«Cuidado con lo que te metes en la cabeza, porque se te quedará ahí para siempre. Olvidamos lo que deberíamos de recordar y recordamos lo que deberíamos de olvidar», afirma el padre protagonista de la novela La carretera (The road, 2006), del escritor estadounidense Cormac McCarthy (1933-2023), una obra ganadora, entre otros, del Premio Pulitzer de 2007, y adaptada en 2009 en la película homónima dirigida por John Hillcoat y protagonizada por Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, que interpretaban a un padre y a su hijo pequeño que deambulan por una carretera que se dirige hacia el sur buscando un mejor clima, en un mundo apocalíptico asolado por lo que parece un terrible incendio devastador.
A lo largo del relato no conocemos los motivos por los que se llegó a esa situación, solo sus consecuencias y la circunstancia en la que se encuentran los dos protagonistas, hambrientos y a merced de las duras condiciones climáticas (frío, lluvia y niebla perenne), asustados por si son atacados por hordas de caníbales despiadados que no dudarían en matarlos para alimentarse. En ese contexto, para el chaval, el mundo se divide entre los buenos y los malos. «No nos comeremos nunca a nadie, ¿verdad?, aunque nos muramos de hambre… porque somos los buenos», afirma el joven a su padre, mientras este afirma con la cabeza.

Un mundo binario, de buenos y malos, en un universo sórdido, con una estructura narrativa singular, alejada de las que estamos acostumbrados en la ficción, y el reto de trasladar la novela de McCarthy al cómic fueron claves para que el autor francés Manu Larcenet se decidiera a adaptarla en forma de historieta. La decisión fue crucial, puesto que, en palabras del mismo autor, le llevó durante un año y medio directamente al infierno, con una inmersión intensa puesto que explica que trabajó durante todos los días de la semana sin parar a descansar durante ese tiempo. Sabiendo siempre que había un ligero destello de esperanza en el final de la obra y que podía dibujar pequeños brotes de belleza que sobresalían en medio de la desesperación y la hecatombe que estaban viviendo los protagonistas.
Norma Editorial, casi coincidiendo con la edición francesa, publica el cómic La carretera (La route, 2024), con guion y dibujo de Manu Larcenet, adaptando la novela homónima de Cormac McCarthy, con edición en castellano con traducción de Eva Reyes de Uña, y en catalán con traducción de Pilar Garriga. Un mes después de su publicación en marzo, por parte de Éditions Dargaud, ya se vendía en trece idiomas diferentes. No es su primera adaptación de una novela en su prolífica producción artística, destaca especialmente el cómic El informe de Brodeck (Le rapport de Brodeck, 2015-2016), publicado también por Norma Editorial en 2017, donde adaptaba la novela homónima de Philippe Claudel, publicada en 2007 y ganadora del prestigioso Premio Goncourt 2007, entre otros reconocimientos.
Las dos adaptaciones tienen en común la intensidad dramática del relato que contrastan con otras obras de humor hilarante del mismo autor, y, también, con el uso del blanco y negro. En La carretera, además, le costó encontrar el tono o el que el dibujante llama como «el estado de ánimo que creo que intenta trasmitir el autor». Y cuando lo consiguió, el resultado es sublime, prácticamente desarrolla un nuevo vocabulario gráfico, reduciendo a la mínima expresión el texto (el diálogo entre los pocos personajes que interactúan en la obra es escaso), y dotando de una gran expresividad corporal a los personajes que, delgados y encorvados por la mala nutrición y el cansancio, manifiestan un pesar y pánico constante en sus miradas y en su comportamiento.
Es también importante cómo las viñetas muestran la atmósfera en la que viven los protagonistas, con una omnipresente ceniza y niebla en el aire que se manifiesta en la poca nitidez de los dibujos (en ocasiones, parecen incompletas algunas partes del cuerpo o de los objetos), y en la textura de los grises, un trabajo minucioso absolutamente fascinante. También, precisamente, por la cantidad de detalles que impregnan cada viñeta, muchos macabros, pero que proporciona al lector un ritmo de lectura pausado y lento a pesar de la ausencia de texto en algunas páginas. El autor reconoce haberse documentado con imágenes de campos de concentración y de ciudades bombardeadas de diferentes guerras, en un periplo terrible, emocionalmente hablando, para crear las más de ciento cincuenta páginas finales del cómic.
El uso del blanco y negro con tonalidades grises y los efectos del granulado que visualizan la niebla y la ceniza contribuyen también a la angustia y desesperación que induce el terror implícito en la muerte visualizada constantemente. El diseño de la arquitectura de la página contribuye a dotar de emoción, como el recurso de abrir y cerrar el objetivo de una supuesta cámara, en función de la tensión dramática, en especial para contemplar la inmensa soledad con la que afrontan el trayecto hacia el sur esas, a veces, siluetas fantasmales de los dos protagonistas, padre e hijo. Una soledad similar a la del trabajo del dibujante de cómic, que comienza con muchísima ilusión el proyecto y, después, no se ve el final al fondo del túnel durante los dieciocho meses de trabajo en solitario. Y eso lo sabe muy bien Manu Larcenet, que reconoció en 2014, en público, que padecía un trastorno bipolar.
