Hace poco generó bastante controversia en las redes sociales un reportaje en el Telenotícies de TV3 del periodista Iván Gutiérrez sobre el funcionamiento de un “supermercado fantasma” de una conocida empresa de plataforma de reparto a domicilio. En el vídeo se podía observar cómo las personas trabajadoras corrían por la tienda para poder preparar los pedidos en tiempo récord. Se explicaba que desde que el cliente o clienta hacía el pedido a través de la app pasan sólo diez minutos, con dos minutos para preparar el pedido y ocho para realizar la entrega. Entre otras cosas, llamaba la atención la descripción de la situación que hacía la directora general de la compañía, en el sentido de que no se trataba de estrés, sino de “adrenalina positiva”.
Si nos detenemos a contemplar cuáles son las condiciones laborales que suelen ofrecer este tipo de empresas, nos encontraremos, por ejemplo, con trabajadores y trabajadoras que deben esperar los pedidos en la calle o en las paradas de los autobuses o bancos porque no habilitan a sus repartidores y repartidoras espacios adecuados para esperar a recibir los pedidos. Con salarios por debajo del mínimo interprofesional y una falta de acceso a lavabos, espacios para descansar y comer, fuentes de agua, espacios para guardar los objetos personales, etc. A menudo, los vehículos a disposición de los trabajadores sufren importantes desperfectos como, por ejemplo, problemas de frenos. Además, experimentan una gran exposición al estrés constante por la presión de entregar los pedidos en el menor tiempo posible, ya que corren el riesgo de sufrir penalizaciones o de ser despedidos por no alcanzar los objetivos, a veces inasumibles, que les impone la empresa.
En definitiva, podemos afirmar que estas empresas ofrecen condiciones laborales propias del siglo XIX, pero con tecnología del siglo XXI. Detrás del mensaje que presentan que son innovadoras, modernas y de economía colaborativa, en realidad se esconden condiciones laborales de grave explotación. Aún así, se trata de empresas que están creciendo mucho y que están consiguiendo exportar su modelo a otros sectores laborales, como son las empresas de plataforma de cuidado, limpieza, educación, abogacía, psicología, nutrición y un largo y creciente, etcétera.
Precisamente ahora que recientemente se ha aprobado aumentar las cotizaciones de las pensiones, a fin de garantizar su viabilidad, a menudo las empresas de plataforma, que, como decimos, están creciendo muy rápidamente y en un gran número de sectores laborales, niegan a reconocer aspectos básicos como la laboralidad de su plantilla, la aplicación de convenios del sector o, incluso, de la ley de prevención de riesgos laboral y el protocolo contra el acoso sexual. En pocas palabras, aspiran a conseguir el máximo beneficio con una nula asunción de responsabilidad hacia las personas trabajadoras.
Además, hay que tener muy en cuenta que, en realidad, en la economía digital el valor del negocio no radica en la propia actividad productiva, sino en la enorme cantidad de datos que generan los clientes y clientas que utilizan la plataforma. Toda esta información obtenida se transforma en activos procesados por medio de algoritmos con el objetivo de conseguir grandes beneficios económicos y expandir su modelo de negocio. Por ejemplo, las plataformas son capaces de averiguar en qué zona se pide un tipo de producto determinado y abrir una cocina o un supermercado “fantasma” desplazando a los restaurantes y supermercados locales.
Considero que aunque la sociedad es cada vez más consciente de las duras condiciones laborales que ofrecen estas empresas de plataforma y de la negativa a cumplir la ley por parte de algunas de ellas, no sé hasta qué punto somos en general conscientes de la gravedad de la situación, o si pensamos que ésta sólo es una problemática que afecta a los y las riders.
Es urgente poner todos los medios necesarios para obligar a estas empresas a cumplir la ley, lo que exige dotar a Inspección de Trabajo de los recursos humanos y materiales, unos medios de comunicación que informen de forma rigurosa sobre estos modelos de negocio y de una sociedad crítica y responsable que ponga de antemano un modelo de consumo sostenible y respetuoso con los derechos laborales. Necesitamos gobernar la tecnología para ponerla a disposición de las personas, pero si por el contrario dejamos que ésta se inserte en las lógicas del sistema capitalista, acabaremos siendo los próximos esclavos del siglo XIX.


