Cien días, con verano de por medio, son muy pocos para juzgar una gestión municipal. Sin embargo, al menos desde mi percepción, Jaume Collboni debe estar bien asesorado, pues en tan poco tiempo los gestos son más importantes.
Entre ellos, algunos concretados en acciones, pueden enumerarse el recurrir a la sentencia sobre la súper illa de Consell de Cent, el pregón de Najat el Hachmi y presencias muy medidas del alcalde silencioso, como la de la semana pasada en el homenaje a Ibáñez en la Biblioteca García Márquez, la mejor del mundo y una buena tapadera para ocultar como muchas otras sufren por problemas de mantenimiento, muchos de ellos con incidencia del clima.
Una ciudad como Barcelona es una pluralidad de espacios e identidades. Hace unos días, preparé un itinerario con toda la intención del mundo, eso sí, sin imaginar el resultado de los kilómetros.
La ruta empezó en el Camp Nou desde Travessera de Les Corts, donde el estadio no parece tanto una ruina, sino una carcasa contenedora de su origen. Las excavadoras pueden desmentir este trazo poético, pero esa era la visión generada a lo largo de sus metros, con un horizonte extraño por la presencia de la Torre Rodona, como si se fundieran todas las épocas.
La obra de Mitjans algún día será un vestigio como el Coliseo romano. Quizá no, porque la piqueta la demolerá sin rastro, salvo cuando hagan excavaciones arqueológicas. La supervivencia de la estructura simboliza la misteriosa inmortalidad blaugrana, marca de marcas junto a Gaudí de la capital catalana, y aquejada tras la pandemia de una galopante crisis económica, capeada con las palancas, mecanismo económico del que los mortales ignoramos todo, salvo el nombre.
Para tomar mejores imágenes, opté por subir hacia la Diagonal por la Maternitat, en cierto sentido un orden estable, pese a la reformulación de muchos de sus equipamientos de la fundación. La arboleda me impidió capturar el teatro de los sueños condal, adentrándome -tras abandonar el recinto hospitalario- por el surrealista parque de Vicens Vives, con sus ciervos delirantes, jabalíes pétreos y los vecinos felices entre ese abundante verdor.

Mi siguiente hito era cruzar el casco antiguo de Les Corts por su tramo superior para embellecer el paseo con la combinación de les Cristalleries Planell, una fábrica con mucha historia de la calle Anglesola y la escuela Xiroi, de Espinet-Ubach Arquitectes, una de las joyas de la Barcelona contemporánea por cómo ha metamorfoseado su enclave, aliándose con el ingenio de la huelga de los niños de 1925 para configurar un núcleo ejemplar en la mezcla y adaptación de lo antiguo con lo moderno.
Esto contrasta sobremanera con el tercer jalón de la caminata. He escrito bastante sobre La Colonia Castells y el Camp de la Creu, reductos obreros de Les Corts de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX. Ambos han sido aniquilados con parsimonia, como si no hubiera prisa a partir de esa táctica de dejar pudrir un ambiente para rematarlo mejor, una gota china imbatible.

La Colonia conservará medio passatge Piera, el último de cinco, como recuerda un mural con pinta de desaparecer cuando los obreros hayan finiquitado el asunto. Ya lo hicieron con la cabeza de carnero del número 46 de la calle Montnegre, redundaron con casi todas las casitas de la plaza del Carmen y este otoño se trabaja con denuedo en la calle Entença, muriéndose así su único trozo alejado de una modernidad convencional.
La constatación de la tragedia sólo tiene una chispa de optimismo. El Consistorio, tras años de inacción, ha activado la rehabilitación de las casas de la calle del Pont en Sant Andreu, ignoradas durante todo el período de Ada Colau, quién sí tiene culpa en el desdén patrimonial; de hecho, el barrido del Camp de la Creu es una inercia de sus legislaturas, a remediar en muchos otros sitios de la ciudad, como en el parc de la Ciutadella, donde la tabla de medidas de la Expo de 1888, una clásica reivindicación de servidor, se haya partido en dos, perfecta para arreglarla o para tirarla a la basura con premeditación, alevosía y nocturnidad.

El rastro de estas fincas de hace un siglo en la calle Entença se alza ahora en el pavimento entre polvo y fantasmagorías, a nada de la plaza de Francesc Macià, con su característico bullicio de epicentro real, sin turistas en la costa y muchos negocios en marcha en las oficinas de sus inmuebles.
Para no aburrirme hacia la última cota, caracoleé un poco entre pasajes y corté la cuadrícula de Cerdà, irregular en esas latitudes, hasta intuir el Hospital Clínic. Ese viernes me había despertado con la noticia de otra exhibición de Jaume Plensa en Barcelona, un soniquete de 2023, cuando se ha festejado al artista para enmendar la falsedad de no ser profeta en su tierra.

El escultor tiene un buen catálogo en su patria chica, del Palau de la Música a la via Júlia, asustándonos a muchos la pasada primavera, no sólo por las puertas del Liceu, sino por su coronación imperial en la Pedrera, entronizada de manera temporal con una Eulàlia, Mariona, Carmela en la puerta de la maravilla gaudiniana y un guardián del día a la noche en su tejado, copia de una serie ubicada en la ciudad francesa de Niza.
Como Plensa es insaciable en su lirismo de pim, pam, pum, muy espiritual desde el cánon del siglo, colocó durante cuatro días -por suerte no más-, un corazón de veintisiete metros entre las columnas del Clínico para concienciarnos de las enfermedades cardíacas. Ese tejido hinchable, un poco como el de feria de pueblo, desbordaba la entrada, estirándose hasta sus muros colindantes para mayor delicia de los trabajadores del centro y los paseantes, cada uno de ellos con el teléfono a punto para inmortalizar ese estallido de color.

Lo efímero del invento encaja como un guante en una determinada proyección barcelonesa de la urbe como una ininterrumpida espectacularización, del Piromusical al arte como entretenimiento, y fuente para titulares facilones para así llenar los huecos de la maqueta.
Hasta este párrafo hemos acumulado carcasa futbolística, ruina patrimonial y petardos de la brevedad contemporánea, muy de si te he visto no me acuerdo, pese a la omnipresencia en prensa de Plensa. El cierre sucedió en dos recorridos después de volver de Turín, capital piamontesa con un cuadrilátero muy definitorio en su meollo, armónico hasta para prolongarse en sus periferias, sin grandes invasiones turísticas y el respiro de una potencia callada.
El regreso a Barcelona siempre me evoca ruido. En los últimos aterrizajes no ha sido repentino, lo percibo más tarde. Esta vez me colapsó de plaza Universitat al metro de Passeig de Gràcia. En ese intervalo no vi locales, anoté nuevas tiendas y aluciné con la esquina de Rambla de Catalunya con Gran Vía, hasta los topes de guiris un miércoles poco antes medianoche.

La coda fue otro superar pantallas en Ciutat Vella tras una hora en el Archivo Municipal. Al salir, bajé hacia Santa Caterina por el Gótico, magnífico en el triunfo de sus propósitos de hace una centuria, cuando lo inventaron para atraer a turistas, los únicos con sus pies en su pavimento esa mañana de otro viernes en el debut de octubre. No se esfumaron hasta dejar atrás el mercado lisérgico, moviéndome entonces por otra Barcelona real, a la espera de una mayor definición del gobierno socialista, en plena transformación de los intangibles, más certeros a la hora de comprender las sutiles mutaciones del cuerpo.


