
El primer párrafo de cada Barcelona me permite darle ritmo y ajustar las ideas. Hoy pienso en la curiosa relación entre pasear y escribir, sobre todo cuando efectúas ambas actividades con profesionalidad y un método consistente en navegar por una estructura sólida para terminar llenándola con plena libertad al estar bien definidas sus parcelas geográficas.
Eso ocurre, como es comprensible, con las fronteras del Camp de l’Arpa, y por eso mismo también reflexiono en esta clásica introducción sobre cómo es básico comunicar bien la ciudad, más aún si es desde sus márgenes, mal explicados, como decíamos ayer, hasta por sus supuestos custodios, demasiado aficionados a creer controlar su meollo como para transmitir la información requerida con solvencia o soltura.
Por mi parte, estoy casi hasta contento de abandonar el carrer de Rogent, eje del relato durante estas últimas semanas. Su tramo superior tiene varios elementos remarcables. A nivel popular, el más celebrado es el Forn Elias, legendario tanto por sus premios como por llevar cien años en manos de la misma familia.
Su ubicación, como veremos en breve, es determinante en muchos aspectos. El otro punto destacado en este adiós de Rogent hacia la montaña radica en sus laterales izquierdos. Uno de ellos es la claudicación de Rosselló, triunfal en los años setenta al cargarse el paisaje previo y derrotado por completo en su imperialismo del Eixample al topar con los inmuebles de Rogent, suprema magia de resistencia del Camp de l’Arpa.
El otro es más modesto, pero también habla el mismo al enlazar el carrer de Finestrat a esa rambla sin nombre del barrio con el carrer Xifré, el primerísimo de modo oficial en quebrar, lo hemos contado en múltiples ocasiones, los designios de la cuadrícula de Ildefons Cerdà, desbaratándola pese a tanto improcedente empeño más allá de estos confines.
Rogent termina en una encrucijada con Freser. El término no es poético, simplemente es la literalidad de la fusión entre la antigua carretera de Horta con el descenso pletórico del torrent de Bogatell hacia otras latitudes.

Esto es trascendental y con toda seguridad sorprenderá a los neófitos de estas entregas, donde hará cosa de dos años dimos buena cuenta de la Historia de los tramos aún visibles, otorgarles supervivencia sería demasiado, de este camino tradicional para unir Barcelona con un pueblo más o menos lejano, sólo agregado a sus dominios en 1904.
La carretera de Horta y el torrent de Bogatell determinaron la morfología urbana del entorno. Freser hasta 1907 fue Carmen, quién sabe si por voluntad de nuestra amada Micaela Borrás, bien entretenida en pactar edificaciones. Un documento de 1853 menciona cómo Miquel Ferrer negoció con ella la construcción de viviendas, algo normal si se atiende cómo ese perímetro copado por el curso fluvial y la senda hortense podía ser próspero tanto desde lo agrícola como lo comercial.
Más tarde se instalaron fábricas y talleres, intuyéndose aún su rastro porque todo el sector primigenio de Freser aún tiene cierta pureza edilicia, con muchas de sus fincas merecedoras de integrar el catálogo patrimonial.

En un planisferio de 1891 la carretera de Horta desaparecía del nomenclátor en su esquina con Rogent para dar rienda suelta a Carmen hacia Sant Andreu. ¿Ese borrado era cierto? No del todo, porque un poco más allá de esta encrucijada irrumpía otra, en el presente sintetizada por conceder a Freser seguir tras superar Eterna Memòria y bifurcarse con el naciente passeig de Maragall, en realidad un falso proseguimiento de la carretera de Horta, ensanchándola mientras se dotaba de tranvía, veloz, gran excusa para anexionar ese rincón apartado de lavanderas, verde, campos y hasta una colonia de veraneo de los barceloneses en el carrer de Campoamor.
Alguna vez he comentado cómo la Ciudad Condal, y cualquier otra, está surcada por un sinfín de heridas invisibles, rayas de sus pluralidades. La de Freser con passeig Maragall es notoria por esa curva, nada significada por los automatismos de los peatones, demasiado conformados y conformistas en aceptar al asfalto como una autopista de consumo, no de conocimiento.

Si adoptaran lo último quizá tendrían presente una fotografía de los años sesenta, en concreto de 1968. Sí, aquí la tienen. Fíjense. Unos bloques en ruinas, como si saliera fuego de su derrumbe. Al fondo, la tumba del carrer de Còrsega en su confluencia con el de Conca, existente desde los años treinta para subir hacia Industria y Sant Antoni Maria Claret.
Las casas a punto de caramelo para la piqueta robaban demasiado espacio a coches, motos y camiones de esa Barcelona de Porcioles. Por lo demás, su narración no tiene mucha chicha, aunque eso podría romperse en mil pedazos sólo por la numeración: A,B,C,D, 129 y 131.
En la Gaceta Municipal se publicó la apertura del concurso para liquidarlas. Una vez fuera de circulación crearon un hueco tremendo, aún raro si lo transitas con frecuencia, encajándose con todos los aledaños, mina de preguntas si reparamos en detalles de este caos ordenado, pues lo más indecente es cómo las medidas tomadas desde la Segunda República destrozaron una coherencia fruto de la naturalidad del tiempo, sin burocracia ni medallas a ponerse, de esas a las que deberemos acostumbrarnos este año centrado en las elecciones de 2023.
Una de las pérdidas cercanas a esta encrucijada es imperceptible. Se trataba de una callecita para conectar este limbo del Camp de l’Arpa con la masía de Can Miralletes como preludio al Guinardó. Dedicada al pintor Baldomero Galofre, debió quedar engullida en el intersticio entre la Dictadura y la Democracia; Conca cumplía su función, era más ancha, propiciaba mayor edificabilidad y no entorpecía el reinado de Maragall, asimismo magnífico desde la especulación, como se verifica por alguna finca iconoclasta a sus alineaciones, como su número 8, obra de Josep Graner.

Todo este lío de encrucijadas sin apenas interpretación textual, quizá mis conciudadanos pasean poco y no miran más allá de su teléfono móvil, alcanza su verdadero paroxismo en passeig de Maragall con Sant Antoni Maria Claret. En ese enclave coincidían la travessera de Gràcia, capada en su trayectoria por el Hospital de Sant Pau, la carretera de Horta y el ascenso hacia las cumbres del Guinardó, expresado en la actualidad por la rambla de Volart.
Su exuberancia me seduce desde que tengo uso de razón, pero me quedaré en Maragall con Freser, no como un Hércules a rebosar de dudas, sino como un hombre amante de gastar sus suelas y avanzar de nuevo por el Camp de l’Arpa en el imposible reto de agotarlo.


