Tanto el tablero político catalán como el español giran en torno a la pregunta que encabeza este artículo. La política española se ha convertido en una carrera de resistencia donde el único objetivo parece ser aguantar. Pedro Sánchez, con su estilo camaleónico, ha sobrevivido a mociones, pactos imposibles y escándalos mediáticos. Pero la pregunta ya no es si caerá, sino cuándo y cómo. Y, sobre todo, qué vendrá después.
En Madrid se juega al malabarismo institucional, con el líder socialista tratando de mantener el equilibrio entre la gobernabilidad y la supervivencia, mientras prueba la medicina que él mismo permitió aplicar al independentismo catalán. Sánchez está comprobando en primera persona la “clemencia” de un poder judicial español corrupto y antidemocrático.
Y mientras el “deep state” trabaja con su habitual eficiencia para garantizar que ningún inquilino de La Moncloa se desvíe del principal objetivo —que no es otro que garantizar la “sagrada unidad”—, el gobierno socialista intenta mantener los difíciles equilibrios del acuerdo de investidura de la mayoría progresista. A estas alturas, ha quedado acreditado que los compromisos con Junts y ERC eran papel mojado. La amnistía ha sido una jugada arriesgada, pero no altruista. Una moneda de cambio para la investidura, no una apuesta por un diálogo real. Y eso lo saben tanto Junts como ERC, que comienzan a prepararse para un escenario post-Sánchez. No se ha cumplido ninguno de los acuerdos, más allá del uso del catalán en el Congreso de los Diputados. Un balance triste y frustrante, aunque Rufián y Nogueras se esfuercen en hacerse los ofendidos con una doble versión —una “quinqui” y otra más “pija”— de un mismo fracaso. Retórica vacía que solo sirve para agrandar el desastre.
Si Feijoo y Ayuso aprenden a callar un poco, parece evidente que el escenario que se vislumbra pasa por un gobierno PP-Vox con una agenda recentralizadora y una clara voluntad de desmantelar los pocos avances progresistas alcanzados. El espantajo del “que viene la ultraderecha”, que funcionó durante un tiempo, ya no convence a buena parte del electorado español. Habría que reflexionar, durante la travesía del desierto que se avecina, sobre la debilidad de generar discursos tan pobres.
Desde Cataluña, viviremos el efecto dominó de la caída de Sánchez. Todo se sacudirá y el tablero se agrietará. Quizá esta sea la única buena noticia que tengamos. Toca que Junts y ERC rindan cuentas por todo lo que ha pasado desde 2017. Las próximas convocatorias electorales pueden suponer la apertura de un nuevo ciclo en la política catalana. Posiblemente, el PSC será el gran beneficiado, ya que Illa asumirá el papel, en clave española, del último reducto de resistencia frente a la ultraderecha. Esto, sumado a que el voto independentista se dividirá entre Alianza Catalana y la abstención activa de castigo a los partidos responsables del fracaso del 17, permitirá al socialismo catalán seguir en el poder durante un tiempo. Eso sí, con grandes dificultades para obtener apoyos y acuerdos parlamentarios.
Mientras tanto, el independentismo processista activará dos mantras contra el independentismo. El primero, acusarlo de apostar por el “cuanto peor, mejor”, en el sentido de celebrar que gobierne la extrema derecha en España. Una acusación tan tramposa como absurda. ¿Cuándo entenderemos que gobierne quien gobierne el Estado español —no el pueblo español— siempre trabajará en contra de Cataluña? Quizá lo que necesitamos es asumir que no hay encaje posible con un gobierno español descaradamente hostil, sin caras amables que oculten falsas promesas.
El segundo mantra será etiquetar a Alianza Catalana como extrema derecha, dando continuidad a un error que empezó con absurdos cordones sanitarios y el bloqueo incomprensible de medios afines al poder. El partido de la alcaldesa de Ripoll es una formación de derechas, racista y aporofóbica. Pero cada vez que un periodista o político la califica de extrema derecha, le proporciona un voto más de cara a futuras contiendas electorales. El probable crecimiento de Alianza será el precio, carísimo, que se pagará por los errores cometidos. Una parte de la ciudadanía los votará harta de discursos independentistas llenos de renuncias y mentiras, y decepcionada por discursos de izquierda que no se atreven a hablar de manera valiente sobre temas como la inmigración. Sílvia Orriols ha sabido capitalizar el desencanto, el miedo y la indignación de una parte de la población que se siente abandonada por el independentismo institucional y menospreciada por el progresismo urbano. Alianza Catalana no juega a la gestión, juega a la confrontación. Y en un contexto de crisis económica, inseguridad y desafección política, este tipo de mensaje encuentra terreno fértil. Su crecimiento en municipios pequeños y medianos es solo el preludio de un gran salto al Parlamento.
La suma de un independentismo huérfano de representación política y del crecimiento de Alianza Catalana no será un fenómeno anecdótico. Será una alerta roja para ERC, Junts y la CUP, que han perdido el poco crédito que les quedaba. Es necesario que todos los responsables del fracaso del proceso independentista se aparten de una vez y se comience a construir, desde la base, nuevos proyectos ilusionantes que ayuden a superar la desafección y la frustración acumulada.


