¿Cuál es el punto de encuentro entre ecologismo y psicoanálisis?

El ecologismo se preocupa por un gran problema que afecta al conjunto de la humanidad y propone soluciones, muy diversas y que tienen contextos y horizontes ideológicos también muy diversos. Propone, en todos los casos, actuar para cambiar la realidad, con la convicción de que esto es posible. El objeto del psicoanálisis es la clínica del sujeto, pero también se interesa por lo que Freud llamó “el malestar en la civilización”, y que es consecuencia de la tensión entre las exigencias de la pulsión y los límites que la civilización les impone. Este malestar se manifiesta en una serie de síntomas sociales, colectivos, en toda una serie de fenómenos en los que emergen las pulsiones, básicamente destructivas: las guerras, por supuesto, pero también el racismo, la violencia de género y, en general, el odio al otro que se manifiesta también por cuestiones sociales, de clase, religiosas. Pero también en muchas manifestaciones de la delincuencia, que siempre implica un mayor o menor grado de un daño infringido al otro o, incluso, en las conductas autodestructivas o suicidas, en las que el sujeto es, a la vez, el agresor y la víctima. Para Freud, el fundamento de todos estos fenómenos es lo que llamó pulsión de muerte. Podríamos pensar que el cambio climático es un síntoma de la civilización en la medida en que, como en las adicciones, negamos el problema y no renunciamos a una serie de satisfacciones que tienen un efecto fuertemente destructivo -la degradación de nuestro entorno físico y biológico- y autodestructivo, en la medida en que esta degradación afecta a la salud y la vida. Yo creo que el cambio climático y la crisis ecológica global forman parte de las manifestaciones de esa pulsión de muerte. El cambio climático es un fenómeno de gran complejidad, que tiene numerosas capas, y no digo que la pulsión de muerte sea la única causa, pero sí creo que juega un papel importante. En este sentido -es una opinión personal, no puedo hablar en nombre del psicoanálisis- creo que puede haber y debe haber un punto de encuentro entre el ecologismo y el psicoanálisis, al igual que el saber del psicoanálisis ha dialogado y ha aportado elementos al pensamiento político, sociológico, social, etc.

El psicòleg clínic i psicoanalista Josep Maria Panés ha publicat el llibre “La locura del progreso”, que subtitula “Un psicoanalista escribe sobre el cambio climático”
El psicólogo clínico y psicoanalista Josep Maria Panés ha publicado el libro “La locura del progreso

¿Qué puede aportar el psicoanálisis a la lucha contra el cambio climático y sus efectos?

En la línea de lo anterior, creo que podría contribuir a que, individual y colectivamente, dejemos de negar el cambio climático y sus efectos. Lo negamos también porque el horizonte al que nos confrontan es muy angustioso, y las personas tendemos a ignorar intensamente lo que nos amenaza. Esto no es sólo un problema de falta de información, del papel de los medios de comunicación o de la acción del negacionismo -que es muy grande y cuenta con muchos medios- sino que también es un efecto de éste ignorar activamente un problema angustioso. Pienso, por tanto, que en este punto el psicoanálisis podría aportar algo para ir a la contra de este “no querer saber”.

Lamenta que los psicoanalistas se hayan preocupado poco por la cuestión climática. ¿A qué lo atribuye?

Los psicoanalistas nos ocupamos, y mucho, del trabajo clínico, de la práctica del psicoanálisis tanto en instituciones como en la consulta privada, de la formación de los nuevos analistas, hacemos docencia, supervisiones, etc. El psicoanalista francés Jacques Lacan afirmó en numerosas ocasiones que -además y para estar a la altura de este trabajo- los analistas debíamos estar atentos a lo contemporáneo, a la manera en que cada época condiciona y marca la subjetividad de las personas. Por tanto, muchos psicoanalistas nos interesamos también por cuestiones culturales, sociales o políticas, a menudo desde la perspectiva del malestar en la civilización. Entonces, el hecho de que, hasta ahora, nos hayamos ocupado tan poco de este problema tan grave seguramente responde a que, como casi todo el mundo, los psicoanalistas hemos preferido, en su mayoría, mirar hacia otro lado, relegar a un segundo plano esta cuestión. Gustavo Dessal, un colega que también ha reflexionado y escrito sobre el tema publicó un artículo en el que, dirigiéndose a los psicoanalistas, hablaba de “Nuestro punto ciego”. Creo que se ha tratado exactamente de esto, de un punto ciego que hasta ahora nos ha impedido ver este problema.

