La presidenta de la Corporació Catalana de Mitjans Audiovisuals, Rosa Romà, ha dicho unas de las pocas palabras sensatas dentro del barullo comunicacional actual: el problema de TV3 no es competir con Antena 3, Tele 5, TVE o el resto de canales generalistas; la televisión gubernamental catalana ha de medir la fuerza de su futuro con las plataformas audiovisuales que hoy difunden series de gran popularidad, con los videojuegos que ya mueven más dinero que el cine de Hollywood o con las nuevas formas de entretenimiento digital que combinarán formas todavía inéditas de lenguajes, géneros y tecnología.

El tiempo de las audiencias masivas de la televisión ya ha pasado, a causa de la fragmentación del mercado publicitario y la ruptura de la industria a causa de la irrupción de Google. No sólo eso: cuantos años hace que no hay estrenos cinematográficos de Navidad que arrastren a toda la familia? O artistas que reinan en las giras por grandes escenarios, como Bruce Springsteen? No, no es que a la comunicación de masas se haya impuesto el dictum de Schumacher “lo pequeño es hermoso” sino que el espectáculo e entretenimiento comunicacional han seguido el camino que el conjunto de la comunicación de masas basada en la tecnología ha hecho durante el siglo XX: formar un todo globalizado que no deja de transformarse al mismo ritmo que lo hace la sociedad con sus formas de vida cotidiana.

En esta comunicación globalizada es muy difícil marcar territorio. Los que creen que en los países –democráticos—actuales se pueden levantar fronteras, designar lenguas obligatorias o únicas y “controlar” el territorio no sólo no entienden esta realidad sino que viven fuera de ella. La constatación de Romà es signo de este realismo: los ciudadanos de Catalunya viven precisamente en una realidad donde la comunicación globalizada determina la cultura i donde este hecho y las realidades que de él se desprenden no cambian ni a golpes de manifestación o de boletín oficial del gobierno.

El éxito de TV3 ha sido un hecho extraordinario y singular en Europa –como lo es el estatus de la lengua catalana—y un éxito rotundo en términos de interés, calidad y solidez institucional. Pero ha sido una televisión pensada para los años 80, tanto por lo que respecta al producto como por las tendencias y comportamientos culturales en el país. Cuando nació TV3 no había videojuegos ni teléfonos móviles, pero sobre todo había una actitud de expectativa de innovación en la mirada hacia la cultura catalana por parte de los castellanoparlantes tan de dentro como de fuera de Catalunya y esta capacidad de innovación atractiva no tiene porqué ser vanguardista: hubo un antes y un después de las telenovelas de emisión diaria, que empezaron con “Poble Nou”.

¿Puede la lengua catalana ejercer un papel de atracción e integración si queda al margen de los procesos propios de la comunicación globalizada? La respuesta es negativa y la conocen muy bien los que querían que la televisión catalana autonómica fuese un canal de difusión y alcance de tipo anecdótico y étnico. Si TV3 triunfó fue porque rechazó esta delimitación y fue a por todas. Los que ahora,  en cambio, han querido y quieren el “nosaltres sols” todavía no pueden llegar a imaginar lo fuertes que pueden ser los batacazos.

El problema es que no hay marcha atrás. Aún más: las cosas no se pueden hacer a fuerza de voluntad y un poco de tozudez. No sólo es del todo imposible el “nosaltres sols” sino que tampoco lo es la actitud de “por narices”. O bien la televisión afronta un nuevo proceso que renueve el interés que representan los productos en lengua catalana o los jóvenes encontrarán otras formas de entretenimiento no necesariamente en catalán. Atención, por ejemplo, a cosas como Rigoberta Bandini.

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