¿Qué fórmula para el Congreso?

El acto del sábado 21 de febrero en Madrid, organizado por Movimiento Sumar, Izquierda Unida, los Comunes y Más Madrid, fue el punto de partida de un proyecto que ahora debe concretarse y ampliarse. Los mismos que hace unos meses daban por liquidada la experiencia unitaria de 2023 que hizo posible un gobierno progresista dicen ahora que la propuesta no es ninguna novedad y que reeditar la coalición no es noticia. Contrasta esta visión interesada con la ilusión de mucha gente que ve cómo empieza a abrirse paso la esperanza de una opción electoral seria a la izquierda del PSOE.

En Cataluña, la mayoría de medios de comunicación han pasado de puntillas sobre la importancia de que las otras fuerzas políticas de la futura coalición reconozcan a los Comunes como una opción nacional catalana con personalidad política propia que puede hablar de tú a tú con partidos de ámbito estatal. Esta ha sido una lucha constante a lo largo de los años en el espacio del PSUC, de Iniciativa y ahora de los Comunes. El carácter plurinacional de la propuesta debería completarse necesariamente con acuerdos con Compromís, Ara Més, la Chunta Aragonesista y otras fuerzas con arraigo en sus territorios, apostando por un reconocimiento de la aportación diferenciada de cada cual más flexible que el que ha existido hasta ahora. Y quedan dos cuestiones por resolver: la primera, ver si Podemos abandona su deriva hacia la nada; y la segunda, comprobar qué ocurre dentro de ERC, que ha descartado la idea de suma defendida por Gabriel Rufián.

¿Y después de Yolanda Díaz, qué?

Si el acto del día 21 fue el primer paso, el segundo lo ha dado Yolanda Díaz anunciando que no aspirará a ser candidata. Es una contribución a la construcción de la unidad que ojalá algunos que deseaban este escenario no tengan que lamentar. En el futuro, no será fácil suplir su papel decisivo como cabeza de lista ni como miembro del Gobierno; es mucho más que una buena ministra de Trabajo: en 2023 salvó la mayoría de izquierdas superando el desastre al que las divisiones cainitas habían llevado al espacio en las elecciones autonómicas y locales de unos meses antes. Es un buen ejemplo de coherencia que choca con los egos desatados de otros protagonistas y que deja a Podemos sin su principal excusa para mantenerse al margen del proyecto unitario.

La renuncia de Yolanda Díaz abre dos posibilidades para designar cabeza de lista: un acuerdo de las fuerzas políticas que acaben integrando la coalición o unas elecciones primarias. Podemos encontrar un ejemplo positivo en las primarias que celebra el Frente Amplio de Uruguay entre los candidatos de cada uno de los partidos que lo integran: así llegó a cabeza de lista y a presidente Pepe Mujica, propuesto por el Movimiento de Participación Popular (MPP). Una posibilidad distinta sería buscar un candidato o candidata independiente. O intentar una experiencia audaz como la que vivió el Partido Democrático Italiano en 2023 para escoger el liderazgo del partido en unas primarias abiertas con dos urnas: una reservada a los militantes y otra a las personas que no lo eran pero quisieron participar en la convocatoria. El voto de un millón de personas dio el triunfo a Elly Schlein: el candidato oficialista ganó en las urnas de los militantes, pero ella lo hizo en las de los no afiliados con tanta fuerza que alcanzó la victoria. Hoy en Italia hay que estar pendientes de si el PDI, con Schlein al frente, gira a la izquierda y de la evolución esperanzadora de la otra opción progresista, la Alleanza Verdi e Sinistra. Y no faltan otros ejemplos alentadores que pueden sumarse al de Mamdani en Nueva York: en el Reino Unido, los Verdes de Inglaterra y Gales, después de que Zack Polanski ganara las elecciones primarias hace unos meses, se han disparado en intención de voto y reciben el apoyo de miles de jóvenes ante la crisis del Partido Laborista y el peligro de la extrema derecha representada por Reform. Lo demuestra el espectacular resultado de Hannah Spencer, de los Verdes, ganando las elecciones parciales en el distrito de Gorton y Denton, en el Gran Manchester, este 26 de febrero con más del 40% de los votos. Estos casos nos demuestran que existe capacidad para hacer frente a la ola conservadora si se acierta en el mensaje, en los liderazgos y en la forma de elegirlos.

¿Y en el Senado qué?

