El populismo, básicamente consiste en recoger y canalizar de la manera más fiel posible la voluntad popular, independientemente de que esa voluntad sea moralmente aceptable, tecnológicamente posible o socialmente viable. La legitimidad del populismo emana de la “voluntad del pueblo” y el líder populista se presenta como la voz auténtica de una mayoría que ha sido “traicionada” por las élites. Su autoridad se caracteriza por ser carismática y emocional. Lo que el pueblo quiere es lo que debe hacerse, sin importar las restricciones técnicas y las instituciones intermedias (jueces, prensa, expertos) son estorbos. El populismo se utiliza especialmente en temas territoriales e identitarios, apelando a la “mayoría silenciosa” de la ciudadanía frente a las élites externas o el actual gobierno. El populismo todo hay que decirlo, gana adeptos a partir de las demandas populares insatisfechas, el resentimiento político y cuando la población percibe que hay un desafío serio “a nuestro estilo de vida”. En estos casos los líderes populistas se hacen atractivos al proponer soluciones que precisamente son atractivas por ser simples, aunque a a priori son inaplicables a la complejidad el mundo actual.
Por otro lado, la tecnocracia pretende ofrecer soluciones técnicas a los problemas sociales o políticos. Su discurso central es la “gestión eficiente” como si el Estado o el país fuese una empresa. Los tecnócratas se presentan como los técnicos que vienen a arreglar lo que los políticos han estropeado. Su legitimidad emana del conocimiento de los expertos. Los problemas sociales se ven como problemas técnicos que tienen una “solución correcta” basada en datos, ciencia o economía. Su autoridad se caracteriza por ser meritocrática y racional. Los datos son los que dictan lo que debe hacerse, independientemente de los deseos populares. El debate político es visto como una pérdida de tiempo o una fuente de ineficiencia.
Los que tiene ambas opciones en común (y ese es el problema), es hacer irrelevantes o incluso suprimir las Instituciones de intermediación entre las necesidades o demandas de la ciudadanía y el poder ejecutivo, legislativo y jurídico. Sin embargo y aunque a menudo se presentan como polos opuestos, el populismo y la tecnocracia son las dos caras de una misma moneda en la crisis de la democracia representativa actual. La praxis política, consiste básicamente en el dialogo, la contrastación de pareceres y valores, la toma meditada de decisiones, su ejecución y de manera esencial asumir las responsabilidades de las situaciones generadas por esas decisiones; lo que a su vez implica el ser capaces de reconocer errores y reformular las decisiones tomadas. Sin embargo, “lo que políticamente hay que hacer” choca con un laberinto de obstáculos que sorprendentemente surgen en gran medida del populismo y la tecnocracia. Es frecuente que ni los deseos de las persones coincidan con lo que hay que hacer, ni las opciones tecnocráticas permiten conseguir lo que la ciudadanía desea.
Sorprendentemente, en la gestión política actual y especialmente tras la crisis de 2008 y la pandemia de la COVID, ambos conceptos han empezado a mezclarse. Es lo que se conoce por “tecnopopulismo”. Los líderes que prometen “gestionar el Estado como una empresa” a menudo usan un lenguaje populista, pero proponen soluciones tecnocráticas basadas en la eficiencia, los algoritmos y lo que proponen los expertos. Tanto populismo como tecnocracia frecuentemente coinciden en su rechazo al pluralismo y ambos pueden acabar coincidiendo en que no hay espacio para el debate. El populista dice: “Esta es la única voluntad del pueblo” y a su vez el tecnócrata dice: “Esta es la única solución técnica posible”. En ambos casos, el que no está de acuerdo es visto como un enemigo o como un ignorante.
