Los titulares y las noticias de última hora suelen responder a las dudas que, de forma espontánea, nos surgen al conocer un hecho relevante. Los periodistas plantean estas incógnitas a través de preguntas muy concretas, en muchos casos de respuesta binaria, que nos sirven para situarnos y deshacernos de la angustia que nos genera la incertidumbre y el desconocimiento.
Lamentablemente, esta dinámica no sirve para informar sobre hechos complejos que tienen lugar en contextos desconocidos. En el caso de los conflictos que castigan Oriente Próximo, debemos tener paciencia para entender el contexto y darnos tiempo para forjar una opinión propia.
Explico esto para adelantar que no tengo respuestas breves, de sí o no, de blanco o negro, de buenos o malos, a todo aquello que nos preguntamos sobre la crisis en Irán: no sabemos qué pasará, cómo actuará el sucesor de Khamenei, si el régimen resistirá, cómo reaccionarán a largo plazo los vecinos árabes…
Lo que sí podemos hacer es un repaso de los últimos acontecimientos, situándolos en su contexto histórico y regional y, a partir de ello, elaborar una lista de posibles escenarios. Lo que nosotros pensemos o deseemos que ocurra en Irán debe quedar, de momento, fuera de este análisis.
Los antecedentes
En las últimas décadas, Irán ha sufrido diversas etapas de protestas, disturbios y asesinatos masivos de opositores. Pero la ola de manifestaciones masivas de diciembre y enero ha sido diferente a las anteriores.
En los años noventa, las huelgas sindicales exigían mejoras en las condiciones de trabajo. En 2009, los jóvenes del “movimiento verde” reclamaban transparencia y denunciaban un supuesto fraude electoral: “¿dónde está mi voto?”. En 2011, inspirados por las revueltas árabes, retomaron la protesta política de 2009. En 2017, los iraníes se manifestaron por el aumento de la inflación y la situación de la economía. Finalmente, en 2022, las protestas por la muerte bajo custodia policial de la joven kurda Jina Amini sacudieron el país.
En todos los casos, aunque la población estuviera harta del régimen, las consignas exigían mejoras muy concretas: trabajo, transparencia, libertad en la forma de vestir. Tal vez la gente reclamaba reformas puntuales porque era prudente y sabía que no podía aspirar a mucho más, ni siquiera al fin del régimen.
Lo que diferencia las protestas de 2025 de las anteriores es el estado de salud de la República Islámica. En los últimos meses, la situación económica es pésima y las debilidades del régimen han quedado expuestas tras la derrota de sus aliados en Palestina (Hamás), Líbano (Hezbolá) y Siria (régimen de los Assad). De hecho, al perder el colchón geográfico que lo protegía de Israel, Teherán ha quedado expuesta a ataques directos de Israel. En este contexto se produce la guerra de los doce días de junio de 2025, en la que ambos países intercambiaron varias oleadas de misiles.
El malestar por todos los agravios que hemos mencionado ha estado más o menos latente desde siempre. Ahora, como novedad, el régimen es más débil que nunca. Por eso muchos creen que ha llegado el momento de hacerlo caer.
No basta con el entusiasmo
Los medios extranjeros cubrieron las protestas con cierto optimismo. Pero el hecho de que las manifestaciones sean extensas y cuenten con la simpatía de la mayoría de la población no es una prueba de que vayan a triunfar. Por un lado, conviene recordar que una parte significativa de los iraníes es partidaria del sistema. Además, debemos tener presente —aunque no nos guste— que la represión y la violencia ejercidas por los regímenes autoritarios suelen funcionar.
Por otro lado, no parece que exista ninguna alternativa al poder actual con posibilidades reales de éxito. Esto ocurre a pesar de los esfuerzos de la diáspora iraní, de Estados Unidos y de Israel por situar al hijo del último sah como candidato para una posible transición.
En este sentido, surgen numerosas cuestiones relevantes para el futuro de Irán sobre las que no tenemos ninguna información. No sabemos si Estados Unidos e Israel, más allá del apoyo a la figura de Reza Pahlavi, colaboran con alguna red opositora dentro del país, o si están dispuestos a financiar un grupo armado dentro de Irán, o qué papel jugarán las minorías étnicas (kurdos, árabes, azeríes, baluches) en sus planes.
No hay alternativa al régimen
Todo apunta a que los iraníes no quieren una intervención extranjera. Tal vez creen que el cambio deben provocarlo ellos mismos desde dentro. La propia Revolución Islámica que llevó al poder a los actuales gobernantes les enseñó que eso es posible.
En este sentido, vemos en las redes muchos mensajes de iraníes que celebran el asesinato en un bombardeo del líder supremo y jefe del Estado iraní, Ali Khamenei. Pero, al mismo tiempo, lamentan la intervención extranjera porque, según ellos, busca la destrucción de su país. Personalmente, creo que es una postura bastante sensata y que probablemente representa a una buena parte de los iraníes.
El gran obstáculo al proyecto de cambio impulsado desde el exterior es la falta de alternativa. En épocas de revuelta e incertidumbre pueden aparecer de la nada —o salir de la clandestinidad— grupos y líderes desconocidos para el gran público que atraen y arrastran al pueblo. Se trata de la figura o del grupo necesario para dar voz a la masa, legitimar su causa y actuar como interlocutor con el resto de actores para liderar la transición.