Freud, Lacan… los psicólogos y psicoanalistas más conocidos e influyentes a lo largo de la historia ¿se preocuparon por la relación entre ecología y salud mental?

Freud murió en 1939 y, por tanto, vivió en una época en la que la cuestión ecológica no existía como tal, no era objeto de preocupación y análisis para los pensadores de la época. Pero, volviendo a “El malestar en la cultura”, cabe decir que, aparte de teorizar sobre la hostilidad que se manifiesta en toda sociedad, en toda forma de vida en común, también señaló los efectos que la sociedad capitalista -entonces imperante sobre todo en EE.UU.- tenía sobre las dinámicas sociales. Habló de la “miseria psicológica de las masas”, como un efecto de la degradación simbólica que producía el imperativo de rentabilidad. En una sociedad en la que todo estaba ya sometido y orientado a producir un beneficio económico, la relación -vertical- de los miembros de la sociedad con los ideales sociales, decae en beneficio de relaciones -horizontales- de mera competitividad entre los semejantes. Y esto es muy importante, porque creo que hoy el pensamiento ecológico recoge también esta percepción de que el capitalismo, como sistema económico y como modelo social que condiciona las conductas individuales, no sólo estropea el medio físico, sino que tiende a destruir los lazos sociales y a degradar todo aquello que, en la vida en común, no comporta un beneficio económico, aunque sean aquellos aspectos que más sentido. En cuanto a Lacan, puedo decir que fue muy consciente de los efectos destructivos del “discurso” capitalista  tanto en el entorno -la acumulación de desechos que harían invivible el mundo- como en la vida de las personas, en las que produce un efecto de asfixia: los objetos con los que la nuestra con la nuestra vuelva sumamente tóxica. Quiero mencionar también al psicoanalista francés Jacques-Alain Miller, continuador de la reflexión de Freud y de Lacan. Sólo últimamente se ha referido a la cuestión de la ecología, pero durante años ha realizado grandes aportaciones al análisis del discurso capitalista, a cómo la incidencia de la ciencia y la tecnología han producido una mutación en el funcionamiento del poder (político, financiero, etc.).

Lacan fue muy consciente de los efectos destructivos del “discurso” capitalista tanto en el entorno -la acumulación de desechos que harían invivible el mundo- como en la vida de las personas, en las que produce un efecto de asfixia

Freud en “El malestar en la cultura” denunciaba el capitalismo. ¿Tenía en cuenta su impacto en el deterioro ecológico del Planeta?

Freud no podía tener en cuenta el deterioro ecológico, del que no empezó a haber evidencias hasta la década de los años 50. Sí cuestionó y criticó la incidencia en el lazo social del funcionamiento del capitalismo, y no sólo en EE.UU. Constataba que la sociedad empezaba ya a dar signos de una alteración psíquica causada por el estilo de vida impuesto por el capitalismo, y habló de la incidencia de “la nerviosidad moderna” en el agravamiento de los síntomas neuróticos.

Freud ya constataba que la sociedad empezaba a dar signos de una alteración psíquica causada por el estilo de vida impuesto por el capitalismo

Lacan también hablaba del malestar en la civilización. Decía que el capitalismo es insostenible. ¿El reto ecológico jugaba algún papel en su análisis de este malestar?

Como ya he apuntado, Lacan profundizó en la reflexión de Freud sobre el malestar en la civilización y la puso al día -Lacan vivió hasta 1981- acentuando sus efectos. De hecho, más allá del “malestar”, Lacan habló de los “callejones sin salida de la civilización contemporánea”, para describir una situación mucho más grave: los malestares se pueden resolver, pero la idea de “callejón sin salida” apunta a algo no dialectizable. Con el estilo irónico que utilizaba en ocasiones dijo que no criticaba el capitalismo, que funcionaba muy bien, que era el discurso más astuto que había existido nunca…, pero que era insostenible y estaba destinado a reventar. Es importante señalar que su crítica no era de carácter estrictamente político ni desde una visión ideológica. De hecho, no creía que ninguna ideología pudiera dar lugar a un funcionamiento de plena democracia, igualdad y justicia social. Su perspectiva era la de realizar un diagnóstico de la dinámica que genera el discurso capitalista con los conceptos del psicoanálisis.