Los partidos del sistema político español actual, utilizan tanto el populismo como la tecnocracia de manera estratégica básicamente dependiendo de si el partido está en el gobierno o en la oposición, y de si el tema es económico o identitario. Los dos grandes partidos tradicionales (PSOE y PP) suelen combinar ambas fórmulas para maximizar su eficacia electoral y de gestión. Los partidos que nacieron para romper el bipartidismo (Vox y Sumar / Podemos) son, por definición, más populistas en su discurso, aunque con matices. Por ejemplo, Vox (es decir el populismo de derecha pura), es básicamente populista y su tecnocracia es mínima, ya que priorizan la voluntad nacional y la soberanía sobre las directrices técnicas internacionales como El Tratado de la Unión Europea o la Agenda 2030. Por otro lado, Sumar / Podemos son un populismo de izquierda transformado (la “casta” vs. “los de abajo”). Sin embargo, cuando entraron en el Gobierno con el PSOE, han intentado “tecnocratizar” su discurso. Por ejemplo, Yolanda Díaz suele sustituir la retórica de confrontación por un lenguaje más técnico y de negociación de datos (“los números cantan”).
Un caso particular lo constituyen los nacionalismos de ERC, Junts y PNV aunque con diferencias claras. Por ejemplo, el PNV, es posiblemente el partido más tecnocrático de España. Su mensaje se basa en la gestión de proximidad, la eficiencia presupuestaria y el pragmatismo técnico (el autoproclamado “modelo vasco”). Se identifica totalmente con el “pueblo vasco”, presentándose como un partido que es la encarnación misma de los intereses de la sociedad vasca. Por otro lado, Junts y ERC, combinan un populismo de base identitaria (el pueblo catalán vs. el Estado español) con una gestión institucional que intenta ser tecnocrática para demostrar su capacidad de autogobierno.
Podríamos concluir que, en España, la tecnocracia se usa para tranquilizar a los mercados y a la UE, mientras que el populismo se usa para movilizar el voto. El partido que mejor equilibra ambas suele ser el que consigue mantenerse en el centro del poder. Determinar qué partido logra el mejor equilibrio es subjetivo y depende de lo que cada elector valore más: si la eficacia en la gestión (tecnocracia) o la conexión con las demandas sociales (populismo). Sin embargo, desde el análisis de la praxis política, el PSOE y el PP son los partidos que históricamente han perfeccionado este equilibrio para mantenerse como los “partidos de gobierno”.
A título personal, creo que el PSOE bajo el liderazgo de Pedro Sánchez ha desarrollado una fórmula muy equilibrada. Combina el lado populista utilizando una retórica de confrontación contra las “élites financieras y religiosas”, lo que le permite conectar emocionalmente con una base electoral amplia que se siente vulnerable y el lado tecnocrático, exigiendo la disciplina fiscal estricta demandada por Bruselas, confiando la gestión económica a perfiles de altísimo perfil técnico (como fue Nadia Calviño, por ejemplo). El resultado es que logra que sus medidas parezcan “la voluntad del pueblo” pero con el sello de “aprobado por Europa”.
En el caso del PP, el Sr. Feijóo busca un equilibrio distinto. El lado tecnocrático es su núcleo fuerte. Se presenta como el partido de los “buenos gestores”, especialistas en economía que no se dejan llevar por ideologías, sino por lo que los números dictan. Todo ello sin abandonar el lado populista para no parecer una “gestoría fría”, equilibrando su discurso apelando al sentido común de la “gente corriente” y utilizando temas identitarios (la unidad de España) para generar una conexión emocional con el electorado. El resultado es que logra que la tecnocracia parezca una forma de patriotismo (salvar la economía para salvar al país).
En resumen, en la política española actual, el equilibrio no es estático. Los partidos funcionan como péndulos: usan el populismo para ganar elecciones y la tecnocracia para poder gobernar sin que el sistema colapse. Al final lo que hoy podemos definir como política es algo tan simple y complicado como la forma en que nos peleamos y a la vez nos protegemos como sociedad. Es el choque entre miedos y esperanzas: miedo a que te quiten derechos o seguridad, esperanza de vivir con más dignidad, respeto y libertad. Política es, en definitiva, todo lo que hacemos para decidir cómo queremos vivir juntos. En el fondo, la política es el intento, muy humano e imperfecto, de que la vida de unos no perjudique a los demás. Esperemos que de una manera u otra la política nos permita vivir cordialmente la mayor parte del tiempo, aunque a veces nos pelemos.


