¿Qué debemos entender por ‘postmodernidad?
La posmodernidad es una reacción frente a la hegemonía del pensamiento ilustrado, del pensamiento progresista, del pensamiento racional, todo lo que se había impuesto a partir de la ilustración y sobre todo aquella idea de progreso que podía explicar y transformar el mundo, que dio lugar en el siglo XIX a utopías diversas y a procesos de transformación. Después de la Segunda Guerra Mundial hay una reacción por parte de pensadores muy influidos por el pensamiento alemán bastante reaccionario, un grupo de pensadores sobre todo franceses que consideran que el tiempo de las utopías ha terminado, que no existe la posibilidad de hacer una explicación global del mundo y la realidad, que son inviables los proyectos de transformación y que hay que aceptar que el capitalismo no es una posibilidad sino que es un dato y que hay que adaptarse a él y que la única emancipación posible es a nivel personal, liberar el deseo, convertir el consumo en el gran objetivo individual.
La posmodernidad es un pensamiento de reacción, de retorno, y de abandono de cualquier posibilidad de cambio
Se pasa de planteamientos colectivos a planteamientos absolutamente individualistas y, con ello, gente que venía del pensamiento progresista y de la izquierda entra en el marco mental y de pensamiento de los sectores reaccionarios, de la derecha, de lo que llamaremos después el neoliberalismo. No hay más interés que el personal. Aquello que decía Margaret Thatcher de “¿qué es esto de la sociedad? Yo sólo conozco familias y personas” entra en ese marco mental. La posmodernidad tiene componentes, sobre todo a nivel formal, vanguardistas, pero al mismo tiempo es un pensamiento de reacción, de retorno y de abandono de cualquier posibilidad de cambio. Es instalarse en el relativismo, en el pesimismo. Son todos esos pensadores que vienen después de Sartre. Sartre está ahí en medio, no sería un posmoderno en sentido estricto. Son Foucault, Derrida y otros quienes formulan estos planteamientos que al capitalismo de la segunda parte del siglo XX le va muy bien, porque ya no se ponen en cuestión los temas socioeconómicos, la desigualdad, etcétera, sino que sólo se refieren a temas relacionados con la liberación personal, con las identidades personales. Todo esto entronca con la derecha.
Los posmodernos no aceptan las categorías. Niegan las bases del pensamiento científico y del razonamiento
¿Lo que decía Clinton de “es la economía, estúpido” queda superado?
Este pensamiento lo abandona claramente. Ya no existen relaciones de clase social, ya no se habla de explotación material, de desigualdad,… sino sólo de emancipación personal, de proyectos personales. En lugar de la clase social, lo que definiría a las personas es el estilo de vida y, por tanto, se abandona lo material, con lo que es evidente que se acepta, se da por bueno, el status quo.

El término woke, que en principio era símbolo de progreso, pasa a ser un argumento en manos de los posmodernos
Se ha convertido en un insulto. ‘Woke’ significa ‘despierto’. El woke era alguien que, desde posiciones progresistas, se planteaba los problemas raciales que existían en las universidades estadounidenses, los problemas de género,… Era la figura del que despierta. Esto ha acabado siendo un poco una forma de estereotipo, de exageración, donde se ha alineado el planteamiento woke con lo que sería la posmodernidad. De alguna forma le ha servido a la derecha para ridiculizar los planteamientos progresistas. Ahora es un término que no quieren ni los wokes. Es como un insulto, una descalificación. El pensamiento woke se centra en temas de identidad. El mundo de la posmodernidad y el pensamiento woke viene de aquí, es un mundo que lo que plantea es la existencia de una especie de supermercado de las identidades, en el que uno elige, cambia, pero sobre todo son temas que tienen que ver con cuestiones particulares, de cómo te presentas frente al mundo, pero nunca temas colectivos. No existe movilización por temas colectivos, por temas sociales, sino que trata temas raciales, temas de orientación sexual, de género. Estas cuestiones desplazan a todas las demás.
