Después de estudiar durante diez años la distribución de la riqueza en Italia, el profesor Vilfredo Pareto (1848-1923) publicó su influyente tratado Manual de economía política (Manuale d’economia politica, 1906), en el que se recogió por primera vez la observación de un patrón estadístico fascinante: el 80% de las tierras en Italia pertenecían al 20% de la población. Curiosamente, luego notó que en su jardín, el 20% de las vainas de guisantes producían el 80% de la cosecha. Más de cuatro décadas después, el ingeniero rumano-estadounidense Joseph M. Juran (1904-2008), uno de los pioneros en la gestión de calidad, reafirmó dicha observación aplicada a la industria en su visionario ensayo Manual de Control de Calidad (Quality Control Handbook, 1951), donde se acuñó por primera vez el concepto bautizado como «Principio de Pareto», también llamado Regla 80/20, una máxima que se aplica hoy en día a la economía, la informática y la sociología y que se resume en que «aproximadamente el 80% de las consecuencias provienen del 20% de las causas».
Si aplicamos este principio estadístico a la gestión educativa, la realidad que viven los profesores a diario cumple con esta premisa: «el 20% de los alumnos (los disruptivos, los que plagian, los que boicotean) generan el 80% de los problemas de disciplina, las interrupciones y el desgaste emocional del docente». El sociólogo británico Richard Koch, quien demostró empíricamente que esta regla matemática regía el comportamiento humano y la gestión del tiempo, recogió dicha afirmación en su libro El Principio 80/20 (The 80/20 Principle, 1997), reconociendo implícitamente que la dinámica de un aula no es simétrica. Estudios más recientes advierten que si el profesor no actúa sobre ese 20% de los alumnos, está condenando al resto de la clase.

Si un profesor decide que solo va a dar clase a los que quieren aprender, ese grupo reducido acabará consumiendo y saboteando el 80% del tiempo de aprendizaje efectivo del resto de la clase a través de ruido, conflictos o interrupciones constantes. Dedicar una cantidad de tiempo y energía desproporcionada a ese 20% (tutorías, resolución de conflictos, denuncias, vigilancia anticopia, revisiones, entrevistas personalizadas, etc.) no es un acto de injusticia hacia los alumnos brillantes; es, en realidad, una inversión estratégica. El profesor necesita neutralizar y gestionar a ese 20% de alumnos problemáticos para poder liberar el 80% de su tiempo y que la clase entera pueda fluir. La única forma de romper esta curva estadística en la educación es mediante intervenciones tempranas, focalizadas y dirigidas precisamente a ese porcentaje que genera el desequilibrio, una estrategia de supervivencia para que el resto de la clase pueda funcionar.
La mayoría de los «buenos» estudiantes tienen las necesidades socioemocionales y la ética de trabajo cubiertas desde casa. Los alumnos que copian, plagian o boicotean la clase suelen presentar carencias en habilidades sociales, empatía o autorregulación. El trabajo del docente en la educación obligatoria incluye educar en la convivencia y en la ética del trabajo. «El tiempo dedicado a corregir un plagio o una falta de respeto es tiempo de docencia real, no una interrupción de esta», tal y como sostienen los investigadores de la Johns Hopkins University, Stephen B. Plank, Catherine E. Bradshaw y Howard Young, referentes mundiales en educación, en su artículo An Application of ‘Broken-Windows’ and Related Theories to the Study of Disorder, Fear, and Collective Efficacy in Schools ([Una aplicación de la teoría de las ‘ventanas rotas’ y teorías afines al estudio del desorden, el miedo y la eficacia colectiva en las escuelas], 2009), donde proponían «La teoría de la ventana rota en el aula» y su efecto de contagio en el resto de estudiantes: «Si el profesor decide ignorar a los que hablan, a los que copian o a los que no trabajan para centrarse solo en “los que sí quieren aprender”, el ecosistema del aula se degrada. La tolerancia a estas conductas desmotiva rápidamente a los buenos estudiantes, quienes perciben que el esfuerzo no vale la pena si el que hace trampas o el que boicotea no recibe atención y corrección». En definitiva, los estudiantes aplicados, respetuosos y honestos concluyen que su dedicación es estéril.

La consecuencia directa de esa inequidad es lo que los académicos denominan Sucker Effect o «Efecto del Primo». «Al ver que el estudiante deshonesto es recompensado con buenas calificaciones y menos esfuerzo gracias a un algoritmo, el estudiante aplicado sufre una fuerte disonancia cognitiva. Concluye que el sistema no evalúa el aprendizaje ni el pensamiento crítico, sino la mera entrega de “resultados”, lo que fulmina su motivación y le empuja, por contagio o supervivencia académica, a saltarse también las normas», indican los investigadores Nguyen Van Hanh y Nguyen Thi Duyen en su ponencia AI-assisted academic cheating: a conceptual model based on postgraduate student voices ([Trampa académica asistida por IA: un modelo conceptual basado en las opiniones de estudiantes de posgrado], 2025), quienes abordan lo que se conoce como «la cultura académica tóxica generada por la IA».
El sesgo de automatización que está provocando el uso desproporcionado de la Inteligencia Artificial Generativa afecta notablemente al juicio crítico del estudiante, que delega en la herramienta informática la responsabilidad de la respuesta, con el peligro no solo de que haga trampa, «sino que el sistema educativo lo premie por empaquetar un texto generado por una máquina, cuyas alucinaciones o errores es incapaz de detectar». Aquí es donde la teoría de las ventanas rotas golpea más fuerte: la academia advierte que la deshonestidad académica tolerada crea una cultura tóxica. Si un estudiante brillante invierte horas en investigar, sintetizar y redactar un ensayo, y ve que su compañero —que no ha pisado la clase ni ha leído un libro— saca la misma nota (o mejor) tecleando un prompt de cinco segundos en una IA generativa, se produce una profunda desilusión. Ese estudiante interioriza que la honestidad intelectual es una desventaja competitiva, siente que su esfuerzo «no vale nada» y que el sistema evalúa el resultado, no el aprendizaje humano. Al final, para no quedarse atrás en este terreno de juego desnivelado, el buen estudiante también se ve empujado a cometer fraude.

