Oculto en las entrañas de un antiguo palacio aristocrático de la calle del Pi, resiste un histórico superviviente cultural: el Cine Maldá, la sala de una única pantalla más antigua de la ciudad de Barcelona. El sábado 1 de diciembre de 1945 se encendía el proyector por primera vez con una película cargada de simbolismo: El hombre de gris (The Man in Grey, 1943), dirigida por Leslie Arliss, un filme sobre la hipocresía de las clases altas, donde nada es lo que parece. Bajo la superficie de vestuarios lujosos y modales aristocráticos, el largometraje diseccionaba la crueldad de Lord Rohan, un hombre cuya grisura no era más que la ausencia de alma, una máscara de frialdad utilizada para navegar en sociedad. La identidad era en realidad una trampa, mientras el espectador indagaba en la oscuridad que ocultamos tras nuestra fachada pública. Una elección que se podría interpretar como profética poco más de ochenta años después.
El Cine Maldá, el único del Barrio Gótico, es la sede principal del nuevo La Rambla Film Festival, una iniciativa dirigida por el director y productor de cine, Santi Lapeira, cuyo loable objetivo es trascender el formato de acontecimiento puntual en el calendario para establecer un ecosistema cultural durante el año, con el cine como motor de cohesión social del territorio, la visión es recuperar La Rambla como eje de la cultura de la ciudad, rememorando una época no muy lejana, ahora transformada por el impacto del turismo y la gentrificación. La primera edición del festival se celebra del 16 al 23 de enero de 2026, con varias sedes participantes además de la cinematográfica, como el Museu Marítim, el Museu de Cera o la recientemente inaugurada tienda de FNAC Rambles. La colaboración fundamental en el proyecto ha sido la de Amics de la Rambla, una asociación sin ánimo de lucro que tiene como socios a las personas que viven en La Rambla, a los comercios y a las instituciones presentes en el paseo. La capilaridad y descentralización de las actividades, junto con la implicación de los centros educativos de los barrios limítrofes, constituyen valores estratégicos fundamentales para este nuevo proyecto cultural que trata de consolidarse en el futuro para recuperar un espacio que nunca se debería haber perdido.
Durante décadas, La Rambla ha actuado menos como un paseo y más como una arteria comercial que separa dos realidades socioeconómicas. Los investigadores Joan Subirats y Joaquim Rius Ulldemolins, en su publicación Del Xino al Raval Cultura y transformación social en la Barcelona central (2005), alertaban de forma visionaria sobre el riesgo de que esta zona de la ciudad se convirtiera definitivamente en un parque temático. Describían una isla cultural desconectada de los problemas reales de la ciudadanía, una crítica especialmente dirigida a los grandes equipamientos, con el peligro de que estos vivieran de espaldas al vecindario, generando una fractura entre la cultura institucional y la vida de barrio. El nuevo festival desafía esta inercia, utilizando la histórica sala de cine como nodo central para irradiar actividad hacia el distrito de Ciutat Vella.
El profesor Greg Richards en su libro Eventful Cities (2010) distingue entre «eventos para atraer la atención» (event-based strategies) y «eventos para mejorar la ciudad» (cultural development), y analiza específicamente como los eventos culturales (festivales, exposiciones, etc.) transforman la imagen de un lugar. Diferencia entre la «cultura espectacular» (de grandes museos, por ejemplo) y la «cultura cotidiana» (el ambiente de un barrio). La propuesta del nuevo festival de cine de tener un gran momento central (la semana intensa de proyecciones) junto a un latido constante durante el año (una propuesta de sesiones para estudiantes o de un club de cine) ayuda a impulsar la palanca cultural como un derecho cotidiano y no como un artículo de lujo ocasional.
Esa intencionalidad se manifiesta en todo su esplendor en la elección de proponer una programación de óperas primas a nivel internacional, sin olvidar el talento local. Directores noveles y primeras producciones de estudiantes de cine para definir un estilo propio alejado de la estandarización global, con un impacto que va más allá de una efímera semana. El espectador construirá una red urbanística ficticia entre sus desplazamientos, que se verá favorecida por los precios populares de las proyecciones y los numerosos eventos gratuitos. La propuesta de crear en esta primera edición un premio al mejor libro sobre cine publicado en el año 2025 en diferentes géneros literarios —desde la ficción, la historia o el ensayo hasta la pedagogía y la divulgación— busca la complicidad y el reconocimiento de sus creadores, así como una valoración implícita de la importancia de la generación de conocimiento. En esta convocatoria, hay doce libros nominados que se pueden consultar en la web del festival. Esta decisión conecta el evento con la condición de Barcelona como ciudad literaria y transforma las salas de cine en ágoras de debate, involucrando a librerías y espacios de pensamiento.
La elección de los títulos de apertura del festival en su sesión inaugural no es un capricho estético, sino un manifiesto político y existencial. La sesión inaugural une el largometraje LaRoy, Texas, ópera prima de Shane Atkinson, con el cortometraje El otro, el debut en la dirección del consagrado actor Eduard Fernández. A primera vista, un neo-noir estadounidense y un drama psicológico local no parecen tener nada en común, pero ambos comparten una obsesión que resuena con fuerza en el cine Maldà: la impostura. Pero si en el largo la identidad se finge hacia fuera, ese juego de espejos deformantes encuentra su reverso oscuro y brutal en la obra de Eduard Fernández, donde la identidad se rompe hacia dentro.
