Entrar en el Til·ler es respirar música. En los pasillos se oye a los niños y niñas cantando y, de repente, un concierto de maracas, panderetas, xilófonos y triángulos capta el ambiente. Son los Shakers, un grupo de niños y niñas de Infantil que, durante la pausa de la hora de comer, ha hecho suya una caja con algunos instrumentos. Todos juntos, alrededor de la mesa, hacen sonar los utensilios, que comparten. La música es el día a día del Instituto Escuela El Til·ler, del barrio de Bon Pastor de Barcelona. Nació en 2017, cuando juntó la escuela de primaria con un instituto de nueva creación.

Este centro hereda una historia compleja. La escuela primaria que le precedió “estaba muy guetizada”, explica Domi Viñas, directora. Se trataba de un centro de alta complejidad, formado por alumnado principalmente de procedencia gitana. Pocos alumnos del barrio y mucha rotación del cuerpo docente. Esta era la realidad antes de poner en marcha el Instituto Escuela. Ahora, el centro ha pasado de tener 107 alumnos a 320 y ha conseguido un alumnado más diverso, mucho más parecido a la esencia del barrio. ¿Cómo ha sido posible esto? Gracias a la música.

“Cuando iniciamos el Instituto Escuela, sabíamos que tenía que tener un atractivo diferencial”, explica Viñas. Así que, a propuesta de la asociación de vecinos, decidieron vehicular el proyecto de centro a través de la práctica musical. “La fisonomía del barrio nos hizo pensar que la música podía ser un gran incentivo. Y ha funcionado: gracias a ello hay muchas familias que confían en el Til·ler para traer a sus criaturas”, explica la directora del centro, que ya tiene dos líneas de P3 y prevé doblar toda la primaria para el próximo curso y que, además, este año cuenta con su primera promoción de cuarto de ESO.

Los alumnos de El Til·ler comparten aulas con todo tipo de instrumentos, que van desde sus voces, hasta baterías o guitarras eléctricas, pasando por los ukeleles. Tienen dos clases semanales de música, pero el ritmo impregna todas las horas que los pequeños pasan en el centro. “La música es más que una asignatura, es un pilar. Dejemos de lado la teoría y lo hacemos todo vivencial: nos movemos, aprendemos psicomotricidad y nos comunicamos con música, de tal manera que trabajamos la cohesión de grupo, los valores y la integridad sin que el alumnado se dé cuenta”, explica Manel Parra, uno de los cuatro maestros de música del centro.

Ukeleles a l’IE El Til·ler | Sandra Vicente

De la mano de un ukelele

María y Lucía son dos alumnas del centro, de quinto y sexto de primaria. Hace dos años que llegaron y explican cómo de diferente es su cole del de sus amigos. “La música está siempre y nos gusta. Todo el día estamos en corros y nos divertimos mucho”, dice María. Para Lucía, lo mejor es tocar instrumentos y “participar de los conciertos que hacemos a menudo”. En primaria, todos los alumnos de El Til·ler aprenden a tocar el ukelele y, una vez pasan a la ESO, aprenden a tocar los instrumentos que podemos identificar con una banda de rock o pop, como el piano, la guitarra o la batería. “De este modo, pueden formar grupos para tocar las canciones que les gustan y se llevan un aprendizaje que les acompañará toda la vida”, asegura Parra.

Pero la música no sólo enseña a tocar el ukelele, sino que abre la puerta a muchos otros aprendizajes. “Trabajamos en abstracto y eliminamos las etiquetas del alumnado. La música nos ayuda a plantear retos que tienen múltiples respuestas y nos aporta un lenguaje que incluye a todos. Y en este centro, necesitamos trabajar la inclusión desde el primer momento”, apunta Anna Puig, música y miembro de la cooperativa Visual Sonora, que ayuda al centro a hacer que la música sea parte orgánica del día a día. Gracias a ello, las artes impregnan todas las asignaturas. De la mano de una canción de moda, la letra se estudia en lengua, el ritmo en matemáticas, mientras lo cantan todo con el ukelele. “La música es una manera de motivar y hacer más humano y cercano todo lo que tienen que aprender”, dice Puig.

Esta transversalidad no sólo ayuda a los alumnos con sus estudios académicos, sino que también “ha mejorado el ambiente de las aulas y el patio, y ha servido para aliviar los conflictos que había”, explica Ana Casaponsa, jefe de estudios. Y es el centro trabaja, no por cursos, sino por comunidades, que incorporan niños y niñas de diversas edades. “El curso que este año está en cuarto de ESO no tiene nada que ver con lo que era cuando los chicos hacían primero. La música nos enseña que si tocas tú solo, la canción no sale y que si falta un compañero, no suena bien. Además, juntar alumnos de diversas edades les ayuda a entender que la diversidad es buena y enriquecedora. Y si algo tenemos en este centro es diversidad”, explica Casaponsa.

El Til·ler | Sandra Vicente

Democratizar el aprendizaje de la música

Durante el confinamiento por Covid, los alumnos del centro El Til·ler, como todos los del país, tuvieron que encerrarse en casa y seguir las clases online. Los pequeños pudieron seguir con el programa docente, pero la brecha digital fue un problema que preocupó mucho a los maestros. “Estamos en un barrio social y culturalmente empobrecido; teníamos miedo de perder a las familias después del confinamiento “, confiesa Domi Viñas, la directora del centro. Y es que Bon Pastor es uno de los barrios con renta familiar ‘muy baja’, según los índices del Ayuntamiento de Barcelona.

Es por esta realidad socioeconómica que la formación musical de El Til·ler abre una puerta a muchos niños y niñas que, de otro modo, les estaría cerrada. “Tenemos que dar la oportunidad a estos jóvenes de formarse en artes, ya que las familias no tienen suficiente poder adquisitivo como para permitirse pagar una escuela de música”, se lamenta Anna Puig. La música, para estos niños y niñas, va mucho más allá de aprender a tocar el ukelele y, es por ello, que este proyecto de innovación pedagógica, cuenta con el apoyo del Pla de Barris, del Ayuntamiento de Barcelona .

“El Til·ler nació muy bien acompañado”, asegura Domi Viñas. Y es que la escuela recibió el apoyo y asesoramiento de Escola Nova 21 y, desde el mismo momento de su creación, estuvo bajo el paraguas del Pla de Barris, de la mano del programa ‘Caixa d’Eines’, que fomenta el aprendizaje artístico en los centros de barrios en situación de riesgo de vulnerabilidad para eliminar las desigualdades. Gracias a este programa, el Til·ler puede recibir a profesionales como Anna Puig, miembro de la cooperativa Visual Sonora. También es el responsable de hacer llegar los instrumentos al centro, instrumentos con los que los niños y niñas, no sólo se vuelven pequeños músicos, sino que van desmontando poco a poco las barreras sociales y hacen de la escuela un espacio de seguridad y cohesión.

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