Y ahora conocemos un poco más de la intimidad del autor y sus problema de salud de mental una vez leído su cómic Terapia de grupo (2020-2022), publicado en 2024 por Norma Editorial en una edición integral, con traducción al castellano de Eva Reyes de Uña, y con rotulación de Limbo Studio, que en esta obra es especialmente importante y dificultosa. En Francia se publicó originariamente en francés en tres volúmenes durante tres años seguidos, con tres subtítulos significativos: L’étoile qui danse, Ce qui se conçoit bien, La tristesse durera toujours (traducido: La estrella danzarina, Quién bien concibe, La tristeza durará para siempre).
El cómic comienza presentándose con su verdadero nombre, Jean-Eudes de Cageot-Goujon, y aparece dibujado con su característico avatar rechoncho, de nariz grande y calvo, convertido en el sincero protagonista de los tres volúmenes originales. Nacido en 1969, casado con una veterinaria, con dos hijos adolescentes (la mayor con dieciocho años recién cumplidos), nos desvelará completamente todas sus inquietudes más íntimas con un agrio sentido del humor, que resultaría patético si no supiéramos que lo que nos está explicando en forma de sátira, le sucedió de verdad.
Manu Larcenet es una gran estrella internacional con una prolífica obra singular, con todo tipo de géneros, que un día se quedó bloqueado, o quizás asustado por la página en blanco (es decir, leucoselofobia o síndrome de la página en blanco o también conocido como síndrome del bloqueo del escritor). La obra completa de Una terapia de grupo es un viaje por el proceso de búsqueda del autor que era, es, a la vez, una representación de toda la experiencia vivida, y una forma de desatascar la crisis de creatividad (aunque estamos anticipando el final del cómic). Una lectura recomendada para todas las personas que nos hemos sentido así en algún momento de nuestra vida.
El subtítulo del primer tomo, La estrella danzarina, hace referencia a una expresión sobre la creación artística que escribió el filósofo alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) en el que afirmaba, de forma categórica, que «hay que tener caos dentro para alumbrar una estrella danzarina», extraído de su célebre ensayo Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para ninguno (Also Sprach Zarathustra. Ein Buch für Alle und Keinen, 1883-1885). Larcenet, en su condición de bipolar, pensaba que tenía una dosis sobresaliente de caos en su cerebro, pero aún así le costaba encontrar esa estrella que le aportase la idea clave de su siguiente trabajo: «en mi trabajo, tener ideas es un poco como la conciencia para el hombre honrado: un mal necesario», nos recuerda el avatar del artista en el cómic, una frase que podría ser extrapolable a cualquier profesión que requiera de creatividad para llevarse adelante.
Esta primera parte se convierte en una tormenta de posibles ideas de cómics, aunque una de ellas se alargará durante unas cuantas páginas, cuando cree que ha encontrado la añorada idea original. Se trata de los cambios producidos en una hipotética sociedad futura de 2047, en la que un partido de felicianos (literalmente, gente feliz) llega al poder «gracias al apoyo de los eternos optimistas, los vividores y los vivalavirgen. Inmediatamente, decretan el estado de excepción y la obligación de ver la vida por el lado bueno. El desasosiego, la angustia y la apatía están prohibidos, y los depresivos son perseguidos por las fuerzas del orden cómico». Dichos depresivos pronto serán discriminados, deberán ocultar su condición para pasar desapercibidos y no ser capturados o deportados, e intentarán organizarse en una resistencia para luchar contra los felicianos. Tal cual.
El título de la segunda parte de la trilogía hace referencia a una cita del poeta y crítico francés Nicolas Boileau (1636-1711) en su obra El arte poética (L’Art poétique, 1674) que, a su vez, citaba al poeta latino Horacio del siglo I a. C., y que dice así: «Quién bien concibe dice claramente. Las palabras le vienen fácilmente». Una afirmación que entraba directamente en contradicción con la sentencia de Nietzsche, que abogaba por el caos. En cualquier caso, esta segunda parte trascurre en un centro psiquiátrico donde el autor pidió ingresarse voluntariamente para poder descansar realmente, tal y como le aconsejaban médicos, familia y amigos. El ingreso se convirtió en un baño de humildad brutal al reconocer que nadie, ni pacientes, ni médicos, ni asistentes, conocían al archiconocido y exitoso autor de cómics, Manu Larcenet. Allí era, simplemente, Jean-Eudes.
Esa reflexión le ayudó a entender la importancia de ser humilde, la importancia de contemplar su entorno, la importancia de observar a los clásicos (aunque esa acción le podría provocar el síndrome del impostor mezclado con el síndrome de Stendhal), y, también, reflexionar sobre su obra y sobre la evolución de los gustos de los lectores, teniendo en cuenta que estamos hablando de un profesional con casi cuatro décadas de experiencia publicando. Finalmente, un amigo le recomendó que se leyera la novela La carretera de Cormac McCarthy, y mientras lo leía, pensó que sería capaz de narrar esa historia en forma de cómic. Y ese infierno en que decidió sumergirse, le sacó de su infierno particular. Eso sí, el día siguiente de acabarlo, empezó otro cómic, pero esta vez en color, de humor, y con las narizotas características de sus personajes histriónicos. Pero esa es otra historia.