“Haig d’assenyalar el “no voler saber” que ens afecta a tots i que ens fa mirar cap a una altra banda davant d’una crisi tan greu com el canvi climàtic”
“El psicoanálisis ha abierto el camino a muchas cuestiones que han configurado la mentalidad moderna”

Hay un síndrome que se asocia con la angustia existencial frente al cambio climático y la sensación de impotencia para combatirlo. ¿Afecta a mucha gente esta angustia? ¿La sufren sobre todo jóvenes?

Se habla ahora de “ecoansiedad” y de “solastalgia”, pero más que síndromes son términos descriptivos de sentimientos, que pueden afectar mucho a algunas personas, pero que no son, propiamente hablando, entidades clínicas. Creo que forman parte de los malestares que muchas personas experimentan -sobre todo las generaciones más jóvenes- ante las múltiples crisis del mundo actual y el horizonte tan negativo y tan poco acogedor que les ofrece. Pienso en lemas que han formado parte de protestas de los últimos años, como el “No future” o, en el tema de la vivienda, el “No tendrás una casa en la puta vida”. Azahara Palomeque lo ha expresado también en un libro reciente cuyo título es “Vivir peor que nuestros padres”. La crisis ecológica global y, en particular, el cambio climático, se han añadido con mucha fuerza a esta serie de amenazas que se ciernen sobre el futuro de todos, pero que, obviamente, son más sentidas por los jóvenes. En este sentido, no le quito importancia a fenómenos como la ecoansiedad o la solastalgia, sólo quiero señalar que se inscriben en un conjunto más amplio de preocupaciones y que, eventualmente, pueden convertirse en el núcleo alrededor del cual se manifiesta un afecto tan potente como es la angustia.

La crisis ecológica global y el cambio climático, se han añadido con mucha fuerza a las amenazas que se ciernen sobre el futuro de todos, pero que, obviamente, son más sentidas por los jóvenes

En el libro cita tres pulsiones fundamentales: el odio, el amor y la ignorancia. ¿Cuál de las tres pulsiones prima hoy en nuestra sociedad?

De hecho, Lacan -gran conocedor de la tradición filosófica- no habla aquí de pulsiones sino de pasiones. La pulsión es un concepto fundamental del psicoanálisis y, en su diversidad de manifestaciones, tiene una estructura y un funcionamiento muy específicos. Las pulsiones configuran una instancia que, dentro del campo del sujeto, funciona, por así decirlo, con una lógica y unos objetivos propios, que pueden ser muy ajenos a los objetivos conscientes, asumidos por el yo. Las pasiones, en cambio, a pesar de poder arrastrar al sujeto más allá de lo que le parece prudente o conveniente, no tienen ese carácter tan independiente. Aunque alguien no pueda entender del todo por qué le pasa, todo el mundo se reconoce en su odiar o amar a alguien, acepta estos afectos como propios y puede, incluso, reivindicarlos intensamente. Es en esta serie que Lacan ubica la ignorancia, como una pasión que el sujeto, más o menos inadvertidamente, hace suya, que mantiene y siente que va en la dirección de sus intereses. El “no querer saber” de lo que nos angustia o que vivimos como una amenaza, es lo que se manifiesta en esta pasión por la ignorancia. Lacan hablaba de cómo muchas veces, ante problemas muy graves, preferimos creer en Papá Noel: pasará algo fantástico que lo arreglará todo y, por tanto, no hace falta que nos preocupemos.

Dice que la pulsión insatisfecha del capitalismo nos lleva a la destrucción y a potenciar las desigualdades. ¿En qué consiste esa pulsión?