El mundo woke se ha convertido en muy moralista y, en sentido metafórico, inquisitorial. El progresismo nunca había sido así
Habrá algunos pensadores, principalmente en universidades norteamericanas y sobre todo pensadoras, que intentan fusionar esta emancipación personal con temas más sociales, pero no se impone esta vía de encuentro, de conjunción, sino que se impone la vía de aspectos muy particulares y, además, progresivamente radicalizados. Es la teoría queer, tan en boga, tan de moda en los últimos años. Es la radicalización de la crítica, el heteropatriarcado, los temas de género, etcétera, es una radicalización que lleva incluso a negar la categoría mujer, el concepto mujer. Es una fuga hacia adelante bastante notable, porque una de las características de este pensamiento de origen posmoderno es que no se aceptan las categorías. Si no hay categorías, ¿qué análisis puedes realizar? Se niegan las bases del pensamiento científico y del razonamiento. Todo es lenguaje, todo es literatura. Es un camino de frustración más que de emancipación.
¿La cultura de la cancelación forma parte de esta posmodernidad de la que habla?
Sí, es una de esas fugas extremas con las que se quiere rehacer la historia. Se trata de cancelar figuras o ideas que no encajan con una visión actual. En nombre de la cultura de la cancelación debe eliminarse buena parte de la literatura que habla con términos y conceptos que no encajan con la visión que se puede tener ahora de la orientación sexual. O significa eliminar el noventa por ciento de los nombres de las calles de nuestras ciudades, porque nuestra historia no es de hombres y mujeres puros y moralmente impecables sino que la sociedad está hecha de contradicciones y, en el pasado, algunos valores que hoy tenemos muy claros, como el de la igualdad, son valores que no imperaban. La cancelación, además, significa que alguien que sostiene opiniones que se consideran poco adecuadas para este tipo de comisarios de la moral y de lo aceptable debe condenarse al ostracismo y si está en las redes sociales, perseguirlo. Este mundo woke se ha convertido en un mundo moralista y, en sentido metafórico, inquisitorial. El progresismo nunca había sido así. El progresismo había sido siempre apertura, romper moldes, ir más allá, libertad absoluta, tolerancia. Y, en cambio, ahora tenemos un pensamiento que ha sustituido a la izquierda de antes, que es absolutamente intolerante y fija el pensamiento. Todo esto ha facilitado que la derecha y el reaccionarismo se apropiase del concepto de libertad. Ahora la libertad la blande Ayuso, no la blande un progresismo de izquierdas. Se ha reinterpretado el concepto.

Y Milei y Vox,…
Plantean que son la defensa de la libertad frente al autoritarismo de la izquierda, que es una absoluta barbaridad desde el punto de vista conceptual, pero de alguna manera esta actitud moralista de la izquierda woke está alimentando a la extrema derecha, le hace una función extraordinaria porque ella amplía esto a toda la izquierda en general, sin distinciones. Lo curioso del caso es que atraen mucho a la juventud porque ahora los transgresores, los punkis, son la derecha y la derecha extrema mientras la izquierda posmoderna tiene esa imagen de moralista.
La actitud moralista de la izquierda woke alimenta a la extrema derecha
En el subtítulo del libro cita “el mal francés”. También atribuye al mayo del 68 francés los orígenes de la posmodernidad
Mayo del 68 es una especie de explosión en la que la izquierda alternativa rompe con la izquierda clásica. Es algo muy parisino. La revolución francesa fue muy parisina y la ilustración también. El mayo francés es la evidencia de una izquierda que va dejando el marxismo, que durante un tiempo se acerca al maoísmo, al trotskismo, busca vías alternativas, pero que ya claramente cree que la transformación económica y social no es posible. Michel Foucault se convierte en la referencia. El ‘mal francés’ es un término que alguien se inventó, que se ha utilizado algunas veces para definir un pensamiento que viene de Francia que se populariza sobre todo cuando va a las universidades americanas. Pensadores franceses, como el propio Foucault, van mucho a Estados Unidos y llevan ese pensamiento que se impone en las universidades americanas. Curiosamente vuelve desde las universidades americanas a las universidades europeas. El ‘mal francés’ es como en el siglo XIX se llamaba la sífilis, porque se consideraba que los franceses eran muy libertinos y que esta enfermedad iba ligada al libertinaje francés. Lo utilizo como una metáfora.
