“Simplemente me he limitado a leer mucho, digerirlo bien y explicarlo”. Así es como lo resume Arcadi Oliveres, cuando se le pide mirar atrás, en una entrevista en el diari Ara. No sé cómo explicar con cuatro líneas quién es Arcadi Oliveres, ni si soy yo alguien para hacerlo. Me limitaré a escribir quién y qué supone él para mí.

Empiezo con “Voces de Gratitud”, el homenaje a Arcadi Oliveres, celebrado el sábado 6 de marzo, en la Plaza Cirici Pellicer del barrio de Sarrià de Barcelona, ​​también llamada Plaza de los Capuchinos. La fecha coincidía con el 55 aniversario de la Caputxinada (1966 a 2021).

Llegamos un poco tarde y justo en ese momento Jordi Cuixart bajaba las escaleras-gradas de la plaza, donde un micrófono y dos sillas hacían de escenario. Cogía el relevo Marga Gallifa, hasta hace dos años, directora de la Escola Orlandai, escuela donde cursaron la primaria los cuatro hijos de Arcadi Oliveres y Janine Künzi, y de donde viene mi vinculación con la familia Oliveres -Künzi, a través de dos de sus hijos Albert y Marcel, este último, ya desaparecido a la edad de 27 años, a causa de un cáncer.

Marga Gallifa fue desgranando las ideas de Arcadi Oliveres, y su relación con la escuela, que se podrían resumir a partir de las mismas palabras del propio Arcadi: “La voluntad de cambiar las cosas me vino de forma natural por tres factores que te ayudan a definirte: la familia, la escuela y el entorno, la educación entendida como pilar de cambio fundamental, transfiriendo valores, y mirando de contribuir a hacer una sociedad crítica”.

Carme Trilla, economista como Arcadi Oliveres, y experta en políticas públicas de vivienda, habló de su juventud, cuando eran universitarios. Recordó como muchas veces tenían que sentir que la gente hablaba con desprecio de esta disciplina. En ese momento me vino a la memoria, una respuesta de Arcadi a la entrevista del diari Ara: “no me hice profesor ni estudié económicas para hacer más ricos a los que ya lo son, sino para sacar de la pobreza los más pobres”.

Trilla, habló también de la Caputxinada, donde ellos dos, aun jóvenes universitarios, coincidieron en la iglesia de los Capuchinos entre el 9 y 11 de marzo de 1966, con motivo de la asamblea constitutiva del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona. Y se refirió, a modo de anécdota, “a los personajes oscuros que entonces dirigían la Institución Universitaria, que se pensaban que Miguel Hernández o Rafael Alberti, eran alumnos de la Facultad”.

El profesor Joan Subirats, que tomó el relevo de Carme Trilla, fue enumerando las coincidencias con Arcadi, a lo largo de la vida. Aunque de diferentes edades, los dos coincidieron en el conocimiento del sacerdote, político y filósofo, Lluís Maria Xirinachs, maestro de primaria de Arcadi Oliveres, en la Escola Pia de la Calle Diputació de Barcelona. Más tarde, ya adultos, compartiendo cátedra y codirigiendo tesis en la Universitat Autònoma de Barcelona. Y como padres en la escuela Orlandai, “… Haciendo el ridículo espantoso, pero con mucha militancia, los espectáculos de fin de curso.”

Subirats describió Arcadi como aquella persona que es capaz de estar impartiendo clase en la facultad y al mismo tiempo estar a pie de la calle en la lucha social. Como cuando, hace veinte años, se cerró junto con varios migrantes en la iglesia del Pi de Barcelona, ​​en protesta por el cambio de la ley de extranjería. La protesta se fue extendiendo a diferentes iglesias de Barcelona, ​​hasta llegar a ganar un acuerdo, gracias a lo que se consiguió que se regularizaran, miles de personas de diferentes nacionalidades.

Otra voz “de gratitud” que quiso estar presente en este homenaje, fue la periodista Mònica Terribas, en este caso como representante de Òmnium Cultural, y así hasta que le llegó el turno al payaso Tortell Poltrona, impulsor de Payasos sin Fronteras. Acordeón en mano y una sonrisa rojo pintado, esta vez un poco mustio, y nariz de payaso, entonó “L’hora del adiós”. Fue impactante. Se hizo un silencio, seguido de un fuerte aplauso. No fueron necesarias las palabras.

Y para terminar, todos los asistentes tuvimos el honor de ver a Arcadi Oliveres como se levantaba de la silla, que ocupaba en primera fila, ayudado por su esposa Janine y subía las escaleras hasta llegar al micrófono, donde Diana Pla responsable de la parte técnica del acto, le ofrecía una silla, que rechazó. De pie, agarrado al micrófono, se dirigió al público asistente. Sus primeras palabras las dedicó a Joan Botam (la primera voz que se hizo sentir en el acto) sacerdote capuchino y pacifista, que tuvo un papel destacado en la Caputxinada, y a quien Arcadi reivindica como su maestro en “el disfrute de la libertad y el respeto de los derechos fundamentales”.

Arcadi Oliveres, nacido en la izquierda del Eixample, el primero de cinco hermanos, pacifista desde la cuna. Economista que iba para ingeniero, pero que en realidad le gustaba la política, porque “creía que desde el punto de vista político se podían cambiar las cosas, aunque no se pueden cambiar muchas”. Y que terminó estudiando ciencias económicas, “porque en la fachada de la facultad ponía, en castellano, Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Sociales y pensé que es la que más se parecía”. Altermundista, llamado rebelde de la economía mundial, profesor de economía aplicada en la UAB, activista social y referente de la cultura de la paz. Hombre libre, que siempre ha hecho lo que ha querido, según él mismo comenta que le dicen sus hermanas.

Sábado, 6 de marzo de 2021, Arcadi Oliveres, presente en su homenaje, muestra una vez más su carácter revolucionario con esta manera de encarar la muerte, con este adiós compartido y preguntándose si estará a la altura de Marcel, que afrontó la muerte, “con una autoridad moral de persona mayor”.

“Me estoy muriendo …” – comenta a unos amigos, al acabar el acto- estoy en el tiempo de descuento, muy contento por aprovechar al máximo -y haciendo gala de su humor- añade, “… quizás todavía podré marcar algún gol”. Hace unas semanas, en un artículo anterior, alertaba de que se nos va una generación irrepetible y que la memoria del siglo XX se va desvaneciendo. Para mí, Arcadi Oliveres es un máximo referente. De todo su extenso legado, me quedo con lo que le he oído repetir como un mantra: “Estamos obligados a no perder nunca la esperanza”.

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