Entrada de la torre Garcini en la calle Xiprer. Foto: Jordi Corominas

El barrio del Guinardó es tan inmenso que, durante mucho tiempo, las autoridades municipales hicieron con él de todo menos bueno, cobijados en el anonimato de ese plácido lugar de la periferia, denso, muy poblado y siempre en los mentideros de las oportunidades inmobiliarias, ideal al estar lejos y cerca del centro,  bien envuelto en una gloriosa tranquilidad. Su extensión puede impedir hasta cierto punto crear un tejido vecinal sólido e identitario porque tiene algo de barriada federal, bien compartimentada en todos sus ángulos. Ello puede deberse a cómo durante muchos siglos su ambiente fue rural, con las masías alzadas en líderes de sus procesos.

En los últimos años, ninguneado por Barcelona en Comú, el Guinardó se ha visto despojado de algunos elementos patrimoniales de relieve, además de un jardín kitsch en el último y remozado tramo de la ronda. En passatge de Llívia con Rubió i Ors se cargaron la Villa Júlia, mientras en rambla Volart le tocó en suerte a un banco centenario, no sé si ahora instalado en el Hospital de Sant Pau. No fueron las únicas víctimas de la piqueta, pues en noviembre cayó un emblemático edificio en la esquina del passatge de Llívia, una vía con mucha importancia en todo este asunto, y Renaixença, destinada a más bloques de pisos.

La torre Garcini al final del passatge de Llívia. Foto: Jordi Corominas

La finca, donde en sus bajos había un colmado de toda la vida, se halla justo al lado del mercado, uno de los más jóvenes de Barcelona, no en vano es de 1928, cuando el Guinardó había cobrado cuerpo mediante la consolidación de la urbanización de Salvador Riera y otras de menor calado, como la del carrer de Sant Pere, entre la antigua carretera de Horta y passeig Maragall.

En nuestro siglo, el área del mercado devino un campo de pruebas general para toda la ciudad. Se mantuvo una pequeña parte de la vieja estructura para jugar a lo grande con la habilitación de un súper mercado junto a un eficiente centro de atención primaria, más reconocido desde la Pandemia. Esta combinación propició crear un nuevo marco, dotado de plazas y una brecha por la ampliación del carrer de Teodor Llorente. Todo este entorno, desde luego dinamizado, tiene la virtud de aunar lo moderno con lo antiguo, salvo por negocios más bien disonantes, como una cafetería hipster con su bebida más barata a dos euros y medio.

Teodor Llorente se cruza con el passatge de Llívia. Desde este punto, el horizonte nos depara vislumbrar una finca rural con mucha solera. Como decíamos, todo este sector del Guinardó ha sufrido profundos cambios en muy poco tiempo. El passeig Maragall tiene poco más de un siglo. Antes, la ruta hegemónica era la carretera de Horta, rodeada de masías como la desaparecida Can Girapells, el Mas Viladomat, Ca l’Aloi y por supuesto Can Garcini, la de las mil denominaciones, pues desde sus orígenes, documentados a partir de 1739, muchos fueron sus bautizos, de torre de la Concepción a la trinchera, pues para muchos estaba como hundida y medio aislada, algo resuelto con un sendero para enlazarse con la carretera d’Horta, el actual passatge Garcini, dichoso en su paz entre edificios apenas catalogados pese a ser algunos de relieve.

Ruina en la esquina del passaje de Llívia con Renaixença. Foto: Jordi Corominas

La homónima torre es una masía clásica catalana, de planta basilical. Podemos abordarla desde el passatge Llívia, el de Garcini o el carrer de Xiprer, donde es clave para configurar su forma de ele. La mansión, con un jardín abandonado por completo, tuvo como últimos propietarios a los d’Alós-Moner, cuyo padre fundó el Institut d’Estudis Catalans y la Escuela Española de Arqueología e Historia de Roma, de la cual tuve el honor de formar parte.

La venta del complejo acaeció en 2010 en beneficio del rey de las esquinas condales, Núñez y Navarro. Perder ese trozo de Historia del Guinardó hubiera sido algo catastrófico; intervino el Ayuntamiento, prometiéndose a varias asociaciones defensoras del enclave una solución, pendiente más o menos desde 2015, si bien en febrero de 2022 la entonces responsable del Distrito, Rosa Alarcón, presentó a los vecinos el proyecto que transformará, o eso se cree, la torre Garcini en un equipamiento para la gente mayor, con su jardín adecuado a las sensibilidades contemporáneas, priorizándolo en su interacción con la futura residencia.

El verde debería ser para todo el barrio. Lo imagino, valga la redundancia, público, abierto en sus dos lados para goce de toda la comunidad. De hecho, si así fuera se conseguiría integrar a la Garcini en el complejo proveniente del mercado, erigiéndose así el passatge de Llívia en un vector esencial de su Guinardó, algo que de modo increíble ha sido poco o nada contemplado, sobre todo si observamos cómo esta peculiar travesía brota desde la plaça del Guinardó, surcada por el torrent de la Guineu, y finaliza, precisamente, en Can Garcini.

El pasaje de Llícia hacla la plaza del Guinardó. Foto: Jordi Corominas

Si se atendiera esta alternativa, lógica con lo pretérito y muy cabal desde el presente, la masía regresaría a su rol casi de enlace entre el preludio de la montaña y la ruta hacia passeig Maragall, en medio de ambos hitos como bella anfitriona desde su atalaya, por supuesto a mejorar porque aquí todo puede ir a más, de hecho el muro protector de la finca ha sido el de las lamentaciones. Deberíamos remodelarlo para no transmitir exclusión de ese bien ciudadano.

El drama es anunciar una acción y cancelarla sine die. Hasta la fecha, servidor apenas ha criticado la gestión del consistorio de Jaume Collboni en el Distrito. Se requieren meses para comprenderlo, pero en breve será lamentable no intervenir en Can Garcini, máxime si hay una idea a ejecutar.

Pasear sus alrededores es un pozo de ambigüedad. Uno conoce los planes de futuro y por eso el maravilloso silencio duele menos. A este ritmo, la recuperación de la masía irá más lenta que la Sagrada Familia, buena prueba de la desidia con los márgenes, por mucho que estos suelan calificarse de clase media. El patrimonio debe ser igual para todos, y si se usa rehabilitándolo para el mañana sólo podremos aplaudir, como lo hacemos con el modelo de conservación urdido en el Camp de l’Arpa y el Clot, con calles a preservar en su integridad y muchos inmuebles al fin respetados.

En vermell el passatge de Llívia. 1) Torre Garcini 2) Plaça del Guinardó 3) El mercat 4) L’actual resta del complexe.

Sin embargo, en Can Garcini intervienen dos ingredientes más. El primero es la urgencia de habilitarlo para la gente mayor y compartirlo desde el verde con el resto del barrio. El segundo es meditar cómo puede ser alfa y omega de un eje natural del Guinardó, si se quiere reafirmando lo realizado entre el mercado, el CAP y los aledaños de Teodor Llorente con passatge de Llívia. A su manera, recuerda otras experiencias similares, como, por ejemplo, la reconversión intergeneracional de los equipamientos de l’Alchemika y la fábrica Costa Font al tener afinidad en refundar tramos fundamentales de los barrios sin demoler para regenerar.

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