Existe un consenso muy grande respecto a que la causa de la emergencia ecológica -que, además del cambio climático, incluye, entre otros aspectos, la presencia masiva de sustancias tóxicas en la naturaleza o la pérdida de biodiversidad- es el funcionamiento del capitalismo que, en su forma actual, ha acentuado el sin límite que siempre le ha caracterizado. La pretensión de un crecimiento ilimitado en un planeta limitado comporta una gran devastación de espacios naturales para obtener las materias primas que alimentan la producción incesante de todo tipo de objetos, muchos de ellos absolutamente prescindibles. Este consenso reconoce el funcionamiento sin límite, que sólo quiere más producción, más consumo, más acumulación de riqueza en unas pocas manos y, en consecuencia, más contaminación, más calentamiento global, más incendios, más sequías, más lluvias torrenciales… Este funcionamiento tiene, pues, un carácter autodestructivo, suicida, que no se entiende sólo haciendo referencia al deseo de lujo y riqueza. En este punto creo que la noción de pulsión nos aporta una perspectiva distinta que, sin ser contraria a la política, puede completarla o corregirla. “El éxito catastrófico del capitalismo” -es una expresión de Jacques-Alain Miller- sólo se explica si vemos que es el discurso que ha sabido accionar las palancas que, en cada uno de nosotros, desencadenan el sin límite de la pulsión. El capitalismo pretende satisfacer necesidades pero, de hecho, genera una insatisfacción permanente, en una sociedad marcada por las adicciones: al trabajo, al dinero, al sexo, al deporte, al alcohol, a todo tipo de sustancias, al juego y, por supuesto, al consumo. En este sentido, Lacan considera que el advenimiento del capitalismo, determinado por un período extraordinario de avances científicos y técnicos, y alimentado por unas décadas de gran abundancia de combustibles fósiles -carbón, petróleo, gas, y también uranio- es un hecho totalmente singular en la historia de la humanidad y de las diversas modalidades de ejercicio y funcionamiento del poder.

El capitalismo pretende satisfacer necesidades pero, de hecho, genera una insatisfacción permanente, en una sociedad marcada por las adicciones

¿Cuál es la función del psicoanálisis frente a esta pulsión destructiva del capitalismo?

Mi opinión y mi posicionamiento personal es que el psicoanálisis nos da elementos para entender mejor las dinámicas que causan tanto la crisis ecológica como la escasa respuesta individual y colectiva frente a este inmenso problema. A partir de ahí, soy consciente de que es muy poco lo que puede hacerse, pero creo que todas aquellas personas que, desde posiciones de saber, somos conscientes de esta situación, deberíamos contribuir a promover la respuesta individual y social, la exigencia de que los gobiernos tomen medidas más efectivas para frenar el calentamiento global y para mitigar sus efectos. Yo, como psicoanalista, creo que debo señalar ese “no querer saber” que nos afecta a todos y que nos hace mirar hacia otro lado ante una crisis tan grave como el cambio climático. No soy muy optimista, pero pienso que si esto puede contribuir a que algunas personas se dejen traumatizar por esta realidad y actúen en consecuencia -de la forma que cada uno crea adecuada- ya habrá valido la pena.

Tengo que señalar el “no querer saber” que nos afecta a todos y que nos hace mirar hacia otro lado ante una crisis tan grave como el cambio climático

Dice que el egoísmo de las pulsiones es contrario a la regulación colectiva necesaria para que funcione correctamente una sociedad democrática. ¿Es necesario reprimir determinadas pulsiones del ser humano?

