Vivimos en tiempos de alta polarización política. El devenir de la Europa post-crisis ha abierto un conjunto de crisis, relacionadas entre ellas pero con las singularidades histórico-culturales propias de cada país o región. Al analizar los sistemas de partidos, hay un patrón común que podemos ver que se repite casi de manera sistemática en las democracias liberales de Europa occidental: los partidos socialdemócratas han sido los grandes perdedores del mundo post-crisis.
El fenómeno conocido primeramente como “pasokización”, en referencia a la casi desaparición del partido socialdemócrata griego (recordemos que pasó a un 43,92% del porcentaje de los votos en el 2009 a un 13:18% en 2012) afectó, como no podía ser de otro modo, a la familia socialista catalana. El Partit Socialista de Catalunya ha acompañado la historia democrática del país tras la muerte del dictador, constituyendo el mapa de lo que podría llamarse un bipartidismo asimétrico: dos partidos (CiU) y el PSC, dominaban la escena política acumulando, siempre, más de un 50% del total de los votos. Los otros partidos (ICV, ERC y PP) se repartían lo que quedaba del pastel. El siguiente gráfico muestra esta evolución:
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Evolució del percentatge de vots al Parlament de Catalunya | VICTÒRIA OLIVERESLa inepelable hegemonía de Jordi Pujol durante los primeros años sólo fue superada en número total de votos (que no de escaños) en dos elecciones: en 1999 y 2003. Las dos elecciones a las que Pasqual Maragall fue el candidato. Desde entonces, el PSC ha tenido una trayectoria descendente inalterable durante dieciséis años y cinco elecciones. Porque la crisis del PSC no se explica únicamente por la actuación de la socialdemocracia durante la gestión de la crisis económica (durante la que el PSOE gobernaba en España), sino por una suma de factores. Por supuesto, el conflicto independentista es uno de ellos.
Pero hay otro que quizás también tuvo cierta incidencia: Maragall se presentaba por el PSC en coalición en la plataforma que creó él mismo un año de antes de las elecciones del 1999. Ciutadans pel Canvi nacía reivindicando una España federal, una clara incidencia de ideología de izquierdas, y un mayor autogobierno para Catalunya. El catalanismo de Maragall no pasaba tanto por la reivindicación de un folclore catalán como por la reivindicación económica y política de la singularidad de la nación catalana.
Para entender mejor el fenómeno Maragall, reivindicado en la ciudad de Barcelona hoy en día por políticos tan distantes como son Ada Colau y Manuel Valls, hay que entender la composición de voto del PSC.
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El Baix Llobregat es la comarca más fiel al PSC; al contrario, el Pla de l’Estany es donde con menos intensidad se ha votado y se vota al PSC. La composición del voto en el Baix Llobregat es paradigmático de un comportamiento electoral de la periferia de la capital, lo que es conocido como cinturón industrial. Curiosamente, sin embargo, en los años de Maragall no se produjo un aumento significativo del voto al Pla de l’Estany. Por el contrario, disminuyó ligeramente, y repuntó (también ligeramente) con la primera candidatura de José Montilla. El éxito de Maragall, pues, no se debía tanto a que con su tradición “catalanista” fuese capaz de afectar drásticamente el voto de la Cataluña no-urbana: es que consiguió aumentar aún más el voto en aquellas comarcas donde el partido ya era fuerte.
Había un dicho entre la comunidad migrada a Catalunya del resto de España que hay que entender para comprender la mentalidad de un voto que se centraba precisamente en el cinturón industrial: “en las autonómicas se vota a CiU, en las generales al PSOE”. Quizás parte de esta integración pasaba por abrazar el catalanismo hegemónico que durante tantos años había representado CiU. Pero la autonomía de Maragall, sostenida por la plataforma Ciutadans pel Canvi, la distancia con el PSOE y la reivindicación de autogobierno, lograban capturar este deseo de integración. Una identidad, la catalanista, ubicada dentro de un imaginario de izquierdas, que desapareció antes de que la crisis estallara y que el independentismo dominara la agenda.
El declive real del PSC se produce en las elecciones del año 2010. Si bien desde 1999 hay una pérdida constante de votos en las elecciones del año 2003 y 2006, el PSC se mantiene en los márgenes de su historia sin Pasqual Maragall. La crisis económica y el desgaste del segundo tripartito llevaron al Partido Socialista a sus mínimos históricos en las elecciones celebradas en el año 2010; ese año, una CiU liderada por Artur Mas, hizo del déficit fiscal la marca de su campaña: España robaba 16.000 milliones de euros anuales, tal y como informaban los convergentes. No había nacido el movimiento independentista como lo conocemos hoy en día, pero sí que el descontento generalizado por la gestión de la crisis económica en Catalunya se orienta hacia la construcción de España como causante de la misma. Un síntoma claro y evidente del declive socialista lo vemos en el siguiente gráfico:
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El Baix Llobregat, bastión histórico del PSC, perdía su hegemonía por delante de CiU. El castigo, severo, debe interpretarse de forma homologable al castigo recibido por la socialdemocracia a raíz de las elecciones de 2010. A partir de entonces, muchas de las nociones que habíamos aprendido sobre la política catalana se tuvieron que re- interpretar, porque no responden a la gran crisis de la socialdemocracia sino a la singularidad propia de la política catalana. La desaparición de CiU debido a los múltiples casos de corrupción, el auge de Ciudadanos, o el nacimiento de nuevos partidos de izquierdas (la CUP se presenta por primera vez a las elecciones autonómicas del año 2012) configuran un escenario extremadamente complicado para el PSC. Así, continuarían su descenso hasta tocar su mínimo histórico en las elecciones de 2015.
Las causas concretas de este trasvase de votos sólo se pueden especular, y es que parecen apuntar a argumentos contradictorios. Por eso, fijémonos en las últimas elecciones producidas el 21 de diciembre del 2017 en el Baix Llobregat. Por un lado, Ciudadanos continúa su ascenso respecto a las últimas elecciones, sobrepasando el umbral del 30% de los votos. ¿Significa esto, que la prioridad en la preferencia del voto era una posición más contundente respecto al independentismo? Por otra parte, el crecimiento de ERC en el Baix Llobregat también parece erosionar, desde posicionamientos socialdemócratas, a posibles votantes que anteriormente no veían en el eje nacional una prioridad. Hay otra hipótesis posible: el votante tradicional socialista respondía a un perfil profesional del trabajador mecanizado, un tipo de industria que paulatinamente ha ido desapareciendo en aras del nuevo precariado. Un precariado que ya no tiene en el sindicato un espacio de socialización y defensa de sus intereses, y que no responde a los mismos imnputs culturales.
En todo caso, no hay claves ni atajos para el PSC para volver a los resultados electorales de antes de la crisis: el tablero de juego es completamente diferente. Es evidente que la situación de Miquel Iceta no es nada sencilla, y que el contexto no les es favorable. Por eso sorprende que la figura de Pasqual Maragall emerja simbólicamente tanto en partidos de izquierda independentista (recordemos que su hermano será el candidato a la alcaldía de Barcelona) como de derecha españolista, portadora de un especie de consenso transversal ansiado. Quizás fue capaz de tocar una pieza clave en un momento concreto del pasado. Pero lo interesante de Maragall no es pensarlo en su gloria pasada, sino cómo su pensamiento y sus acciones pueden ser valiosas para pensar el momento presente. Y tal vez, incluso esto, sólo es una estrategia para reivindicar un legado político que ya no puede volver.


