En una ciudad asolada por el Presentismo es muy difícil que los símbolos se consoliden, hasta permanecer más allá de su valor temporal. En Barcelona, la ciudad donde, desde el provincianismo, una hamburguesa se llama Kevin Bacon esto es más que evidente, con el extra de queso de hallarnos en el año de gracia de 2026, centenario de la muerte del arquitecto Antoni Gaudí, el cual, como mandan los cánones del invento, es más conocido desde leyendas y muchos menos desde el estudio riguroso de lo que fue.

Ello es comprensible porque, junto a Messi, ha sido uno de los grandes artífices del turismo de la capital catalana, lo que conlleva desdibujarlo para explotar mejor su condición de gallina de los huevos de oro desde la perversión de su legado.

La Sagrada Familia desde el carrer Freser, en Camp de l’Arpa | Jordi Corominas
La Sagrada Familia desde el carrer Freser, en Camp de l’Arpa | Jordi Corominas

Pudimos apreciarlo no hace tantos años con una operación efectista en La Pedrera, cuando Jaume Plensa apareció en el edificio de passeig de Gràcia. La intención era fundirlo en genialidad con el arquitecto de Dios para corroborar un continuum del arte catalán y, de paso, darle al escultor la condición de hijo triunfal en su propia casa para frenar todas sus quejas de niño caprichoso.

Este hecho fue puntual y hasta estuvo bien hilvanado, pues los procedimientos normales suelen ser más burdos y contundentes desde el sinsentido. No hablo del mural de un hotel en el que Gaudí tiene su Sagrada Familia en la mano como si fuera el calvo del anuncio de la lotería de Navidad, sino de la inconsecuencia de imponer un icono desde algunas vulgaridades poco anheladas por los ciudadanos, a los que no les espera y tampoco están mucho, como corroborarían determinadas pasividades que van desde la crisis de Rodalies hasta la ausencia de quejas por la destrucción patrimonial efectuada por los últimos Ayuntamientos.

Mural de Gaudí en un hotel del carrer Provença
Mural de Gaudí en un hotel del carrer Provença

Antes de morir, Oriol Bohigas tuvo a bien considerar que era absurdo terminar con tanto empeño una basílica en pleno siglo XXI, sobre todo, esto es de mi puño y letra, en una ciudad que se ha caracterizado en su contemporaneidad por un anticlericalismo que las instituciones no quieren recordar. Asimismo, el templo sito en el territorio de lo que antaño fue Sant Martí de Provençals es expiatorio, como el Sacré Coeur de París, siéndolo el barcelonés por los supuestos pecados de la Semana Trágica de 1909, con lo cual estamos ante una iglesia que va contra lo que antes llamábamos Pueblo.

Más allá de este detalle, de bastante peso, hay otros más preocupantes. Barcelona se refundó en 1992 y para el imaginario de sus tótems se ganó el espacio de Montjuic, que no ha cuajado en ese sentido pese a estadios, pebeteros o palacios como el de Sant Jordi, rentabilizado a base de grandes eventos, pero sin tener potencia sentimental para los habitantes.

La Sagrada Familia desde el mirador de Tenerife, en Can Baró
La Sagrada Familia desde el mirador de Tenerife, en Can Baró | Jordi Corominas

Desde estos parámetros la pieza que sí tiene adeptos, lo afirmo desde el conocimiento que posibilita hablar con centenares de personas a pie de calle, es la torre Agbar, cuya visión desde diversos lugares no molesta e impacta por cómo irrumpe cuando no la esperas, algo que, desde luego, ya no podemos decir de la Sagrada Familia, desde julio de 2025 el inmueble condal más alto, una minucia cuando nos informan que ha alcanzado la condición de construcción religiosa más elevada de Europa, no por sabiduría, sino por verticalidad, algo que divertiría a Josep Pla, quien veía en el poder catalán mucho complejo con aquello de ver quién la tiene más larga.

La torre Agbar desde Consell de Cent | Jordi Corominas

El mejor escritor catalán de la pasada centuria tiene en Barcelona, una discussió entranyable algunos fragmentos gloriosos en los que recuerda cómo, desde Diagonal con passeig Sant Joan, la Sagrada Familia jugaba sin querer a ser la torre Eiffel a causa del efecto óptico de la falsa distancia. Así, a bote pronto, daba la sensación de estar cerca, pero debías caminar bastante para alcanzarla.

Desde esa ubicación hoy en día la panorámica es una mezcla de muchas Barcelonas entre el búho de rótulos Roura, el monumento a Verdaguer y el crecimiento desmedido de la bestia que nos concierne, de indecente prepotencia y más maleducada que el Hotel W, que al menos sólo capa el horizonte en una pequeña porción controlada por nuestros ojos, impotentes ante la mona de pascua, pues desde hace unos meses es casi imposible no divisarla, incluso en rincones diríase utópicos para tal fin, de la Verneda hasta miradores que no la contemplaban ni por asomo.

El hotel W | Jordi Corominas

No podemos escapar de la Sagrada Familia, aunque siempre podemos conocernos mejor evitándolo hasta en su cercanía. Lo escrito en la última frase ocurrió hará pocas semanas en una de sus dos plazas. La estatua del Miliu del Toresky debería tener más adeptos por simpatía, enfrentada a la de la mole que domina ese entorno, la misma que aún no ha zanjado su ampliación en la problemática de esos bloques de pisos de los años sesenta que sí, debían desaparecer desde la advertencia inicial de ser provisionales, pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma. Envejecer, morir, decía Gil de Biedma, es el único argumento de la obra.

El Miliu del Toresky, vecino de la Sagrada Familia | Jordi Corominas

¿Seguro? No, la trama consistiría en tirar esos bloques para lanzar una innecesaria escalinata triunfal, culminación de un delirio en el que dudo mucho se sigan los planos de Gaudí, algo que más bien da igual ante lo faraónico para atraer a visitantes sin reflexionar ni un instante en el beneficio de los residentes. Por eso los alrededores están llenos de tiendas propias del parque temático del souvenir, del Barça a camisetas con referencia sexuales más que groseras, y por eso se omite poner una fecha para decidir sobre una cuestión fundamental desde lo urbanístico y la decencia para con los ciudadanos. ¿No sería mejor realizar un referéndum de verdad para que pudiéramos decidir sin aquello de con la iglesia hemos topado?

Por lo demás, lo hemos argumentado en estas mismas páginas, la Sagrada Familia nos despoja de opciones en viabilidad y uso del espacio público al ser una zona excluyente, como la Rambla. En este centenario de Gaudí proponemos, para rubricar la coherencia del disparate, inaugurar un monumento donde el tranvía asesinó al desvalido anciano, no sin recordar la precariedad del transporte público en el Principado con centro en Barcelona, algo en torno a lo que Jaume Collboni no abrió la boca durante la última semana, trágica sin expiación.

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