En “El malestar en la cultura” Freud afirmó que las pulsiones obstaculizan las renuncias que requiere la vida en común, porque, entregadas a su propia dinámica buscan una satisfacción que es indiferente a los ideales sociales y que tiende al sin límite. ¿Cómo se establece una regulación? A nivel individual, alguien puede defenderse de ese impulso ingobernable de las pulsiones y darles un destino diferente al de la satisfacción directa: la represión o la sublimación, entre otros. Una forma de establecer esta regulación a nivel colectivo es por la vía de un Amo, de un gobierno autoritario que ejerza una represión social. Todas las formas de gobierno han cumplido, de una u otra manera, esta función, y quizá sea una de las razones de la “obediencia voluntaria” (de la que habló Étienne de la Boétie), que hace que, en general, la gente acepte pasivamente las imposiciones de los gobiernos, porque, en cierta forma, ahorran o suplen una función que el individuo no puede o no quiere asumir. En este sentido, Lacan dice que, históricamente, todas las formas de gobierno, incluso las más execrables -todas las versiones del discurso del Amo, del poder- han cumplido esta función de contribuir a regular las pulsiones. Sin embargo, Lacan afirma que el discurso capitalista no sólo no cumple esta función sino que empuja al sin límite de la satisfacción pulsional, y contribuye a hacernos a todos adictos (al consumo, etc.). El sistema es, en sí mismo, adicto al crecimiento, al sin límite de la producción, la contaminación, etc. No se trata de reprimir determinadas pulsiones, sino de cómo un discurso social, una forma de ejercer el poder contribuye a promover aquellos destinos de la pulsión que hacen más posible la vida en común o, por el contrario, promueve aquellos destinos de la pulsión que tienen un carácter más antisocial, o que nos dejan más solos con la satisfacción de nuestras pulsiones. Y está claro cómo funciona el capitalismo contemporáneo. Marta Peirano, experta en la relación entre poder y tecnología lo dice muy bien en “El enemigo conoce el sistema”: las redes sociales -¡o a menudo antisociales…!- están construidas de esta manera: una pequeña pantalla que nos aísla del entorno y un scroll como el de las máquinas tragaperras, que nos aporta una sucesión rápida de estímulos de aquello que el algoritmo ha detectado que nos satisface más.

“En los peores momentos, cuando las puertas del infierno parecen haberse abierto de par en par, las pulsiones de vida han reaccionado con fuerza y ​​han detenido la caída hacia el abismo”

Freud utilizaba la figura del superyó, una especie de inconsciente que nos dicta cómo debemos comportarnos. A nivel social, ¿este superyó lo representa la sociedad capitalista?

De entrada, quisiera diferenciar el Ideal del yo y el superyó. El Ideal del yo, en tanto que asumido e interiorizado por el sujeto, guía su comportamiento y da un destino a la pulsión, en la línea de cierta realización personal. Para Freud, sin embargo, el superyó es la consecuencia de nuestra relación paradójica con el campo de las pulsiones. Como efecto del lenguaje, de que somos seres atravesados ​​por el funcionamiento simbólico, los instintos ya no guían nuestra conducta ni fijan las vías y objetos de nuestras satisfacciones. La pulsión puede fijarse en una serie casi infinita de actividades y objetos -las adicciones y las llamadas perversiones fetichistas son un ejemplo- y, sorprendentemente, puede obtener una satisfacción incluso de la renuncia a la satisfacción. Como es sabido, Freud vivió en una época en que la sexualidad estaba fuertemente reprimida y limitada al seno del matrimonio.

Analizando a pacientes neuróticos, constató que la sumisión a este imperativo social y la renuncia a la sexualidad no apaciguaba el superyó, que se nutría del disfrute inconsciente de la renuncia -culpa, sufrimiento- y, como en cualquier adicción, reclamaba más. En su época, por tanto, el superyó encarnaba esta renuncia a la satisfacción, pero no en nombre de un ideal social sino como manifestación de ese “enemigo interior” que, en cierta forma, siempre va a la contra de los intereses del individuo y siempre actúa en detrimento de una satisfacción plena. ¿Qué sucede actualmente? Desde hace décadas, la sexualidad ha dejado de estar reprimida y nada empuja al individuo a reprimirla. Podríamos pensar que en este contexto de libertad la sexualidad sería una fuente de placer sin obstáculos de ningún tipo, pero más bien constatamos que no deja de ser el origen y la causa de infinidad de síntomas y de malestares.