El mayo francés es la evidencia de una izquierda que va dejando el marxismo, que durante un tiempo se acerca al maoísmo, al trotskismo, y que cree que la transformación económica y social no es posible
Habla de la identidad como una trampa. ¿Por qué?
Sobre todo la identidad en mayúsculas. Todos tenemos algún tipo de identidad o nos identificamos con algunas cosas, pero en la realidad la gente nos identificamos con cosas distintas y cambiantes. El identitarismo plantea que existen unas identidades preconcebidas a las que debemos incorporarnos. Y esto el nacionalismo lo hace muy bien: “si tú eres catalán eres de una determinada manera”. La realidad no es así. La realidad es que a lo largo de la vida cambiamos, que en algunas cosas podemos tener una identidad que se acerca al underground pero en otras muchas podemos tener una identidad cosmopolita o más territorial. Es un cierre, encerrarte en una identidad, en el grupo que conforma la tribu. Es una trampa en el sentido de que es un cierre mental. Tú debes seguir las directrices, los planteamientos de la tribu, y más en la época de redes sociales, y si no lo haces corres el riesgo de ser expulsado y caer en el ostracismo. En los tiempos de redes sociales, caer en el ostracismo es lo peor que te puede pasar. Se crean una especie de burbujas de pensamiento en las que tú debes identificarte cada vez más con la identidad de la que formas parte.
La idea del cosmopolitismo está en crisis
Eres de un club y no se te facilita pensar cosas nuevas, abrirte, relativizar, etcétera; quedas absolutamente encerrado en eso. Tanto por el lado de la derecha reaccionaria, que son las identidades nacionales en el sentido tradicional, una lengua, una religión, los toros, como en el sentido falsamente progresista, con las identidades de supermercado sobre el género, el tema racial, los temas alimentarios,… Tanto en un extremo como en el otro, con formas diferentes, la gente se cierra en una identidad en lugar de mantener la mente abierta y racionalmente estar abiertos a cuestionar nuestras convicciones. Todos necesitamos convicciones pero lo son en la medida en que no las pongamos en cuestión. Uno puede tener una certeza, pero siempre es momentánea. Si no quieres ser un sectario, esa certeza es momentánea porque alguien puede darte una información que te la hace modificar. Vamos a un mundo de mentes bastante cerradas, teóricamente unos situados en la extrema derecha y otros situados en la extrema izquierda, pero en realidad, unos y otros se alimentan muchísimo.

¿El proceso independentista tiene que ver con esta posmodernidad?
El proceso independentista catalán tiene mucho de esa frustración de las clases medias que en épocas de crisis económica, de falta de expectativas, de su empobrecimiento y el de las clases trabajadoras buscan utopías disponibles. El independentismo se presentó con una utopía que nos permitiría tener doble de postre todos los días, tendríamos trabajo, y culpar sobre todo de nuestros temores o de nuestra situación a un ente externo llamado España. Más que posmoderno tiene que ver con el populismo reaccionario de derechas. Esta mutación que hay últimamente hacia la extrema derecha pura y dura de Aliança Catalana sorprende a mucha gente. A mí, no me sorprende nada. Es una cuestión de fe, una cuestión de tribu, una cuestión de encerrarse en lo pequeño, ante los temores de lo exterior. En Catalunya el populismo más de derecha se va en parte a Vox, porque se identifica más con la españolidad que plantea, pero una parte importante de lo que era catalanismo está yendo a Aliança Catalana. Me parece la evolución lógica frente a la frustración de un engaño mayúsculo, como fue el ‘procés’.
El proceso independentista más que posmoderno tiene que ver con el populismo reaccionario de derechas
¿La globalización facilita argumentos a los posmodernos?
La globalización está en crisis. Está claro que en los años 90 y principios de este siglo la globalización se daba como un hecho, pero los cambios en la política y en la geopolítica nos llevan a una cierta retirada suya. Esto encaja con la posmodernidad en la medida en que es partidaria de lo particular frente a lo general, y, por tanto, retirarse del globalismo implica volver a espacios más inmediatos, más originarios. La idea del cosmopolitismo está realmente en crisis.