El reconocido actor Eduard Fernández debuta como director y coguionista con el cortometraje El otro (2024), en el que el autor nos arrastra a esos demonios internos que no salen en las postales. Protagonista absoluto de la producción, llegando incluso a desdoblarse en pantalla, el actor se abre en canal para narrar el descenso a los infiernos de la adicción a las drogas, encarnado en la idiosincrasia de un actor que pierde su identidad de tanto prestarla a otros al representarlos en la ficción. Esa dualidad no se corresponde con el clásico doppelgänger literario, sino con una disección de la soledad del artista, lo que queda cuando se apagan los focos y solo hay silencio, como él mismo ha manifestado en las entrevistas promocionales, reconociendo implícitamente que en realidad es el resultado de un ejercicio de supervivencia.
La cámara es contemplativa mientras consume la cocaína, sin estridencias ni efectos, con una frialdad casi académica. Contemplamos la repetición mecánica, la degradación física y la rutina patética del consumo sin filtros moralizantes, lo que hace que la experiencia sea mucho más dura para el espectador. El horror no es el viaje en sí, sino la realidad inerte que queda después, narrada bajo una génesis autobiográfica, reconociendo como «esa adicción crea una personalidad alternativa, manipuladora y egoísta, que secuestra a la persona real», en sus propias palabras. Fernández no juzga al adicto; lo humaniza mostrando su fractura interna y transformando un problema social y personal demoledor, para demostrar que la cultura es una vía para la sanación y el reinicio. Proyectar esta pieza confesional en la sala del Maldà tiene una lectura casi subversiva: es traer la memoria del dolor y la fragilidad humana al interior de los muros de un palacio. Es recordar que la vida real sigue latiendo con toda su crudeza, lejos de los focos del turismo de masas.
Esa deformación de la realidad padecida por los actores se manifiesta también en la película LaRoy, Texas (2023), con guion y dirección del debutante Shane Atkinson. LaRoy no aparece en los mapas. Es una deformación de la realidad, al igual que los protagonistas de la película, que intentan ser quienes no son. Es probable que hubiera una intencionalidad de que el espectador situase la historia en la ciudad de Leroy, una pequeña localidad de apenas trescientos habitantes, rural y aislada en el interior del estado de Texas, buscando una pátina de verosimilitud en una historia esperpéntica que recuerda por momentos el humor negro y absurdo de la mítica Fargo (1996), de los hermanos Coen.
La ficticia ciudad se convierte en el territorio de una fábula de perdedores, donde un hombre deprimido tras descubrir que su mujer le engaña, es confundido con un sicario, y decide asumir ese rol para conseguir dinero rápido que pueda ayudar a recuperar a su pareja. El protagonista acepta esa máscara, habita una mentira para sentirse vivo, transitando por un universo irreal que funciona como un simulacro de la realidad. El relato presenta un caleidoscopio de personajes secundarios que ahonda en una amalgama de perdedores de diversa índole, una exposición especialmente cruel y punzante cuando se trata de visualizar los frágiles egos masculinos. LaRoy es luminosa en comparación al corto que la precedió en la sesión, una pantalla bañada en cálidos y soleados amarillos del desierto, en melodías de música country y sonrisas amistosas estampadas en los rostros de los ciudadanos de lo que parece un pueblo de ensueño donde uno puede relajarse. «Pero es un pueblo en el que una mujer como Stacy Lynn ya ha alcanzado la cima como reina de belleza y desde entonces ha caído en el olvido. Es un lugar donde alguien como Ray suele aceptar su suerte de ser un don nadie confiable e ignorado», se indica en la promoción de la película.
Esa ciudad ficticia habitada por personajes que fingen ser quienes no son parece una metáfora perfecta de la gentrificación que vacía de sentido los centros históricos. El protagonista, confundido con un sicario, decide habitar ese error. Se aferra a la mentira porque esa máscara de peligro le otorga una dignidad, aunque sea falsa, que su vida real le niega. Esta impostura resuena dolorosamente en el contexto urbano: del mismo modo que Ray finge ser un criminal de película para sentirse alguien, zonas enteras del Gòtic se ven empujadas a interpretar una caricatura de sí mismas para el visitante. Comercios que venden una tradición manufacturada o plazas que actúan como escenarios de cartón piedra; la ciudad acepta convertirse en un decorado y vender su alma a cambio de la supervivencia económica, aun a riesgo de olvidar, como el protagonista, quién era antes de ponerse el disfraz.
El verdadero asesino, que no comprende qué está pasando y quién le está quitando su trabajo, introduce una nueva dimensión épica en el relato: la importancia del honor y la responsabilidad en el trabajo. El veterano actor Dylan Baker resulta portentoso al representar la obsesión por el trabajo bien hecho y, sobre todo, finalizado a pesar de lo sórdido que resulta, buscando la dignidad en una profesión que envilece a quien la ejerce, que carece de cualquier épica o nobleza, reduciéndose a la mercantilización más abyecta de la existencia. El azar, o no, ha destacado una producción que nos recuerda el trabajo bien hecho y bien acabado, lo que parece toda una declaración de principios, en este caso no sórdidos, de un festival de cine que solo podrá continuar y crecer con la colaboración de todos. Literalmente.