Esto viene a desmentir la idea de que en ausencia de restricciones sociales, en una sociedad totalmente libre, los seres humanos tendrían una vida plena y satisfactoria, porque nada obstaculizaría la satisfacción de las pulsiones. Freud constató que hay algo que funciona “más allá del principio del placer” y que hace que la satisfacción nunca sea plena y total: tanto al nivel de la pulsión como del deseo constatamos que el ser humano nunca encuentra una satisfacción plena y duradera. La satisfacción nunca es total, el deseo siempre acaba siendo de otra cosa… En este contexto, podríamos decir que el superyó contemporáneo cumple la misma función que en el siglo XIX, pero con exigencias totalmente diferentes. El superyó contemporáneo dice “¡Disfruta!”. Y no sólo lo dice, lo exige: “Just do it”, “Lo quieres, lo tienes”, “¡Siempre más!”. El superyó contemporáneo nos pide satisfacer este imperativo, dedicando nuestro tiempo y nuestras energías, y nunca le basta: lo que obtenemos nunca nos satisface plenamente, también porque el sistema nos aporta constantemente nuevos objetos y nuevas experiencias, que debemos hacer para comprarlas, vivirlas y mostrarlo a los demás.

Usted tiene claro que quienes más resistencia oponen y opondrán a aplicar las medidas necesarias para hacer frente al reto climático son los poderosos…

Sí, por supuesto, y por varios motivos. Algunos son obvios y, más allá incluso del sentido común, tienen una lectura política muy clara, en términos de intereses de las élites económicas del mundo, que no quieren ceder en sus privilegios. Hace unos años, Warren Buffett, el conocido financiero dijo aquella frase tan repetida y que muestra que la conciencia de clase no está sólo del lado de los trabajadores: “Hay una lucha de clases, claro que sí, y la estamos ganando los ricos”. Esta afirmación viene corroborada por el aumento de la desigualdad, que todos los indicadores serios recogen y que muestran que la riqueza se concentra cada vez más en un grupo reducido de personas, en detrimento de la pérdida de ingresos y, por tanto de calidad de vida (acceso a la sanidad, la educación, los cuidados), de una proporción cada vez mayor de la población. En cuanto al calentamiento global, Jeff Goodell, un gran conocedor de la industria de los combustibles fósiles y autor de varios libros sobre el cambio climático, lo expresaba así: “Empresas como ExxonMobil, Shell o Chevron tienen miles de millones de dólares en infraestructuras, plataformas petrolíferas y derechos sobre reservas de petróleo y gas en que han invertido durante años. Tienen accionistas que están muy interesados ​​en los dividendos y en seguir obteniendo beneficios. Obviamente, estas empresas y sus accionistas, sólidamente apoyados por una organización económica, política, judicial y policial, no cederán mientras esté en juego la última migaja de beneficios a obtener. Yo propongo una lectura distinta, complementaria de la anterior. No se trata sólo de avaricia, de una voluntad de tener más dinero para tener una vida más segura y más plena. Se trata de una exigencia pulsional “acéfala”, en el sentido de que no cuenta con los intereses del individuo, que ignora la racionalidad y que, en definitiva, empuja hacia un proceso de autodestrucción. ¿O es que los directivos de estas grandes empresas -gente muy bien informada- no saben qué efectos tendrá un calentamiento global de 2, 3, o 4 grados? Como dice Jason Hickel en “Menos es más”: “La realidad es que estas empresas, y sus directores ejecutivos, están sujetas a un imperativo estructural de crecimiento. Los Zuckerbergs del mundo sólo son piezas que forman parte de un engranaje mayor”. Y esto, contrariamente a lo que podría parecer, no es una buena noticia, porque significa que nada podemos esperar de la prudencia o el deseo de supervivencia de personas que son incapaces de frenar ante un riesgo existencial que les afectará a ellos en vida, pero que será devastador por la generación de sus hijos y sus nietos.

Apuesta por el decrecimiento y cree que conecta con el psicoanálisis

Sí, porque todos los autores que apuestan por el decrecimiento lo hacen invocando, de una u otra forma, la necesidad de reintroducir la noción de límite en el funcionamiento del capitalismo. Un límite a la producción y al consumo, a la explotación de recursos naturales, a la contaminación de la biosfera, a la obsolescencia programada y al calentamiento global. El psicoanálisis no propugna ni defiende ningún modelo económico ni político en concreto, ni defiende ningún ideal de sociedad, pero plantea que el límite y la falta tienen una función estructurante en la subjetividad y también deben tenerlo en la dimensión colectiva. De hecho, Lacan dijo que el discurso capitalista funciona según el régimen de la forclusión, el mecanismo propio de la psicosis. En este sentido, creo que existe una cierta afinidad entre los diferentes modelos que proponen un proceso de decrecimiento -que debería ser planificado y consensuado de forma democrática- y ese planteamiento del psicoanálisis, según el cual el discurso social debe contribuir a una cierta regulación del disfrute, de la exigencia pulsional de satisfacción.