En Irán, esa figura no existe. Desde el exterior se ha intentado catapultar a esa posición al hijo del último sah. Pero Reza Pahlavi no cuenta con el apoyo necesario dentro del país. Ciertamente, en las manifestaciones se ha coreado su nombre. Pero no sabemos si muchos lo hacían porque creen en su carisma o en el retorno de la monarquía, o simplemente porque era la única consigna claramente contraria al régimen que tenían a mano.
Los motivos reales del ataque
El 28 de febrero de 2026 es una fecha que pasará a la historia de Oriente Próximo porque situó a Irán en un punto de no retorno. Israel y Estados Unidos aprovecharon la debilidad interna y externa de Teherán para bombardear diversos puntos del país. Asesinaron al líder supremo, Ali Khamenei, y a una cuarentena de responsables políticos y militares.
En las semanas previas, Estados Unidos había acumulado una cantidad importante de misiles, aviones y buques de guerra en la región. El ataque parecía inminente. Aun así, estadounidenses e iraníes estaban convocados a una reunión para tratar la cuestión del programa nuclear, el argumento defendido por Washington para atacar Irán. Desde hace años se acusa a Teherán de querer desarrollar un programa nuclear con fines militares. Sin embargo, Estados Unidos e Israel no esperaron a la reunión y pasaron a la ofensiva.
A partir de esta situación, podemos plantearnos varias preguntas: ¿quién confiará a partir de ahora en la palabra de Estados Unidos? Si un país que no dispone de armas nucleares es atacado preventivamente, ¿qué incentivo tiene para no fabricar directamente la bomba atómica sin perder tiempo? Si no existe una alternativa al régimen, ¿qué sentido tiene intentar destruirlo desde el aire, más aún teniendo en cuenta que una parte importante de la población le es fiel?
Las dos primeras preguntas prácticamente se responden solas. En cuanto a la tercera, hay que saber que el pueblo iraní tiene conciencia de formar parte de un país grande, con vocación de potencia regional, que quiere tener voz en los asuntos del golfo Pérsico y que cree tener derecho a poseer armas nucleares porque sus vecinos también las tienen. Eso pensaban durante el régimen laico del sah, con el régimen islámico de Khamenei y, muy probablemente, lo seguirán pensando en el futuro. Por tanto, la llamada amenaza nuclear no desaparecerá nunca.
En este contexto de incertidumbre, hay quien asegura que la guerra de los doce días a la que nos referíamos antes, en junio de 2025 —cuando Estados Unidos destruyó tres instalaciones nucleares iraníes— convenció a la República Islámica de acelerar su programa nuclear. Si esto es cierto, se entiende que Washington y Tel Aviv hayan iniciado una nueva guerra unilateral, que se hayan negado a retomar las negociaciones con Irán, como estaba previsto, y que tengan más urgencia que hace unos meses por acabar con el régimen de Teherán.
Finalmente, si Israel y Estados Unidos no pueden derribar la República Islámica, ¿estarían dispuestos a aceptar cambios moderados en Irán? Dadas las circunstancias, una solución de compromiso que podría satisfacer a la mayoría de los actores implicados sería aplicar en Irán algo parecido a lo que Estados Unidos ha hecho en Venezuela. Se trataría de capturar a la cúpula del régimen y tutelar al resto del aparato estatal hacia una transición. De esta forma se detendrían la guerra, la muerte y la destrucción.
Sin embargo, tampoco podemos descartar que la alternativa sea debilitar a Irán como país, destruir infraestructuras, mantener un bloqueo económico, hundir su economía y empobrecerlo en general. Es decir, desactivar al único rival que hoy tienen en la región y obligarlo a dedicar durante años todos sus recursos a la reconstrucción.
Todos declararán la victoria
Si las cosas siguen mucho más tiempo como hasta ahora, todos los actores del conflicto declararán la victoria. Es decir, Teherán se proclamará vencedor si logra sobrevivir, encontrar sustitutos para todos los líderes asesinados y mantener en el tiempo los ataques contra las monarquías petroleras del Golfo por su apoyo a Israel. Cabe destacar que Irán ha lanzado tantos misiles y drones contra los Emiratos Árabes Unidos como contra Israel. En Teherán creen que eso empujará a los países árabes a pedir a sus aliados occidentales que detengan las hostilidades.
Por su parte, Estados Unidos se congratulará de haber destruido el programa nuclear iraní y de haber acabado con la cúpula del régimen. Finalmente, Israel podrá darse por satisfecha si logra convertir en polvo y ruinas los pilares del régimen iraní e infligirle heridas de las que nunca pueda recuperarse.
La gran incógnita es qué ocurrirá el día en que Israel y Estados Unidos detengan el ataque. Si el régimen sobrevive, ¿se sentirá lo suficientemente fuerte como para reanudar la represión? ¿La gente se quedará en casa por miedo? ¿Surgirá el grupo necesario para liderar y organizar la oposición? ¿Volverá la población a salir masivamente a las calles, como en noviembre de 2025?
En cualquier caso, los iraníes tienen muy presente lo que ocurrió en Irak tras la intervención estadounidense y cómo acabó Siria a consecuencia de la presión internacional. Como dice uno de los mensajes que circulan en redes:
“Estamos atrapados. Nadie cree ya en la posibilidad de una reforma política. Pero nos da miedo que el régimen colapse… Podemos sobrevivir a un mal gobierno, pero no a la ausencia de gobierno”.


