En el pionero artículo [Darse un baño de gloria ajena: Tres estudios de campo sobre fútbol] (Basking in Reflected Glory: Three (Football) Field Studies, 1976) se publicaron los resultados del proyecto de investigación liderado por el profesor Robert Cialdini de la Arizona State University, en Estados Unidos. Durante años se observó el comportamiento de los estudiantes de varias universidades (incluida la suya, así como Ohio State, Notre Dame y Michigan) tras los partidos de fútbol americano de sus respectivos equipos. El estudio demostró empíricamente que los lunes posteriores a una victoria, aumentaba drásticamente el número de estudiantes que vestían ropa con el logotipo o los colores de su universidad en el campus de Arizona State y en los otros centros observados.
Cialdini y su equipo constataron que, tras una victoria del equipo local, los universitarios usaban el pronombre «nosotros» (por ejemplo, para exclamar «hemos ganado»), mientras que tras una derrota empleaban «ellos» («han perdido») y escondían los colores en la vestimenta. En esta investigación fue donde se acuñó por primera vez el término BIRGing (Basking in Reflected Glory o Darse un baño de gloria ajena), que se define como «una estrategia psicológica mediante la cual los individuos buscan elevar su propia autoestima y mejorar su imagen pública asociándose ostensiblemente con personas o grupos exitosos —como un equipo deportivo—, a pesar de no haber contribuido directamente a dicho triunfo. Esta conducta se manifiesta típicamente tras un triunfo a través del uso de simbología del equipo y del pronombre inclusivo “nosotros”, apropiándose así del éxito ajeno para proyectarse a sí mismos como ganadores ante el entorno social».

Estudios recientes corroboran no solo estas conclusiones, sino que las amplían. En el artículo [Creando o despertando el orgullo nacional a través del éxito deportivo: Un estudio longitudinal sobre los macroefectos en los Países Bajos] (Creating or awakening national pride through sporting success: A longitudinal study on macro effects in the Netherlands, 2012), tres investigadores neerlandeses publicaban los resultados de un proyecto realizado entre la población holandesa adulta en los años 2008-2010, período en el que se celebraron la Eurocopa y el Mundial de Fútbol masculino, además de los Juegos Olímpicos de verano e invierno. Los autores concluyeron que las victorias deportivas no crean nuevo patriotismo en personas que no lo sentían antes, sino que, más bien, despiertan o activan un orgullo nacional latente. Es decir, el deporte actúa como un catalizador para expresar sentimientos que ya existían pero estaban dormidos.
El sociólogo Manuel E. González Ramallal, de la Universidad de La Laguna, en su artículo Prensa deportiva e identidad nacional: España en el Mundial de fútbol de Sudáfrica 2010 (2014), analizaba el caso español tras la victoria en dicha competición, en especial la contribución de la prensa deportiva para generar un sentimiento de pertenencia. El estudio sostenía que «el fútbol contribuye a forjar identidades nacionales que son emocionalmente intensas pero políticamente superficiales. La victoria permitió que muchos españoles se sintieran orgullosos sin tener que definirse políticamente (evitando las tensiones tradicionales entre izquierda/derecha o centro/periferia)». Se confirmaron en todo el país las teorías del BIRGing, añadiendo que «este orgullo fue un refugio temporal ante la crisis económica que sufría el país en 2010»; si bien el éxito deportivo actuó como un mecanismo de compensación psicológica para la sociedad, no resolvió los problemas de identidad territorial a largo plazo.

Aunque Robert Cialdini formuló esta teoría observando a estudiantes universitarios en la década de los setenta, la mecánica de «la gloria ajena» es atemporal y universal. No es necesario acudir a un estadio de fútbol moderno para comprender cómo funciona este bálsamo psicológico; la historia nos ofrece ejemplos donde el deporte deja de ser juego para convertirse en una estricta necesidad social. Y quizás no exista un caso más paradigmático en el siglo XX que el rescatado por el cómic Marcel Cerdan. El corazón y los guantes (Marcel-Cerdan, le cœur et les gants, 2024), con guion de Bertrand Galic y dibujo de Jandro González, publicado en castellano en enero de 2026 por Norma Editorial, con traducción de Gema Moraleda.
Por primera vez en forma gráfica, se publica la biografía del mítico boxeador Marcel Cerdan (1916-1949), conocido popularmente como el Bombardero Marroquí. Aunque nació circunstancialmente en Argelia, residió toda su vida en Marruecos, que en aquel entonces era un protectorado francés. De padres españoles, se consagró al deporte, convirtiéndose en uno de los púgiles más destacados de la historia en Francia, no solo por sus victorias, sino por las conseguidas durante la ocupación nazi, mientras colaboraba con la resistencia francesa, las que le valieron el campeonato nacional y, finalmente, el título mundial en 1948 logrado en Estados Unidos, toda una proeza cargada de simbolismo. Un trágico accidente aéreo en las islas Azores mientras se dirigía a un nuevo combate que le permitiera recobrar el cinturón de campeón perdido, acabó con la persona que había ayudado a restaurar la moral de todo un país, necesitado de una autoestima perdida después de todo lo acontecido durante la Segunda Guerra Mundial. Ahora podemos contemplar en todo su esplendor su vida y su carrera deportiva, con un récord de victorias inmaculado que lo llevó a cruzar el Atlántico, transformándose en el primer gran ídolo transnacional de la posguerra. Su figura llegó en el momento exacto en que un país roto necesitaba desesperadamente un rostro en el que mirarse. Emergió como el vehículo perfecto para una redención colectiva tras años de ocupación y reconstrucción.

