En un poema de 1938, An die Nachgeborenen (A los que todavía no han nacido), Bertolt Brecht explicaba a las generaciones futuras su opción por el comunismo. Aceptaba que “el odio, incluso contra la vileza, desfigura el rostro”, pero aun así pedía indulgencia; aquellos tiempos en los que él vivía eran “sombríos” y frente a la injusticia no había otra alternativa que el rigor. “Nosotros, que queríamos preparar el terreno para la amabilidad, no pudimos ser amables. Pero vosotros, cuando lleguen los tiempos en que una persona sea para otra una ayuda, pensad en nosotros con indulgencia”.
En cualquier caso, el poema de Brecht nos ayuda a entender el atractivo del comunismo, incluso para alguien tan opuesto al idealismo y al romanticismo como era él. El comunismo trataba de conseguir la “amabilidad” universal con métodos muy poco amables. Su objetivo era acabar con la desigualdad y traer la modernidad, pero se basaba en la idea de que esto sólo se podía conseguir con métodos radicales, y en último término mediante la revolución.
Cada momento histórico y cada generación política tiene que inventar su proyecto colectivo. Como la agitación del Mayo del 68 francés, una revolución más cultural que política, más social que económica. No fue la revolución deseada pero la revolución fue real, removió la sociedad y las instituciones, se aprobaron leyes significativas como el aborto, se aumentaron los salarios hasta el 35% de los trabajadores, los estudiantes fueron reconocidos por las autoridades, la ecología se hizo política, etc.
El discurso político revolucionario proveniente de París era como máximo un mito movilizador ante una España donde el Gobierno franquista reprimía al movimiento obrero y al sindicalismo universitario, así como la Nova Cançó, cabe recordar Raimon i el Diguem No, María del Mar Bonet y Què volen aquesta gent?, a Joan Manuel Serrat no se le dejó cantar en catalán en Eurovisión. “Los discursos de Franco y de Carrero Blanco eran tan siniestros como los de los años 40 y 50, pero para la gente joven más que miedo daban asco, solamente podíamos mirar con ira el pasado”, asegura el sociólogo Jordi Borja, que acaba de publicar Bandera Roja: 1968-1974. Del maig del 68 a l’inici de la transició (Edicions 62) sobre su experiencia en la organización estudiantil homónima, de izquierdas y antifranquista que, dejando de lado al PSUC, fue la organización clandestina con más base del momento.
Organización por la base
En 1968, muy modestamente, cuenta el autor, nació Bandera Roja. Cinco años después una gran parte del colectivo fundador se integraría en el PSUC y el PCE. Jordi Borja recuerda que él impulsó esta nueva formación cuando volvió a Cataluña después de siete años en el exilio, y que “optaron por situarse en una zona intermedia, entre el PSUC, y otras organizaciones como los socialistas catalanistas del MSC, las cúpulas de CCOO, los colectivos universitarios, profesionales e intelectuales, muy influenciados por el PSUC, por un lado, y por el otro, el mundo del ultraizquierdismo, ideologista, activistas, con tendencias violentas, con poco arraigo social”.
La Bandera Roja inicial eran la mayoría de origen universitario, jóvenes de menos de 30 años y cuando se desarrolló rápidamente a inicios de los 70 integró cuadros más veteranos, de los cuales la mayoría no superaban los 40, muchos de ellos tenían relación con el mundo cultural, de los intelectuales y de profesionales reconocidos. El movimiento apareció como algo fresco, con ideas mezcladas. Se evitó casi siempre el conflicto ideológico. Fue un movimiento apegado a las estructuras de base. “Era una organización pragmática, muy de base. Nuestro objetivo era construir organizaciones sociopolíticas de base, para poder desarrollar procesos democratizadores, valoramos mucho las asambleas en las fábricas”, añade.
A finales de los sesenta confluían dos discursos, que llegan del mayo francés de 1968. El estudiantil y de jóvenes trabajadores, que ponen en cuestión las instituciones y la economía de mercado, con una retórica revolucionaria, aunque no lo era en la práctica, y la movilización obrera, que reclama mejoras salariales y de las condiciones laborales. “Unos eran maoístas o partidarios del sindicalismo de base o favorables a la democracia radical, había de todo, pero sin ánimo ni voluntad política de imponer nada, asegura Borja. Bandera Roja nunca tuvo un proyecto político desarrollado, lo que queríamos era República y democracia”, insisteix Borja.
Asegura que “evitar ideologías dogmáticas, la diversidad cultural y el pragmatismo eran unos criterios que les resultaron muy útiles. Y destaca en este sentido, como hecho significativo “la aportación relevante de Cristianos por el Socialismo” en su organización, bajo el liderazgo de Alfons Carles Comín. Los militantes recibían análisis de coyuntura política, que redactaban Jordi Solé Tura, o Alfons Carles Comín y el mismo Borja.

Viaje de ida y vuelta
Una de las virtudes de los integrantes de Bandera Roja era que todos tenían cualificación profesional, cada uno en su campo, con la determinación de seguir como profesionales, y siempre con esa idea de que cada uno debía estar en un frente de lucha, en la universidad, en la escuela, o en la fábrica. Bandera Roja llegó a ser, dejando de lado el PSUC, la organización política clandestina con más militantes, unos quinientos, y un entorno muy numeroso. Con los años ha sido el primer espacio de socialización política de una larga lista de nombres ilustres que luego han tenido cierta influencia: Jordi Solé Tura, Alfons Carles Comín, Antoni Castells, Manuel Castells, Pere Vilanova, Ferran Mascarell, Joan Subirats, Marina Subirats, Borja de Riquer, Eulàlia Vintró, los hermanos Tusón y un larguísimo etcétera.
“Este libro es el recuerdo de Bandera Roja, de 1968 a 1974. Y también el recuerdo del PSUC, cuando me encontré al margen del partido en 1965 y en el retorno en 1974. No es una autobiografía, ni son unas memorias, o un poco sí. No es un trabajo académico propio de la historiografía ni una posición política partidaria. Es una interpretación política subjetiva de tal como lo viví y como ahora lo revivo, asegura el autor. Borja marchó a Chile y cuando volvió dejó de asistir a las reuniones de la dirección. Se oponía a los que según él querían “hacer de Bandera un partido comunista clásico”. Fue en ese momento cuando muchos “no se sintieron cómodos” e ingresaron al PSUC.
Jordi Borja reubica todo lo que ha tenido relación con el comunismo, especialmente, en Cataluña -su gestión, desarrollo, y aplicación-, y teje esa red de personajes y acontecimientos históricos de manera precisa, sin dejar cabos sueltos. Una de las virtudes más apreciables de este trabajo es su imparcialidad. El tema del movimiento comunista ha generado un catálogo de libros que están, en su mayoría, teñidos por una toma de partido que desprestigia buenos trabajos de investigación por el empeño de sus autores en defender o denostar según su propia ideología.
Pero las virtudes de Bandera Roja: 1968-1974. Del maig del 68 a l’inici de la transició no quedan ahí, la prosa que despliega su autor nos atrapa desde el inicio; su lectura se convierte en un ejercicio gozoso difícil de experimentar en textos de este tipo. La necesidad de resolver las cuestiones que planteó Bandera Roja parece hoy más necesaria que nunca, si queremos descubrir nuevas vías hacia un orden social y ecológico más igualitario y sostenible. Lo que vendría a ser la revolución del deseo.