La idea del cosmopolitismo está en crisis
¿Y las grandes migraciones de los últimos años?
La emigración es el elefante en la habitación. Es muy importante, es evidente. La posmodernidad no tiene una posición establecida sobre la emigración más allá de ser bastante consciente y sensible a los temas raciales y las discriminaciones. Ciertamente, el mundo woke, el mundo posmoderno, ha sido muy sensible a ella. En cualquier caso, la inmigración lo que fomenta es aún más este cierre en la tribu, recuperar las ideas supremacistas tan ligadas a las culturas tradicionales. La inmigración está transformando el mundo de forma brutal. La inmigración se ha dado en toda la historia. El imperio romano fue una migración brutal. Las guerras de religión de la época moderna generan unas migraciones brutales. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, Europa envía mucha población hacia Latinoamérica y Norteamérica. Australia está poblada por migrantes ingleses que salían de las cárceles o de minorías religiosas. Siempre nos hemos movido. Ahora tiene una dimensión probablemente mayor por el envejecimiento de la población del mundo occidental. Esto es un dato, no tiene nada negativo, pero genera un reto a los estados contemporáneos porque requiere una mayor inversión para mantener el estado social. Tenemos el caso de Catalunya, donde se nos está rompiendo el sistema de infraestructuras o la sanidad. Hemos pasado de 6 millones de personas a ocho y medio y no han hecho nada. El problema no es que los inmigrantes nos copen la sanidad, es que si no fueran inmigrantes y hubiésemos aumentado la población en dos millones y medio de personas tendríamos el mismo problema de saturación del sistema sanitario. La migración no es un problema. Es un hecho, una posibilidad y una oportunidad, y lo que sabe mal es la utilización política absolutamente perversa por parte de ciertos sectores, jugando con ese miedo a lo diferente que la gente tiene y manipulando las bajas pasiones. La xenofobia la llevamos un poco puesta de serie y en lugar de intentar, a través de la cultura, eliminarla, lo que hace es alimentarla.
El problema no es que los inmigrantes copen la sanidad, es que si no fueran inmigrantes y hubiésemos aumentado la población en dos millones y medio de personas tendríamos el mismo problema de saturación del sistema sanitario
Lamenta que ante esa posmodernidad la izquierda está desubicada. ¿No hay voces, líderes que sepan combatirla adecuadamente?
Habría que hacer muchos matices por países y las evoluciones distintas de la izquierda. En esta vida, si no haces categorías, es difícil analizar. La socialdemocracia se desorienta bastante cuando, en los años ochenta, entra en crisis el concepto del estado del bienestar y el neoliberalismo ocupa el puesto de Keynes. En ese momento, la socialdemocracia se reinventa mal, entra en el marco mental del conservadurismo. Tony Blair es el ejemplo de esto. Cuando le pedían a Margaret Thatcher qué era lo mejor que había hecho políticamente decía “la creación de Tony Blair”. O él decía que ahora todos somos thatcheristas. La socialdemocracia se descafeinó de forma clara y empezó a abandonar su base social, su sujeto histórico como diría Marx. Allí hubo una desorientación importante, que también se produjo en la Alemania de Schröder, también acabó produciéndose en España en la época Zapatero en algunos aspectos, o en Francia de una forma muy clara en la última fase de Mitterrand. Existe una socialdemocracia que se descafeína en lugar de repensarse en profundidad. Es una socialdemocracia que en aquellos momentos se conforma con alternarse con los conservadores y no ser alternativa, que es lo que los grupos sociales le pedían. A partir de ese momento, las relaciones socioeconómicas se endurecen, tenemos un capitalismo de máximos, disminución de la tributación, aumento de la desigualdad, polarización social, etc. Y aquí la socialdemocracia ha tenido reacciones distintas pero poco estructuradas y poco pensadas. Es el caso español de Pedro Sánchez. Sánchez en Europa es un modelo para los socialdemócratas por las políticas que está