Cerdan fue conocido principalmente por el sobrenombre de El Bombardero Marroquí (Le Bombardier Marocain, en francés), y fue apodado también por la prensa deportiva como «Los puños de acero de Francia». El boxeador encarnaba un tipo de nobleza ruda que fascinaba a las masas: poseía una pegada devastadora dentro del ring y un carácter reservado fuera de él, dedicando su vida al esfuerzo y a un oficio muy sacrificado. En uno de los momentos de más popularidad protagonizó el largometraje [El hombre con manos de arcilla] (L’homme aux mains d’argile, 1949), dirigida por Léon Mathot. Aunque lo que le hizo aparecer en las portadas de la prensa mundial fue su romance en el último año de su vida con la cantante Édit Piaf (1915-1963), cuya historia tuvo su particular representación cinematográfica en la película Edith et Marcel (1983), dirigida por Claude Lelouch.
Marcel Cerdan fue un hombre de carne y hueso que se abrió paso a golpes desde los barrios humildes de Casablanca hasta las luces de neón de París. El cómic de Galic y Jandro precisamente comienza con su primer combate ganado, a los ocho años. Y siempre llevó con orgullo su condición de pied-noir (pie negro), término descriptivo de los colonos europeos instalados en el norte de África: Cerdan nació en la Argelia francesa y creció en el Marruecos del Protectorado francés, una comunidad que se mantenía con un pie en la cultura republicana francesa y otro en la realidad ardiente del Magreb. Ser un pied-noir en aquella época implicaba habitar una frontera difusa: para las élites parisinas, estos franceses de ultramar eran a menudo vistos con una mezcla de condescendencia y fascinación exótica, considerados rústicos, ruidosos y demasiado africanos para los salones elegantes de la capital, como bien queda reflejado en algunas viñetas, donde parece que él y sus amigos no son bienvenidos en París.

Sin embargo, las implicaciones de su origen resultaron ser el ingrediente secreto de su mito. Cerdan transformó ese prejuicio en virtud, convirtiéndose en la encarnación viva del éxito colonial: era la prueba palpable de que la Gran Francia funcionaba, de que el imperio era capaz de forjar campeones universales bajo el sol africano. En un momento político delicado, su figura actuó como un puente ilusorio que unía las dos orillas del Mediterráneo. Al aplaudirle, Francia no solo celebraba a un deportista, sino que validaba inconscientemente su propia presencia en África, abrazando a ese hijo pródigo del imperio que, con su acento y su sencillez, demostraba que se podía ser tan francés en Casablanca como en Montmartre.
Cerdan funcionó como un pegamento social, permitiendo que tanto los ciudadanos de la metrópolis como los habitantes del protectorado se vieran reflejados en el mismo espejo de éxito. En ese momento de euforia compartida, las tensiones políticas y las diferencias de clase quedaron suspendidas; el obrero de París y el colono de Marruecos compartieron la misma gloria prestada, unidos por la ilusión de que, a través de sus puños, Francia seguía siendo una, indivisible y poderosa. No obstante, sus victorias internacionales, especialmente en suelo estadounidense, introdujeron una nueva dimensión patriótica a su gesta al trascender el simple orgullo deportivo: los triunfos de Cerdan ante los adversarios americanos funcionaron como una sutil venganza histórica y una reivindicación de autonomía. En una época donde Francia dependía económicamente del Plan Marshall y vivía bajo la sombra protectora del país que la había liberado, ver a un francés tumbar a un estadounidense en su propia casa devolvió al país una virilidad simbólica que la guerra le había arrebatado.

Su consagración mundial llegó el 21 de septiembre de 1948, en el Estadio Roosevelt de Jersey City, cuando ganó el combate por el Campeonato del Mundo del Peso Medio ante el estadounidense Tony Zale (1913-1997). Aquella noche, millones de franceses que jamás habían calzado unos guantes se apropiaron del triunfo, pasando del «él ha ganado» al «nosotros hemos ganado», en un proceso de transferencia psicológica que restauró temporalmente la autoestima de todo un país, un comportamiento social que Cialdini definiría como BIRGing varias décadas después. Sin embargo, este baño de gloria ajena tenía matices complejos que superaban la mera euforia atlética. El BIRGing aquí no era solo celebración, era un grito de independencia: Francia demostraba que, al menos entre las doce cuerdas, ya no necesitaba ser rescatada, sino que era capaz de conquistar.
Los diferentes estudios citados y otros similares llegaron a dos conclusiones más: por un lado, el aumento significativo de sensación de pertenencia nacional y de felicidad colectiva justo después de una victoria, resulta ser una euforia intensa pero efímera. Es habitual que los niveles de orgullo patriótico estructural (el sentimiento profundo hacia el país) vuelvan a la normalidad poco tiempo después de los eventos. Por otro lado, los estudios confirmaron que el éxito deportivo funciona más como un inyector de moral y cohesión social momentánea que como un constructor de identidad política a largo plazo. Prueba de ello es la olvidada hazaña de Marcel Cerdan… hasta ahora.
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