Desde que llegué a este país en 1974 siempre contemplé con envidia la forma en que los catalanes resolvían sus problemas políticos. Con el paso de los años la inevitable comparación con la sangría etarra, que aún no había alcanzado su cenit, me obligaba una y otra vez a repasar las características de las dos sociedades: la historia, los conflictos, el idioma, la gente…para tratar de entender por qué Terra Lliure tenía tan poco arraigo social y popular comparado con ETA.

Y eso que lo peor aún no había llegado y yo ni siquiera lo veía venir.

Habiendo vivido mi infancia y adolescencia en Navarra y en Euskadi, que en aquella época todavía se llamaba País Vasco, me sentía muy afectada personalmente por todo lo que ocurría a mi alrededor. Aunque no procedía de una familia independentista, en mi entorno de parientes y amigos sí los había y era imposible no sentirse involucrado por el curso de los acontecimientos. Además, en los años 60 estuve expuesta a las ideas de un renacimiento cultural y político, con clases de euskera incluidas, que como supimos más tarde tenían un origen, cuando menos, dudoso. Pero ni Pamplona ni Bilbao me ofrecían opciones satisfactorias como periodista, así que tras darme una vuelta por el mundo y sopesar las posibilidades profesionales que tenía aterricé en Barcelona, con un título casi sin estrenar y un par de idiomas que al final me abrieron las puertas de las secciones de Internacional.

Ya instalada en Barcelona, se me hicieron más patentes las diferencias entre un modelo de lucha y otro, y sobre todo, el apoyo popular que recibían de sus respectivas sociedades.

Terra Lliure fue un grupo terrorista de ideología independentista catalana, con connotaciones más o menos socialistas, fundado en 1978 y disuelto en 1991. Cometió más de 200 atentados pero las víctimas mortales que causó fueron cinco, cuatro de ellas miembros de la propia organización. También hubo varias decenas de heridos y durante su existencia, las Fuerzas de Seguridad del Estado practicaron apenas 300 detenciones. Por su parte ETA, fundada en julio de 1959  estuvo activa hasta 2011, pero fue a partir de 1968 cuando inició su época de terror. En total  mató a 853 personas, 22 de ellos niños, hirió gravemente a otras 2.632 y realizó 3.500 atentados. El más grave fue el de Hipercor, en Barcelona, el 19 de junio de 1987, con 21 víctimas mortales y 45 heridos.

Abandonada la lucha armada en Catalunya, algunos exdirigentes y militantes de Terra Lliure se afiliaron a Esquerra Republicana, que como condición para dicho ingreso les exigió la renuncia explícita al terrorismo. Pero tengo la sensación de que más allá de las siglas quedó enquistada en ciertos grupúsculos una especie de insatisfacción violenta. La historia de la aventura terrorista quedó enterrada en el olvido, como si nunca hubiera existido, pero de alguna manera dejó su huella. Al mismo tiempo estaba claro y meridiano que los soberanistas catalanes deseaban conquistar la independencia por caminos pacíficos y hacía ahí se encaminaron. Pero, con el paso de los años el proceso se fue enfangando, con la ayuda, naturalmente, de los Gobiernos españoles y sobre todo de los jueces, incapaces de entender cual era la parte positiva del proceso. Y fue como si aquella violencia de Terra Lliure que no llegó a estallar del todo se escapara por las costuras del nuevo cuerpo social constituido.

No entraré en el relato de lo que ocurrió a partir del referéndum de autonomía del 2006 porque es de sobra conocido, excepto señalar que el drama evolucionó fatal, consiguió representarse en el peor de los escenarios imaginables y tuvo consecuencias desastrosas. Los herederos de Convergencia llevaron mal la pérdida del poder y peor aún su necesaria avenencia con los otros grupos independentistas. El experimento del 1-O dio como resultado una sociedad divida, procesos, condenas, cárcel, exilios e indeseables resultados económicos, y hoy las lecturas de la actual situación son muy pesimistas. Pero no puedo dejar de pensar que, en conjunto, el encauzamiento de las antiguas pulsiones violentas “indepes” no ha sido, ni de lejos, el peor que podría haberse producido. El “seny” que siempre se ha atribuido a los catalanes fue y es para mi una de las razones fundamentales de ese éxito.

La crisis sigue abierta y ha  culminado con la retirada de Junts per Catalunya del Gobierno que preside Pere Aragonés. La ruptura, largamente anunciada, deja en el aire el resto de la legislatura, pero al mismo tiempo tiene aspecto de gran estabilidad porque ni el PSC ni Els Comuns parecen dispuestos a derribarlo, y es más que probable que lo protejan de los embites de sus antiguos socios.

A la espera de lo que ocurra en los próximos días y meses, está claro que gobernar con 33 diputados no es viable si lo que se pretende es hacer algo más que resistir y dejar pasar el tiempo hasta las próximas elecciones. Pero si consideramos que en este largo proceso no hubo baño de sangre, y que fue el “seny” de los catalanes el que supo evitarlo, podemos estar satisfechos. Aunque fuera a costa de dar a luz un enrevesado proceso político que todavía no ha sido capaz de proporcionar la tranquilidad y la concordia que esta sociedad necesita y merece.

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