El cambio climático y la crisis ecológica global forman parte de las manifestaciones de la pulsión de muerte

Sostiene que el psicoanálisis es subversivo

Sí, por lo menos tiene la pretensión de serlo. Volviendo a Lacan, fue él quien reivindicó ese carácter. Él decía que la pretensión de ser revolucionario conduce a menudo a que las cosas vuelvan al mismo punto después de dar un giro -una revolución-, mientras que la subversión aspira a salir del marco establecido. Esto se traduce en la clínica en que un análisis nunca pretende “normalizar” a un sujeto según los ideales de la época, o hacerlo más adaptado a las exigencias sociales. Un análisis invita a reencontrar –o descubrir– y asumir la propia singularidad, lo que, más allá de la norma y de “todos iguales”, hace que alguien sea único. En este sentido, creo que el psicoanálisis ha abierto el camino a muchas cuestiones que han configurado la mentalidad moderna, y que muchos aspectos de la vida en el siglo XX no se entenderían sin la influencia del psicoanálisis, en el ámbito de la sexualidad, pero también en el de las artes, las ciencias sociales y, a un nivel muy profundo, en el de la vida de las personas y del lenguaje que utilizamos para entender y transmitir nuestra experiencia y la de los demás.

Tal y como van las cosas, con los datos que aporta al libro y la evolución de la sociedad de los últimos tiempos, ¿quién cree que se impondrá: Eros o Thanatos?

Estoy tentado de decir lo de “me gusta que me hagas esta pregunta”, porque me das pie a introducir un elemento positivo. Freud habló de la pulsión de muerte -Thanatos- como el efecto de aquellas pulsiones destructivas que actúan contra los demás o contra uno mismo, y que periódicamente se desatan. En cualquier momento, en el mundo hay un centenar de conflictos bélicos de pequeña o mediana intensidad, pero, cada vez, estallan guerras devastadoras -la invasión de Ucrania, la devastación de Gaza- en las que se produce una gran destrucción de productos de la cultura -ciudades enteras, vías de comunicación, redes de energía- y en las que, sobretodo, mueren muchos miles de personas. Pero Freud también habló de Eros, de esas pulsiones que se orientan hacia la preservación de la vida, la formación de vínculos de amor, colaboración y ayuda, y que trabajan por las obras de la civilización y la cultura. A lo largo de la historia se ha dado una alternancia de períodos en los que predominan unas u otras pulsiones y Freud tenía la intuición de que el destino de la humanidad dependería de que siguiese manteniéndose ese equilibrio inestable. Por mucho que queramos soñar en un futuro de paz universal y perpetúa, lo cierto es que Eros no ha triunfado ni triunfará nunca del todo sobre las pulsiones de muerte. La cuestión es si, a la inversa, tampoco existe la posibilidad de que Thanatos se imponga. El momento actual es muy preocupante y no invita nada al optimismo, pero en los peores momentos, cuando las puertas del infierno parecen haberse abierto de par en par, las pulsiones de vida han reaccionado con fuerza y ​​han detenido la caída hacia el abismo. Necesitamos confiar en que volverá a ser así.

“Muchos aspectos de la vida en el siglo XX no se entenderían sin la influencia del psicoanálisis”

La llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos es una mala noticia en la lucha contra la emergencia climática. La pulsión destructiva parece que se abre camino a nuestras sociedades últimamente

La segunda llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos es una catástrofe sin paliativos por todo lo relacionado con la crisis ecológica y, en particular, el cambio climático. En un año de mandato ha abolido un sinfín de regulaciones que limitaban la expansión de los combustibles fósiles, cancelando las ayudas a la producción de energías renovables, promoviendo la perforación de más pozos por la obtención de petróleo y gas, y por la extracción y consumo masivo de carbón, el más contaminante de todos los combustibles. También ha abolido la legislación que protegía espacios naturales o que prohibía o limitaba la minería submarina. Pero, si todo esto fuera poco, Trump y su gobierno están desmantelando las organizaciones que, durante décadas, han recogido y aportado datos fundamentales para la comprensión de los fenómenos asociados al cambio climático.

