“No lo había pensado” es una respuesta habitual de cierto sector poblacional ante una crítica por no haber hecho las tareas del hogar, por olvidarse del cumpleaños del mejor amigo o por no haber preguntado, calendarizado u organizado un tema personal (desde médicos a conversaciones pendientes). La manera en la cual las mujeres hemos socializado hace que, normalmente, nos preocupemos antes, o tengamos más interiorizada la consideración por estos temas. El hecho de asumir el rol de cuidadoras dentro de las relaciones de pareja, personales y profesionales hace que la banda sonora de nuestra vida apele constantemente a un “asegúrate de tenerlo todo controlado”. A este hecho, dentro de la pareja, se lo conoce como la carga mental del amor, titulado de este modo por la investigadora Allison Daminger en su artículo “A Cognitive Labor of Love”. La autora describe de una manera muy perspicaz su rutina en pareja, cómo se organizan en la división de las tareas domésticas y cómo es consciente de que en ocasiones asume más que su pareja masculina, de hecho, la idea del artículo no es debatir sobre la desigualdad en el reparto de las tareas domésticas entre hombres y mujeres, sino hablar de la desigualdad cognitiva previa a esa repartición. El proceso de identificación de las tareas pendientes, su planificación, división y revisión tiende habitualmente a ser asumido por las mujeres, no por los hombres. Por este motivo se habla de carga cognitiva, porque, a pesar de intentar dividir las tareas de manera igualitaria entre hombres y mujeres, parece ser que la carga mental no se reparte de la misma manera, sino que la asume, casi siempre, la mujer.
Es fácil identificarse con la idea de que una es más organizada o detallista que su pareja, o que simplemente él no ha pensado en aquello que nosotras hemos identificado. Detrás de este “no lo he pensado” se encuentra precisamente la desigualdad mencionada. Poder permitirse no pensar en estas pequeñas cosas hace que a nivel cognitivo los hombres, en general, puedan dedicarle más espacio mental a otro tipo de tareas. Hablamos de una división del tiempo y de un ejercicio cognitivo desigual. Dentro de la literatura académica de las ciencias del comportamiento se señala que las mujeres, en ocasiones, suelen sentir que van con más prisa que los hombres, que están más estresadas y preocupadas por todo aquello que pueden tener en mente. No nos tendría que sorprender que sean ellas quienes sufren más en este sentido, si son ellas las que tienen en mente todas estas tareas, no solo a la hora de ejecutarlas, sino también a la hora de gestionarlas. A pesar de que la carga mental la lleven ellas, algunos estudios señalan que el poder para tomar decisiones es mutuo, es decir, no por dedicar más tiempo y espacio mental a las cuestiones relacionadas con el ámbito doméstico, las mujeres tienen un poder de decisión más grande sobre ellas. Hecho que se traduce en una desigualdad de tareas, pero no de poder. Este resultado es curioso, puesto que señala la invisibilidad de la planificación y ejecución de estas tareas; hacerlas se tienen que hacer, pero hacerlas no reporta un beneficio extra o un reconocimiento a las mujeres. Se trata de tareas invisibilizadas.
En este artículo se habla de la carga cognitiva del amor, o en relaciones de carácter personal, pero esta carga cognitiva desigual entre géneros se puede ver en otro tipo de vínculos. Cuando se habla de las tareas invisibilizadas en el entorno laboral y se mencionan las brechas de género un caso clásico que sirve para ejemplificar esta situación es el de las tareas administrativas. Las mujeres, a pesar de estar en el mismo nivel jerárquico que los hombres, son habitualmente las personas que asumen aquellas tareas que tienen que ver con tomar notas, convocar reuniones o redactar mensajes. Todas aquellas tareas que tienen carácter administrativo. En cambio, son los hombres quienes, normalmente, toman roles de liderazgo y asumen una serie de tareas que tienen más visibilidad. El problema no es la división de las tareas, sino su división sistematizada por género, de hecho, el problema es que estas tareas de carácter más administrativo suelen estar feminizadas e invisibilizadas, puesto que no tienen el mismo reconocimiento que las tareas relacionadas con la toma de decisiones. El patrón de carga cognitiva de las relaciones personales se traslada a la dinámica laboral: todo funciona y sigue su ritmo (la casa, el trabajo, la vida social), puesto que hay una persona (habitualmente una mujer) que, sin recibir crédito, piensa en estos pequeños detalles y los lleva a cabo diariamente.
Cada decisión que tomamos implica una renuncia, cada vez que escogemos algo estamos prescindiendo de otra cosa. Decidir, de manera más o menos inconsciente o condicionadas por los patrones de socialización de género, organizar, preparar, calendarizar y desarrollar tareas implica dedicarles menos tiempo a otros temas: ocio, vida personal, salud etc. La carga mental del amor y la desigualdad cognitiva que esta alberga hacen que el tiempo efectivo del cual disponen hombres y mujeres sea diferente. No sé hasta qué punto el ejercicio de auditar cada una de las tareas que realizamos en nuestro día a día, en el trabajo, con las amigas, con la pareja, es la mejor manera de empezar a romper patrones. Lo que sí nos puede ayudar a dejar de invisibilizar estas tareas y a desfeminizarlas es hacer la reflexión sobre en qué lugares y por qué motivos decidimos dedicar nuestro tiempo, tanto a nivel físico como mental.