haciendo, porque además tiene un contrapeso a la izquierda que le obliga a ello, pero al mismo tiempo no dibuja un proyecto de futuro claro e ilusionante. Hay que replantear cosas en serio y la socialdemocracia surfea un poco. En cualquier caso, quien sigue focalizando determinados temas es la socialdemocracia. Hay que repensar, se necesitan nuevos líderes, nuevos proyectos, crear ilusión, recuperar al sujeto histórico, que no es exactamente el trabajador de cuello azul de la Renault; es otro, es el que reparte para Daewoo, el que va por las casas en bicicleta, el que no tiene contrato de trabajo,… Hay un sujeto histórico que necesita a la izquierda, porque la gente desposeída lo que necesita es esperanza y quien le puede dar esperanza es la izquierda; la derecha no se la dará. Hay una necesidad de rehacerse. A quien veo más perdida es a esa izquierda posmoderna, una izquierda que se dirige básicamente y fundamentalmente a unas élites urbanas universitarias, se conforma con ese 8-10%, con un discurso intelectualizado y en el que no existe la desigualdad social. Cuando durante un año en España, esta izquierda consigue que el gran tema en la agenda política sea la ley trans y no sea la vivienda, está claro cuáles son las prioridades y cuál es la desubicación de esa gente.

¿Hasta cuándo va a durar esto?
No lo sé. Habrá dinámicas diferentes, al menos desde el punto de vista estético. Desde este punto de vista, la posmodernidad no da mucho más de sí. A partir de Warhol, el arte es puro comercio, la arquitectura son piezas autistas que no dialogan con el entorno, tipo Frank Gehry. Probablemente se recuperará cierto racionalismo. En el mundo del arte no acabo de ver el camino para recuperar las vanguardias, que han sido muy importantes en el pensamiento contemporáneo. Lo veo complicado. Ahora mismo el mundo del arte juega en una escala muy baja, no juega un papel emancipador, transformador, no hay Picassos en el sentido de buenos pintores que planteen algo nuevo y transformador. También en la literatura, con ese abuso de la autoficción, donde asistimos constantemente a gente que sólo habla de ellos mismos, de sus problemas personales, como se sentían maltratados en casa. Toda la narrativa, las novelas que salen en Cataluña y en todas partes están muy centradas en uno mismo. Desde el punto de vista político, lo que puede aportar ese pensamiento woke, esa posmodernidad derivada en woke, es poco, y lo que está aportando alimenta a la derecha extrema. Esto es lo que me preocupa. Las declaraciones de Judith Butler no ayudan a la izquierda, ayudan a la extrema derecha. Confío más en lo que se llamaba la izquierda moderada, que se repiense, que se replantee, que se modernice, que tenga nuevos líderes, nuevos discursos. Aquí sí veo algunas posibilidades, o al menos quiero pensar que hay posibilidades, para no tirar definitivamente la toalla.
Las declaraciones de Judith Butler no ayudan a la izquierda, ayudan a la extrema derecha
Para redondearlo tenemos a Trump para una buena temporada en Estados Unidos
El concepto de relaciones internacionales ha quedado fulminado, el concepto de derecho internacional ha quedado fulminado, el concepto de diplomacia, de la geopolítica como lo entendíamos, ha quedado fulminado, el concepto de verdad ya no existe. Estamos en un mundo bastante curioso, con la inteligencia artificial que nos cae encima de una manera bestial, con una gente joven una parte de la cual tiene el cerebro frito de pantallas y no es capaz de leer textos simples. Todo el tema educativo es un gran fracaso en Occidente. Miramos hacia otro lado, pero ha desaparecido el concepto de cultura general; es decir, aquellos conocimientos que desde el punto de vista civilizatorio nos permitían tener una conversación. La gente ya no sabe qué es el romanticismo, no sabe lo que pasó en la Guerra Civil española, si le pides que te diga algo de Kant te pone cara de no saber de quien le hablas. La pérdida del concepto de cultura general, que nos había unido y facilitado la vida social, nos lleva a un montón de gente absolutamente aislada y entretenida; eso sí, muy entretenida.


