Como bien es sabido, este año Barcelona es ciudad mundial de la Arquitectura, un logro más dentro del carrusel de ferias y congresos del alcalde Collboni, ufano por sacarse fotos, quizá demasiadas ante la provisional incomparecencia de la oposición en la arena municipal.

Digo provisional porque algunas de las formaciones hasta ahora ausentes empiezan a mostrar los rostros de sus candidatos y así, tras un año de silencio del primer ciudadano y dos repletos de ruido, quizá encontremos un debate democrático para ver qué rumbo toma de verdad la capital catalana.

El evento anual de 2026 va cargado de cara publicidad institucional, muchas propuestas y hasta designar una sede por cada distrito. Antes de ponerme a escribir vi que incluso hay una charla sobre cómo conservar el patrimonio del siglo pasado en el nuestro, conferencia donde no creo se hable de la oportunidad perdida al derribar la estación de mercaderías de la Sagrera, ni tampoco de la vergüenza que supone haber congelado durante varias legislaturas la creación de un parque para realzar la medieval torre del Fang.

Sin embargo, oh sorpresa, este no es el tema de estas páginas. Barcelona es una de las ciudades más presentistas de todo Occidente, lo que conlleva ignorar por completo el pasado mientras se promete el futuro para llenar la realidad de fantasía. Esto último pudimos verlo hace nada con el anuncio del dirigente socialista en torno a miles de viviendas y la unión de Sant Martí con Sant Andreu entre parques y el arrasar antiguas naves industriales.

Puente del passeig de La Verneda
Puente del passeig de La Verneda | Jordi Corominas

Lo curioso, o no tanto, es que el tema de los parques lleva años en la carpeta de asuntos pendientes. Los políticos lanzan discursos y, al no pasear, desdeñan el cabreo de los habitantes, como los del Bon Pastor y esa esperanza verde aparcada, pues hay otros barrios donde se puede fardar más y mejor.

¿Pero ocurre? Vamos a verlo. La falsa ciudad de los prodigios debería ser autopista del conocimiento, siéndolo por desgracia del consumo, sin información de ningún tipo sobre su patrimonio arquitectónico, a diferencia de muchas otras urbes del Viejo Mundo, que no deben ser enormes ni nada de eso, sólo ser consecuentes consigo mismas y amarse un poco sin tanta propaganda de mercadillo. En Sicilia, Noto, preciosa en todos los sentidos, luce un modelo ejemplar, propio de la pedagogía urbana de la que tanto he reflexionado en las Barcelonas.

Vista del Congrés desde el Canòdrom
Vista del Congrés desde el Canòdrom | Jordi Corominas

Ese caso nos marca un camino. Hay pequeños cartelitos con un código QR para ampliar las síntesis legibles en placas junto a los elementos patrimoniales. Esto podría, debería, aplicarse en los setenta y tres barrios desde la premisa de aumentar el concepto de identidad desde pluralidad, valorar las distintas épocas e impedir la negligencia propia de otro defecto del presentismo: el amor al parque temático.

Para que los de arriba nos entiendan podrían aplicarlo así de primeras en passeig de Gràcia y rambla Catalunya, en su querido Eixample, a rebosar de arquitecturas y mobiliario urbano digno de ser mirado, que no visto, y admirado, lo que siempre es mejor si sabes ante lo que te encuentras. Paseen, háganse el favor, por tan distinguidas avenidas.

Passeig de Gràcia con Gran Via | Jordi Corominas

Comprobarán que apenas hay indicaciones de nada. Sería fenomenal ahondar en la formación de estos lugares, cotejar los períodos, la evolución de las construcciones y hasta ofrecer, para adentrarnos en modas no tan complicadas, contrastes mediante imágenes. No debemos ocupar el espacio con más pantallas: casi todo puede ir a parar a la de cada uno, produciéndose así el milagro de la interacción entre el cielo y el plasma si así lo quiere el visitante o el ciudadano, pues nadie debe imponer, tan sólo sugerir o disponer para que el conocimiento sea una auténtica libertad democrática.

El presentismo también suele jugar a poner toda la carne en el asador durante unos meses y luego olvidar. Pasa cada dos por tres con los años conmemorativos, que, en general, no suelen dejar legado alguno.

Uno posible sería el de fijar los museos de arquitectura al aire libre al alcance de cualquiera, gratuitos y paseables. Uno se halla arriba del Turó Park y muestra la vanguardia del Franquismo entre Coderch, Mitjans o Bofill. Otro, muy evidente y por eso nada mencionado, es la Villa Olímpica y la retahíla de nombres meditada, sobre todo, por Oriol Bohigas para cimentar un abanico de la diversidad de aquellos años finales del siglo XX, embrión o lanzadera para la resaca posterior, cuando cualquier hijo de vecino decía ser diseñador o fotógrafo, olvidándose como algunos sí fueron grandísimos arquitectos y refundaron Barcelona por segunda vez tras el derribo de las murallas.

Avinguda Icària
Avinguda Icària | Jordi Corominas

Produce risa leer el catálogo de actividades del Ayuntamiento y la organización cuando se derrumba el patrimonio de los barrios, invisible por anónimo. Tampoco se mueve un dedo, menos aún una ficha, para protegerlo con máximas garantías o ponderar la hipótesis de promocionar conjuntos con muchísima importancia.

Uno es el de las viviendas del Congrés Eucarístic. Sol, Aire y Vegetación fue el lema para alzar esa totalidad de tantos preludios, de los sostenible a interiores verdísimos que los residentes hicieron suyos. Su pecado es ser franquista de origen y pertenecer al gran evento olvidado de Barcelona junto al Fòrum de 2004, del que, por no querer saber, ni se apoya desde el municipio la publicación de libros críticos, palabra ausente de algunos vocabularios.

Plaça del Canòdrom
Plaça del Canòdrom | Jordi Corominas

Una guinda cercana a las viviendas del Congrés es el Canòdrom, sede de la ciudad de la arquitectura por el Distrito de Sant Andreu. Hace poco, tras la iniciativa del consistorio de Ada Colau, se reformó su plaza y el resultado es fantástico. Pese a ello, nada habla o deja constancia de lo que fue. Queda el nombre, no así las anécdotas ni como Bonet Castellana fue brillante en su cometido. De hecho, no reflejar todas sus metamorfosis es otro puntal del cretinismo imperante, pues de hacerlo ganarían desde el presente muchas medallas que ahora son de pura amnesia, como si los mandamases del hoy quisieran ser polvo en su carrera de galgos acelerada hacia su propia irrelevancia.

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