Las declaraciones recientes de Bob Pop, activista cultural y figura ligada a los comunes, han sacudido el tablero de la izquierda barcelonesa. Su anuncio de interés por optar a la alcaldía de Barcelona ha generado sorpresa, entusiasmo, y también debate dentro y fuera del partido. Hablamos con él sobre sus motivaciones, su visión de la ciudad y su propuesta de una política que combine ambición, compromiso… y del sentido del humor.
Tu anuncio sorprendió a mucho/as, así que déjame que te pregunte de manera directa: ¿va en serio tu interés para ser el siguiente alcalde de Barcelona?
Va en serio. Y va de sorprender, de demostrar que hay vida y que se pueden cosas. Estoy completamente a disposición del partido, de las bases y del espacio político que me representa: los comunes. He estado al lado de Ada Colau durante años, apoyándola en muchas campañas, y creo que ahora es el momento de dar un paso adelante. También hay algo que tiene que ver con recuperar la ilusión desde otros lugares, con hacer política desde lo lúdico, desde lo inesperado. Quiero que también sea divertido, ¿sabes? En la izquierda no solemos darnos permiso para la diversión, y eso es un error.
¿Y cómo ha reaccionado tu entorno político más cercano?
He recibido mensajes de todo tipo, también desde dentro del partido. Algunos preguntaban: “¿Pero esto de qué va?” Y lo entiendo. No es lo habitual. Pero también me han agradecido mucho que diera el paso. Ayer mismo hablé con personas del partido y fue todo muy positivo. Me explicaron cómo serían los procesos, qué pasos seguir… Estoy en contacto, soy militante desde hace muchos años, y esto no es una locura improvisada. Estoy haciendo las cosas con respeto y dentro del marco del partido.
En términos de propuesta política, ¿cuáles son los ejes que te gustaría poner sobre la mesa?
Barcelona es una ciudad que me emociona, pero que también me preocupa. Tengo la sensación de que alguna vez hubo un proyecto —un proyecto colectivo, del partido— que nos ilusionaba. Ada hizo algo muy importante: nos devolvió las ganas de hacer política, de intervenir en lo común. Ahora siento que Barcelona se ha convertido en un producto de consumo, y eso hay que cambiarlo. Una amiga me dijo una frase que me marcó: “Queremos a Barcelona, pero necesitamos que Barcelona nos quiera también.” Eso me resuena muchísimo. Es como estar en una relación desigual: tú das, pero la ciudad se va volviendo ajena. Ya no nos pertenece.
¿Y quiénes crees que están haciendo que esa desconexión crezca?
No son solo los turistas, que ya es un clásico. Es todo un ecosistema de actores: los nómadas digitales, los fondos de inversión, los cruceros… Toda esa lógica del capital que convierte a Barcelona en un escaparate, un parque temático. Es una ciudad maravillosa, sí, pero cada vez más difícil para vivir.
Y lo que quiero no es solo denunciarlo, sino pensar en cómo revertirlo. Que vuelva a ser un lugar habitable, no solo visitable. Que nos devuelva espacios de vida, de comunidad, de sentido.
¿Qué medidas concretas ves necesarias para lograr eso?
Remunicipalizar servicios es clave. Recuperar el control sobre lo básico. Pero también necesitamos espacios de encuentro reales, no de consumo. Sitios donde la gente pueda verse, hablarse, conocerse. Para mí, esa es la mejor forma de luchar contra el fascismo: el encuentro directo. No quiero enterarme de los peligros de mis vecinos porque Ana Rosa me lo dice. Quiero conocer a mis vecinos porque vivo con ellos. Porque compartimos ciudad, problemas, aspiraciones. Y porque el miedo solo crece cuando estamos aislados.
Hablabas antes de una manera distinta de ejercer el poder. ¿Qué significa eso para ti?
Ser honesto. Si llego a ser alcalde, me gustaría explicar muy claramente qué puedo hacer, qué no puedo hacer, y por qué. Y si algo no se puede hacer, cómo intentarlo de otro modo. No creo en vender humo. Creo en la política que reconoce sus límites, pero también busca caminos alternativos. Y eso pasa por cambiar el estilo de gobierno, por no repetir lo mismo con otras caras. Ser diferentes de verdad. Transparentes, accesibles, imperfectos incluso, pero auténticos.
Parece, sin embargo, que no vivimos en una época donde la confianza en el poder transformador de la política cotice al alza.
De la misma forma que creo que la ficción puede crear realidades nuevas, también la política puede hacerlo. Pero hay que atreverse a imaginar, a proponer otras formas de hacer, de vivir, de decidir. No solo gestionar lo que hay, sino empujar hacia lo que puede ser.

