
La noticia del desalojo del B9 de Badalona me ha despertado una serie de rabias nada inauditas, algunas de ellas centradas en la hipocresía de gran parte de los medios de comunicación, quienes, antes de la medida tomada por el alcalde García Albiol. se preocupaban poco o nada por el último submundo de la precariedad de vivienda, algo que desde luego no pueden decir de estas páginas, donde desde hace años hablamos de barraquismo, escribiéndolo porque lo paseamos.
Y esto implica documentarse sobre el lugar, lo que conduce a ser consciente de una realidad que suele concentrarse en los márgenes, haciéndola invisible, algo ya anunciado por Pier Paolo Pasolini en la Roma de los años cincuenta del siglo pasado, imitándolo con sus propios matices nombres olvidados como Paco Candel o Juan Marsé, el primero mencionado en 2025 por obligación de centenario.
El tercer mundo del primero, opulento y nada interesado en mostrar sus vergüenzas, se ha expandido también por el centro con ejemplos que van desde los cartones en los pórticos de la Rambla junto al Palau Moja, construidos por un alcalde Güell para completar su casa, hasta los pedigüeños en portal de l’Ángel, la calle comercial con el metro cuadrado más caro de toda España.

Esto sería una porción ínfima y, por lo tanto, enorme de miseria al aire libre. El asunto de Badalona nos catapulta a cuestiones como el racismo que ahora se ama definir trumpista y que, sin embargo, está insertado en la sociedad catalana desde hace décadas. Cambia el color, no así el significado del término, que al menos esta vez ha derivado en una piedad navideña de información con dramas muy literales por lo de dormir bajo el puente.
La condición migrante de los damnificados del B9 nos hace escalar hasta el segundo peldaño de esta desastrosa escalera a la búsqueda de cuatro paredes casi imposibles de encontrar. Los extranjeros no tienen el soporte de una tradición que es una cadena consistente en un ciclo de propiedad o alquiler, arriban a nuestras tierras en pos de oportunidades y topan con la utopía de disponer de dinero limpio para residir en paz.

De este modo, muchos de ellos, también algunos connacionales, optan por los asentamientos, mientras los ricos expats revientan los precios en muchos barrios y expulsan a sus habitantes de toda la vida, sin que ello sea noticia casi nunca.
Los más pobres suelen encabezar titulares, salvo si hay desgracias en el horizonte. La tarde de nochebuena doy un largo paseo investigador por territorios archiconocidos por mis pies y neuronas. Como saben, en enero derribarán la estación de mercaderías de la Sagrera. Han tapiado sus puertas y no han meditado sobre cómo podía ser un equipamiento.
Cuando la tiren al suelo y dejen pasar algunos meses hasta las prometidas obras, la piqueta es veloz a diferencia del Poder, verán como el espacio será ocupado por los expulsados, tras un incendio algo sospechoso, de la parte inferior del pont de Bac de Roda. Este, el Calatrava para todo hijo de vecino, era la cola o la punta de lanza de un macro poblado de barracas que alcanza hasta su hermano, el pont del Treball Digne, increíble por la inmensa hilera de casitas hechas desde la más pura desesperación.

Para evitar que proliferen, cubren todo el primer tramo de Gran de la Sagrera tras el carrer del Clot y luego se desvían bajo Berenguer de Palou, veo candados en vallas de alambre, rotas en varias secciones para propiciar la entrada al campamento, que tiene un lavabo en una vieja caseta de fábrica de donde salen unos adolescentes para andar un rato por la civilización que los omite.
No me atrevo a colarme en esos dominios. Dejo atrás el Treball Digne, uno de los nombres más imbéciles del nomenclátor, y camino con la Nau Bostik en mi horizonte, esta sí preservada desde la nulidad de la esperanza, pues desde hace décadas quieren promocionar de boquilla el arte en el extrarradio con centros así, sin alcanzarlo al enmudecer su altavoz.
La estación de mercaderías de la Sagrera podría cumplir su función, pero claro, en su fachada no figuran lemas inofensivos que apelan a la Revolución, falsísima desde esa tesitura de progresismo tan políticamente correcto de nuestra centuria, el mismo que no acepta ninguna crítica constructiva.

Mi ruta no ha terminados. Podría irme hacia otras latitudes. Daría igual cuales. En cada una de ellas darán con tiendas de campañas individuales, algunas escondidas en soportales, otras discretas, aunque sin tanto tino en el arte de ocultarse. Ello es debido a cómo el problema de la vivienda tiene muchas caras y hasta el momento casi ninguna solución. Los que van por libre quizá sean occidentales, mientras las agrupaciones corresponden a nacionalidades recién llegadas, más solidarias y aún imbuidas de un sentimiento colectivo, aquí destrozado por el neoliberalismo, feliz de haberse cargado tras la caída del Muro de Berlín cualquier atisbo de acción colectiva.
La municipal, lo hemos visto, brilla por su ausencia y se imbuye de lo nuevo como maná. Si los pisos se inauguran serán mejores parecen decirnos, sin reflexionar siquiera un instante en otras políticas y en la cantidad de inmuebles vacíos, como algunos patrimoniales que así tendrían otra vida.

En cambio, no menosprecian el hueco, aunque eso depende de intereses empresariales. En mi itinerario hacia el Bon Pastor diviso un aparcamiento gigante o un cementerio de coches. Como nadie más lo notificará a nadie más molesta. Una vez alcanzo ese barrio, que antes fue Sant Adrià, me dirijo raudo y veloz hacia su antiguo polígono, nacido a raíz del boom migratorio de los años veinte.
En las pasadas navidades era el reducto para los chatarreros que no disponen de almacenes pegados a rascacielos de lujo en el 22@. Nadie se preocupó por difundir la defunción de un siglo de Historia. Sólo quedan cascotes, robo uno decorado para tener su memoria, y la morfología de las calles, que aún tardará en desaparecer, al menos hasta 2028, año en que se anuncia el quilómetro cero para construir vivienda pública en ese solar que sólo recordará un pequeño museo unos centenares de metros más allá. Entre ambos segmentos han bautizado una plaza como de Todas las Libertades, otra mueca sarcástica del revólver, encantado de vender humo en las periferias, donde nadie lo compra y menos lo fuma. Si lo hicieran en el centro tampoco pasaría nada. Han ganado la partida de la amnesia histórica y la pasividad para resolución de urgencias que a todos nos afectan, decorándonos la Navidad con el lamento por Badalona, el mismo del que han carecido a lo largo de 2025. Feliz año nuevo.



