Admirado en Occidente, menospreciado y arrinconado en la Federación Rusa. Estos han sido sus últimos veinte años. Yeltsin, su sucesor y por supuesto Putin, le desterraron de la vida pública, aunque intentó mantenerse activo en la política rusa, acusándole de todos los males que viviría Rusia – que fueron muchos- después de hundimiento de la URSS. Este ha sido su destino. El destino de un hombre excepcional que cambió el rumbo de la historia.
Cuando en 1995 asumió la Secretaría General del Partido Comunista de la URSS, la Unión Soviética ya se encontraba en el umbral del colapso. Crisis económica e industrial, crisis agraria y alimentaria, revueltas en los países satélites del este de Europa, reivindicaciones independentistas de las repúblicas bálticas, profundo malestar de los ciudadanos por las precarias condiciones de vida, la impopular guerra de Afganistán y en 1996 el accidente nuclear de Chernobyl que, más allá de la gran tragedia, mostraba la obsolescencia y precariedad de toda la URSS.
Además, con las comunicaciones por satélite, se rompía el fortísimo blindaje comunicativo y el control estrictísimo de la información. Se agrietaba uno de los pilares del sistema. Con la televisión por satélite, los ciudadanos de la URSS comprobaban las condiciones de vida de los occidentales y no podían entender sus penurias. Asimismo, la guerra fría iba decantándose en favor de Estados Unidos y su estrategia de la “guerra de las estrellas” se convertía en un factor decisivo de la progresiva hegemonía americana. El gasto militar y el coste del mantenimiento de sus ejercidos en el Este de Europa se hacía insostenible.
En esta situación, Gorbatxox pudo optar por la vía represora y mantener el régimen siguiendo las pautas marcadas por Bréjnev y prolongar un régimen que estaba, repito, en el umbral del colapso. Su decisión, por el contrario, fue intentar llevar a cabo la reforma del sistema a partir de dos premisas: Perestroika y Glásnost. Con la Perestroika intentó promover un modelo socialdemócrata -reconciliar una economía mixta y público-privada con un régimen de libertades- y con la Glásnost acabar con la censura previa de los medios de comunicación y la ruptura del monopolio del control de la información por parte del estado. Abriría la caja de los truenos.
Una segunda decisión de gran envergadura fue no intervenir en los procesos de revuelta popular en los países del este de Europa que fueron terminando con sus gobiernos comunistas. El momento más emblemático fue la caída del Muro de Berlín y el fin de la República Democrática de Alemania con la retirada de los cientos de miles de soldados soviéticos. Se terminaba la Guerra Fría. Gorbachov no detuvo el proceso de ruptura de la URSS. Pudo hacerlo enviando los tanques que tenía en cada país. Su decisión fue otra.
Se terminaba finalmente la división artificial y devastadora de los acuerdos de la Conferencia Aliada de Yalta del año 1945. Se abría una nueva etapa de libertad y progreso en la Europa del Este. Se acababa también el experimento de la rusificación forzada por Stalin de los países que rodeaban a Rusia y que se encontraban bajo su más estricto control. Ucrania, Georgia, Armenia y el resto de repúblicas no rusas quisieron también la independencia y acabar con el control ruso.
Entre 1989 y 1991 la situación fue caótica, hasta el golpe de estado que terminaría con el liderazgo político de Gorbachov. Ese año la URSS desaparecería. Empezaría la peor década de Rusia desde el estalinismo: crisis económica brutal, pérdida del poder adquisitivo de los ciudadanos, privatizaciones “a los amigos del nuevo régimen” (aquí aparecen los oligarcas), caos general y pobreza extrema. La mayoría de la población rusa acusa a Gorbachov de esa horrible década de humillación y pobreza. De hecho, la popularidad de Putin durante muchos años se basa en la creencia que él lideró la recuperación económica y la mejora notable de las condiciones de vida de los ciudadanos.
Quiero insistir en un hecho de quien sería después Premio Nobel de la Paz. Gorbachov pudo optar por otra vía. Unos años después lo veríamos con China. Si la Guerra Fría termina en ese momento es gracias a él. Si Europa del Este rompe el yugo con la URSS es también gracias a Gorbachov.
Gorbachov nos ha mostrado que la historia la hacemos las personas y nuestras decisiones. Las suyas han sido centrales en nuestra historia más reciente. Sin embargo, como ahora podemos constatar con la guerra de Ucrania, treinta años después, los fantasmas de nuevas confrontaciones entre Occidente y Oriente aparecen de nuevo. No hemos sabido leer las lecciones de la historia. Probablemente, no creamos las condiciones para aparcar para siempre las razones de fondo que motivan a las guerras. Y todos tenemos parte de culpa, eso sí, unos más que otros.