Del Senado se habla poco, pero hay que hablar de él. El pasado 19 de febrero, el eurodiputado de los Comunes, Jaume Asens, en el acto titulado “Hacer política desde la izquierda soberanista ayer y hoy”, recordaba que el Senado debe escoger por tres quintas partes de los votos a cuatro magistrados del Tribunal Constitucional y que el PP está retrasando el nombramiento esperando disponer de esa mayoría cualificada, en solitario o con Vox, en la próxima legislatura, lo que le permitiría nombrar a los cuatro magistrados sin tener que pactar con las izquierdas, recuperando así la mayoría conservadora de infausta memoria. El catedrático de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo advertía unos días después (elDiario.es, 23/02/2026) de esta posibilidad y recordaba el papel del Senado también en la elección de miembros del Consejo General del Poder Judicial, añadiendo que lo primero en lo que deberían centrarse las izquierdas sería en una oferta electoral a la Cámara Alta que incluyera también al PSOE. Asens y Pérez Royo señalan un peligro que se hace aún más evidente si analizamos el papel partidista que el PP está haciendo jugar al Senado en esta legislatura. Y la solución podría pasar por candidaturas conjuntas al Senado del PSOE y las fuerzas situadas a su izquierda.

El Senado, que debería haber sido una cámara de representación de las nacionalidades y regiones siguiendo un modelo federal, fue estructurado en la Constitución de 1978 a partir de las provincias. Según Jordi Solé Tura, la pervivencia de las provincias, superpuestas a las Comunidades Autónomas, fue una de las principales derrotas de los partidarios de la nueva organización del Estado. Si la circunscripción provincial, más que el método D’Hondt, desvirtúa la proporcionalidad en el Congreso, en el Senado la distorsión es ya escandalosa al basarse en un sistema mayoritario. Los esfuerzos de senadores como Josep Benet, durante el debate constitucional, para convertir el Senado en una verdadera cámara de representación territorial se estrellaron contra un muro centralista: tan solo se logró que una pequeña parte de los senadores fuera nombrada por los parlamentos autonómicos en función del número de habitantes, basando la elección de la mayoría (tres cuartas partes aproximadamente) en un sistema mayoritario en cada provincia. Así, por ejemplo, Castilla y León, con 9 provincias y 2,4 millones de habitantes, elige en las elecciones generales 36 senadores, que se suman a los 3 nombrados por las Cortes de la Comunidad. La Comunitat Valenciana, en cambio, con 5,4 millones de habitantes y tres provincias, elige 12, más los 6 designados por Les Corts Valencianes.

Hablar de un acuerdo en el Senado entre el PSOE y las fuerzas situadas a su izquierda no es ninguna novedad extravagante. En 1977 la Entesa dels Catalans, integrada por PSC, PSUC y ERC, ganó las elecciones al Senado en Cataluña. Muchos años después, entre 2000 y 2011, existió la Entesa Catalana de Progrés, formada también por PSC, ERC e ICV, con grupo propio en el Senado, ganando las elecciones de 2004 y 2008. Y en España, en el año 2000, el secretario general del PSOE, Joaquín Almunia, a quien nadie calificaría de izquierdista radical, y el coordinador de Izquierda Unida, el comunista ortodoxo Francesc Frutos, acordaron presentar candidaturas conjuntas al Senado en 27 provincias: no lograron sus objetivos porque sus expectativas ya no eran muy positivas, pero ello no significa que ahora una operación similar no pudiera salir bien. Un argumento contrario al acuerdo serían las evidentes diferencias políticas entre ambas fuerzas, por ejemplo en el caso de la principal preocupación ciudadana, la vivienda; en cambio, podría jugar a favor el hecho de haber gobernado conjuntamente estos años. En todo caso, las diferencias programáticas deberían dirimirse en las elecciones al Congreso, en las que una opción unitaria de las izquierdas alternativas podría disputarle votos al PSOE.

En Cataluña, en caso de existir voluntad política para una candidatura conjunta al Senado, habría que hacer bien los números, porque el PSC en 2023 ganó los 12 senadores a los que podía aspirar, y ERC con 3 y Junts con 1 se repartieron el cuarto de cada provincia. Habría que ver si el PSC por sí solo está en condiciones de repetir el resultado, ya que en ese caso una candidatura de PSC, ERC y Comunes podría regalar el cuarto senador de cada circunscripción a Junts o al PP. ¿Sería conveniente, pues, una candidatura conjunta de ERC y Comunes al Senado? Hay muchas cosas que pensar y muchos aspectos que debatir, pero siempre teniendo presente aquella reflexión de Fernando de los Ríos: los partidos no son el ideal, sino instrumentos para alcanzar los ideales.

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