Han cerrado centros de investigación, han despedido a su personal -muchos de ellos, científicos prestigiosos a los que Francia, Alemania o China ofrecen buenos contratos- y han cerrado o destruido sus archivos, instaurando un negacionismo climático de una ferocidad aún peor de lo que habíamos visto hasta ahora. Obviamente, este comportamiento tiene un móvil económico muy claro: las grandes corporaciones -que aportaron más de mil millones de dólares a la campaña de Trump- obtendrán ahora unos ingresos fabulosos, de los que el propio Trump también participará. Pero, ¿hasta cuándo? Quiero volver aquí al punto que antes señalaba: el propio Trump sabe perfectamente que el cambio climático es una realidad innegable -pidió al gobierno de Irlanda construir un muro para proteger un campo de golf de su propiedad, amenazado por la subida del nivel del mar- y los directivos de las grandes corporaciones lo saben aún mejor que él. Entonces, ¿qué les empuja a esta carrera hacia el abismo? Tal y como estaba previsto y anunciado, los Estados del centro y buena parte del este de EE.UU., así como buena parte de Canadá sufren estos días (enero de 2026) una tormenta “histórica”, con temperaturas de hasta -50 ºC y nevadas nunca vistas. Este fenómeno tan extremo -sí, en enero siempre ha nevado en Canadá, y en muchos lugares de EE.UU.- se debe a un vórtice polar, que lleva aire gélido del Ártico hasta latitudes mucho más bajas. Los científicos del clima saben perfectamente que la acentuación de estos fenómenos se debe a que, como consecuencia del calentamiento global, se están debilitando las corrientes atmosféricas que habitualmente mantienen confinadas en la zona ártica estas masas de aire que ahora se desplazan hacia el sur. Una vez más, podemos preguntarnos que empuja a tanta gente a actuar de forma claramente autodestructiva.

La referencia a la codicia y el afán de riqueza no es suficiente cuando lo que está en juego es un beneficio a corto plazo y un colapso económico y ambiental a un medio plazo cada vez más cercano. Cuando lo que gobierna la acción es una pulsión desatada -pulsión de muerte, por tanto- estas personas -como cualquier otra en esta situación, como cualquier adicto a un tóxico del que no puede prescindir- no saben lo que hacen y no quieren saber nada de las consecuencias de sus actos.

Por mucho que queramos soñar en un futuro de paz universal y perpetúa, lo cierto es que Eros no ha triunfado ni triunfará nunca del todo sobre las pulsiones de muerte

¿Alguna propuesta desde el psicoanálisis que invite al optimismo y la esperanza en este planeta donde la temperatura y las emisiones contaminantes siguen creciendo a pesar de las advertencias de los científicos?

No es exactamente una propuesta desde el psicoanálisis, pero en la medida en que desde ciertos lugares de saber -el del psicoanálisis y otros- aumente la conciencia personal y colectiva, tendremos más motivos para el optimismo. De hecho, la esperanza sólo puede venir por el lado de que cada vez hay más personas y más colectivos de todo tipo que se implican en alguna de las facetas de la crisis ecológica y del cambio climático, y todos los que nos sentimos implicados debemos contribuir a que este proceso vaya a más. Ya no estamos en la época de los grandes relatos sociales y de los proyectos de cambio revolucionario que prometían un mañana mejor para todos, y estas personas y estos colectivos no tienen un proyecto común ni la misma idea de cómo debe ser el futuro, pero les une la urgencia de detener esta carrera hacia la nada. La esperanza también viene por el lado de que tanto los fenómenos meteorológicos extremos como las políticas más regresivas de EE.UU. y de otros países, hagan despertar a mucha gente, y que, por tanto, aumente mucho la presión sobre los gobiernos que todavía tienen margen de acción para tomar medidas efectivas.

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