“El sector está tocado, desanimado, sin esperanza de futuro. El sector pesquero está viviendo uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. Muchos pescadores están esperando a que se abra la convocatoria de desguace para plegar”, lamenta Joan Alginet, gerente de la asociación Grup d’Acció Local Pesquer (GALP) Terres de l’Ebre. Atribuye el malestar a las políticas del sector aprobadas por la Unión Europea (UE) y la transposición realizada por España. “Son legislaciones que pretenden armonizar la pesca en toda la Unión, sin tener en cuenta las características de cada zona. Esto ha agravado el relevo generacional, porque no genera ilusión dedicarse a ello, no genera expectativas”, sostiene.
Los datos le dan la razón: Catalunya ha perdido prácticamente la mitad de las embarcaciones profesionales en 20 años. De las 1.382 que existían en 2003 a las 673 del año pasado, cuenta el Departamento de Acción Climática, Alimentación y Agenda Rural. “Durante años el sector se ha ido haciendo pequeño, pero desde la pandemia hay una cierta estabilización”, considera Alfons Garrido, técnico del Museo de la Pesca de Palamós (Baix Empordà). “Estamos viviendo un momento de cambio importante, sobre todo en la pesca de arrastre y de cerco [los métodos con las flotas más grandes]”, indica Antoni Abad, presidente de la Federación Nacional Catalana de Confraries de Pescadors.
“La pesca es un oficio poco atractivo para los jóvenes catalanes, entre otras cosas, por la dureza y la peligrosidad del trabajo, las bajas e irregulares retribuciones, y la poca regulación laboral. Faltan trabajadores en el sector y no hay relevo generacional”, recoge en su sitio web el Museo de la Pesca de Palamós. La pesca tiene un ordenamiento de la Seguridad Social propio, el régimen especial de los trabajadores del mar, por el que, entre otros aspectos, quien se dedica a ello puede jubilarse hasta diez años antes de la edad legal por haber llevado a cabo “actividades profesionales de naturaleza excepcionalmente penosa, tóxica, peligrosa e insalubre o como consecuencia del alejamiento del hogar familiar”, explica el Ministerio de Seguridad Social. “La pesca es el sector productivo con el índice de siniestralidad más alto de la UE“, recuerda en internet el Museo de la Pesca de Palamós. “La agricultura, la ganadería, la pesca y la silvicultura presentan un índice de siniestralidad por encima del valor global en Cataluña”, apunta el Instituto Catalán de Seguridad y Salud Laboral en el informe de 2022.
La otra gran cuestión diferencial, no sólo con el resto de trabajadores del régimen general, sino con los profesionales del sector primario, es el sueldo en la parte. Los pescadores no tienen un salario fijo a final de mes, sino que dependen de la pesca de cada jornada: “Si pescamos, ganamos y si no pescamos, no”, dice el presidente de la Federación Nacional Catalana de Confraries de Pescadors. Tampoco tienen el amparo del salario mínimo interprofesional (SMI), pese a las demandas de CCOO y UGT y el reconocimiento de este derecho por parte de la Inspección de Trabajo de la Generalitat hace cinco años. “Es un salario incierto, que frena a los jóvenes a interesarse por el oficio”, continúa Antoni Abad. “Por el trabajo que hacemos, no nos estamos sacando un jornal digno. La gente joven busca estabilidad y los estudiantes de la Escuela de Capacitación Náutico-pesquera de Cataluña prefieren llevar golondrinas o realizar salidas con embarcaciones turísticas antes que dedicarse a la pesca”.
Un trabajo muy masculinizado

Por todo ello, hoy en día en las barcas una parte importante de la tripulación es inmigrante. “Tenemos muchos y en todo tipo de pesca”, manifiesta Abad. “Si no fuera por ellos, muchas barcas no saldrían. Suplantan la falta de relevo generacional”, expone Joan Alginet. “Son grandes pescadores, la mayoría proceden de países africanos con tradición pesquera. El único problema es la homologación de la formación”, destaca.
Ni jóvenes ni mujeres. La presencia femenina es residual en el mar: “Una en Port de la Selva, otra en La Ràpita, una en Blanes y otra entre Arenys de Mar y Barcelona”, ilustra Anna Bozzano, bióloga marina y miembro de la asociación Dones del Mar. “Es un sector muy masculinizado y, si no hay cuotas de representatividad, las mujeres no vienen”, cree Alginet. “Se han hecho campañas y han sido un fracaso”, añade Alfons Garrido. Sí ocupan más puestos de trabajo en las cofradías, donde suelen estar en las secretarías, un trabajo “que no es como el de secretaria de oficina, sino que toman decisiones”, precisa Bozzano. “Quizás no suben a las barcas, pero las mujeres llevan toda la contabilidad y la gestión” desde las cofradías, asegura Antoni Abad.
