorme. La paz verdadera no puede ser algo impuesto desde afuera.
Da la impresión de que la marca neocolonial sigue presente, incluso en los nombres que aparecen. ¿Qué te sugiere el hecho de que figuras como Tony Blair sean consideradas para roles de mediación?
Es sintomático. Que Blair vuelva a escena, después de su rol junto a Bush en la invasión de Irak, nos dice mucho del tipo de paz que se pretende: una paz de vencedores, no una paz justa. Hay una memoria histórica muy fuerte en la región respecto al colonialismo británico, y su presencia reactiva muchas heridas.
Además, hay un gesto profundamente simbólico ahí: no solo no se escucha al pueblo palestino, sino que se lo reemplaza en la mesa de negociaciones por figuras que representan exactamente lo contrario de lo que Palestina exige. Eso refuerza la idea de que el proceso no busca una solución real, sino administrar el conflicto.

Tu primer viaje fue en 2007. Han pasado casi 20 años desde entonces. ¿Qué cambios, qué continuidades has observado en estos años? ¿Qué evolución has visto en la región y en la narrativa?
He visto muchas cosas transformarse y otras que permanecen con una brutal continuidad. En 2007 viajé a Cisjordania, conocí a nuestra familia palestina, y fue un momento fundacional. Pero en 2014, cuando volví como periodista, Israel me deportó. Desde entonces, tengo prohibida la entrada a Palestina. Por eso mi trabajo se ha desarrollado desde los márgenes: Jordania, Líbano, Siria, Egipto… desde donde se puede mirar, escuchar y contar.
Lo que más me ha impresionado con los años es la persistencia del deseo de retorno. A pesar de la represión, el exilio, las condiciones extremas, los palestinos no han renunciado a su derecho a volver a sus hogares. Ese derecho no es solo simbólico: es concreto, material, emocional. Está presente en cada conversación, en cada campamento de refugiados.
Y al mismo tiempo, ha habido un vaciamiento institucional muy fuerte. La Autoridad Nacional Palestina ya no representa a la mayoría, ni dentro ni fuera del territorio. Las nuevas generaciones están buscando otras formas de organización, de resistencia, de relato. Y ahí hay un cambio importante.
Se sigue hablando de la solución de los dos Estados, pero incluso algunos israelíes empiezan a cuestionarla. ¿Tú cómo lo ves? ¿Qué posibilidades reales ves hoy?
La solución de los dos Estados me parece, hoy por hoy, una fórmula agotada. Se ha convertido en un mantra diplomático, repetido sin convicción. Incluso quienes lo defienden saben que, sobre el terreno, no tiene viabilidad. La fragmentación del territorio, la expansión de los asentamientos ilegales, el muro, los checkpoints, todo apunta en la dirección opuesta.
Irónicamente, la idea de un solo Estado con derechos iguales para todos —sin importar religión u origen étnico—, que durante décadas fue considerada radical o marginal, hoy parece más sensata. Más ética, incluso. Aunque también más lejana, porque implica desmontar una estructura de supremacía profundamente arraigada.
Lo que sí veo claro es que no puede haber solución sin descolonización. Y eso implica repensar todo: fronteras, soberanía, propiedad, memoria.