En este contexto, donde prevalece una «ventaja injusta» (Unfair Advantage en la academia), el visionario director coreano Park Chan-wook, en su película No hay otra opción (Eojjeolsuga eobsda, 2025), realiza una nueva versión de la novela El hacha (The Ax, 1997), de Donald E. Westlake (1933-2008). Adaptándola a las circunstancias de la sociedad actual, la obra propone, curiosamente, que las empresas del futuro no tendrían ningún problema en seleccionar a esos estudiantes disruptivos y tramposos, porque reconocen que escogerían a los peores candidatos del proceso de selección. La cinta tuvo su gran estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Venecia el 29 de agosto de 2025, compitiendo en la sección oficial por el León de Oro, y ganó el premio a la Mejor Dirección en la 58ª edición del Sitges-Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya, donde el jurado reconoció su magistral forma de mezclar el thriller, la violencia visual y la comedia negra más salvaje.
El personaje central de la novela original es Burke Devore, el director de un departamento técnico de una fábrica de papel que ha sido despedido tras una fusión corporativa diseñada para optimizar costes, una práctica habitual en las últimas décadas, con los consabidos despidos masivos derivados de tales decisiones empresariales. «Devore es competente, leal y tiene experiencia, pero el mercado lo considera viejo y caro. Tras meses de enviar currículums sin respuesta y ver cómo su vida de clase media se desmorona, llega a una conclusión escalofriante y lógica: el problema no es la empresa, sino la competencia. Devore publica un anuncio falso en un periódico especializado buscando un puesto similar al suyo. Recibe cientos de respuestas. Selecciona a los candidatos más cualificados (aquellos que podrían ganarle el puesto si surgiera una vacante real) y decide asesinarlos uno a uno», indica la sinopsis de la obra original de Westlake.

El célebre director franco-griego Costa-Gavras realizó una primera adaptación en la película Arcadia (Le Couperet, 2005), cuyo título original en francés tiene un doble sentido al referirse a la cuchilla de una guillotina, una expresión habitual en el ámbito empresarial cuando hay despidos masivos (tomber comme un couperet, o caer como una guillotina). El título en España, Arcadia, hace referencia al nombre de la empresa a la que aspiraba entrar Devore, cuyo nombre alude al paraíso terrenal de paz, prosperidad y armonía que aparece en la mitología griega. Protagonizada por José García en el papel del rebautizado Bruno Davert, Costa-Gavras llevaba a la gran pantalla la fascinación de Westlake por el hombre común empujado a situaciones criminales por el entorno. El novelista explicaba en las entrevistas promocionales cómo la lógica fría es lo que hace a sus personajes aterradores: «Burke Devore no es un psicópata, es un hombre demasiado lógico». El cineasta vio en el texto original las bases de una tragedia moderna y global, por lo que trasladó el escenario de los Estados Unidos originales a la Francia de una Europa asolada por el miedo al desempleo, debido a las reestructuraciones y las consecutivas crisis económicas de finales del siglo XX, donde el trabajador pasaba a ser un activo desechable.
No importaron los quince años de fidelidad incondicional a la empresa; la deslocalización para disminuir los costes laborales lo dejó en el paro durante un largo período de tiempo, a pesar de poseer un currículum excepcional y verse obligado a soportar continuas humillaciones en entrevistas y asistir a cursos de reinserción inútiles. A diferencia de un thriller convencional, Costa-Gavras la rodó como una sátira social fría: «No hay música de suspense cuando Bruno mata; es un acto burocrático, torpe y desesperado. La película plantea que Bruno no es un asesino por naturaleza, sino un “buen soldado” del capitalismo que aplica la lógica de la empresa (“eliminar a la competencia”) a su vida personal», afirmaba en las entrevistas promocionales. Paradójicamente, las escenas más terroríficas del largometraje no eran los asesinatos, sino las propias entrevistas de trabajo, donde se muestra la verdadera violencia del sistema.

Si en 2005 el enemigo invisible era la globalización y la deslocalización, en 2025 lo es la automatización y el uso de la inteligencia artificial en el puesto de trabajo. Park Chan-wook, que dedica su cinta a Costa-Gavras, actualiza el relato original a la sociedad contemporánea, para mostrar el trauma de la obsolescencia humana. Y, de nuevo, internacionaliza el escenario, situando la acción en Corea del Sur, rebautizando al personaje principal con el nombre de Man-su, interpretado de forma verosímil por el actor Lee Byung-hun, que encarna perfectamente la profesionalidad del gerente al tratar cada asesinato como una tarea administrativa más, tachando nombres de una lista.
El mensaje final que transmite No hay otra opción es demoledor: las empresas ya no necesitarán a personas cualificadas, solo necesitarán a simples supervisores dispuestos a cobrar menos a cambio de una nómina, para limitarse a comprobar que la IA puede funcionar correctamente. La película termina con una escena devastadora: el protagonista sale del edificio victorioso (ha conseguido el empleo matando a todos), pero detrás de él, las luces de la fábrica se van apagando una a una, controladas por una IA, sugiriendo que su victoria es temporal e irrelevante. Toda una lección para los citados alumnos disruptivos, deshonestos y tramposos de hoy en día, que, probablemente, sean los elegidos por las empresas en un futuro no muy lejano… aunque no por mucho tiempo. Palabra de Park Chan-wook.