El oficio de reparador de las redes, que tradicionalmente habían hecho las mujeres, ahora sólo está en manos de dos. Y ante la necesidad de mano de obra, son ellos quienes ahora también se dedican a ello. “Sólo ha habido una patrona mayor, en L’Escala (Baix Empordà). No hay capitanas de barcas grandes, sólo Maribel Cera, que es pescadora y capitana de su embarcación, pequeña y dedicada a la pesca artesanal”, comenta la representante de Dones del Mar. Aparte de la dureza física del oficio de pescador, los horarios no facilitan la conciliación familiar: la pesca de arrastre y la de cerco rondan las 12 horas diarias de trabajo durante cinco días a la semana. La pesca artesanal supone algunas menos y suele hacerse en horario partido, por lo que los marineros pueden comer en casa y descansar un rato antes de volver a mar.
Tampoco son mejores las expectativas de los pescaderos: “En cuatro años, el 24% de las pescaderías de Catalunya han cerrado“, lamenta Àlex Goñi, presidente del Gremi de Peixaters. Cada día, cuando las barcas vuelven a puerto, pasan por la lonja, que gestionan las cofradías. No hay venta directa de la barca al consumidor, sino que hay que pasar por la subasta, una forma de asegurar que el precio que se paga por el pescado no se sitúe por debajo de los costes, como sí ocurre en la agricultura y la ganadería. La mayoría de asistentes a las subastas son los pescaderos, pequeños, medianos y grandes, que hoy tienen que lidiar con una ciudadanía que desconoce la riqueza de peces del Mediterráneo y prefiere el salmón en bandeja del supermercado (en Cataluña se pesca aproximadamente el 20% de todo el pescado que se consume, el resto se importa); así como con el “acoso que sufrimos por parte de varias administraciones” en forma de inspecciones, deplora Goñi. “Nadie quiere un negocio que no funciona y que no es hermoso; no lo quieren nuestros hijos ni nuestros dependientes”.
En los últimos años, varias pescaderías han abierto tienda online y sirven pescado y marisco a domicilio, limpio y preparado. Pero el presidente del Gremi no confía mucho, aparte de que requiere mano de obra extra para gestionarlo correctamente. “Nosotros siempre hemos vendido el producto, no nos lo han comprado”, afirma. Su trabajo se ha basado en la confianza que los compradores les han depositado, en un vínculo humano que ahora se ha perdido y que los trabajadores migrantes, que el sector necesita para mantenerse, no llevan a cabo con la soltura tradicional . “Despachan bien, conocen el oficio, pero no establecen relaciones humanas”, indica Goñi. Una situación que la entidad que preside quiere cambiar con formación.
Una nueva forma de hacer

La digitalización también ha llegado a las subastas de pescado, mediante las pujas online. De esta forma los clientes evitan tener que desplazarse hasta la cofradía, pueden seguir en sus respectivos puestos de trabajo, y tienen al alcance el producto de más de una lonja a la vez. “Es un sistema cada vez más establecido”, indica el presidente de la Federació Nacional Catalana de Confraries de Pescadors. Y no comporta ninguna reducción de personal, al contrario, porque el buen funcionamiento depende de un sistema de preparación y distribución del producto rápido y eficiente.
Además de la tecnología, en las lonjas y en las embarcaciones, la modernización de la pesca está pasando por las organizaciones de productores pesqueros (OPP). Es una estructura que la Unión Europea pide y que corre en paralelo a la labor de las cofradías, con un objetivo muy claro: planificar, analizar qué pide el mercado y actuar en consecuencia. Introduce una mirada empresarial en el sector y promueve una extracción de recursos marinos más sostenible. En este último sentido, la pesca catalana hace tiempo que se reúne periódicamente con científicos del iCatMar para recibir asesoramiento sobre cómo, cuándo y dónde pescar para mantener el equilibrio del mar.
Actualmente existen cinco OPPs en Catalunya, la última constituida hace poco más de dos semanas. Son asociaciones entre varios puertos pesqueros que, de esta forma, tienen acceso a financiación europea con más facilidades que si lo intentan a través de las cofradías. “Las OPPs facilitan la comercialización”, reconoce Antoni Abad, el presidente de la Federació Nacional Catalana de Confraries de Pescadors. Una vía para que el sector se mantenga, cree empleo y la ciudadanía tenga acceso a la diversidad de especies comestibles del Mediterráneo.
Texto publicado originalmente en La fàbrica digital


