Donald Trump utilizó su discurso en el Foro Económico Mundial de Davos para algo bastante reconocible. Ante una audiencia de élites económicas y dirigentes internacionales, Trump dijo que su administración busca “negociaciones inmediatas” para la anexión de Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa. La formulación fue casi mafiosa. “No quiero usar la fuerza. No la usaré. Pero solo pedimos un lugar llamado Groenlandia. Pueden decir que sí y estaremos muy agradecidos. O pueden decir que no y lo recordaremos”. Diplomacia de presión, presentada como sentido común.

Justificó su reclamación recurriendo a la Segunda Guerra Mundial y a una versión muy interesada de la historia. Aseguró que sin Estados Unidos “ahora estarían hablando alemán, o quizá un poco de japonés”, recordó que Dinamarca fue ocupada por los nazis “tras solo seis horas de combate” y concluyó que solo Washington está hoy en condiciones de “defender” una isla que describió como “no asegurada”. En su lógica, Groenlandia no puede protegerse con acuerdos, licencias o alquileres. Hace falta propiedad. Hace falta control.

En varios momentos pareció incluso confundir Groenlandia con Islandia, atribuyéndole impactos bursátiles que en realidad se debieron a sus amenazas de imponer nuevos aranceles a países europeos. El detalle es menor en apariencia, pero revelador del tono general. Más performance de poder que política exterior en sentido estricto.

Trump intentó rebajar el choque diciendo que la cesión de Groenlandia no sería una amenaza para la OTAN. Elogió al secretario general, Mark Rutte, presente en la sala. Pero casi en la misma frase volvió a cargar contra la alianza atlántica. Repitió que Estados Unidos “da mucho y recibe poco” y sugirió que el compromiso de defensa mutua podría no ser recíproco. “Estamos ahí para la OTAN al 100%. No estoy seguro de que ellos estuvieran ahí para nosotros”. Es una forma elegante de dinamitar uno de los pilares básicos del bloque occidental sin decirlo explícitamente.

Una parte sustancial del discurso estuvo dedicada a reescribir su propio balance político. Trump habló de “milagro económico” en los primeros doce meses de su segundo mandato. Aseguró que hay “prácticamente cero inflación”, que bajan los precios del combustible y que la economía crece a gran velocidad. Dibujó un contraste total con la etapa de Joe Biden. “Éramos un país muerto. Ahora somos el país más caliente del mundo”.

Fue ahí donde volvió a colar, casi como quien no quiere la cosa, la gran mentira de 2020. Sin aportar datos ni pruebas, repitió que aquellas elecciones “estuvieron amañadas” y que “todo el mundo lo sabe”. No es una anécdota. Que vuelva a activar ese relato en un foro como Davos indica que el trumpismo no ha enterrado la narrativa del fraude. La ha normalizado como parte de su identidad política y de su proyección internacional.

El discurso incluyó también una ronda de enemigos. Trump se burló del primer ministro canadiense, Mark Carney, por advertir del carácter “coercitivo” de Estados Unidos y llegó a afirmar que “Canadá vive gracias a EE.UU.”. Atacó a Emmanuel Macron, al presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, y a la congresista Ilhan Omar. En contraste, reivindicó su “muy buena relación” con Vladímir Putin y Xi Jinping, una constante de su retórica que no es solo provocación, sino posicionamiento geopolítico.

En política energética volvió a cargar contra la transición ecológica, a la que llamó “la nueva estafa verde”. Ridiculizó el despliegue de renovables en Europa y animó a Reino Unido y a otros países a explotar más intensamente sus recursos fósiles. Nada nuevo, pero sí más explícito en un contexto de crisis climática que ya no admite cinismo performativo sin consecuencias.

Más allá del tono errático, el mensaje de fondo es bastante claro. Un Estados Unidos que se concibe a sí mismo como potencia extractiva, dispuesto a imponer su voluntad territorial y económica. Un presidente que mezcla ambiciones imperialistas con una erosión abierta de consensos democráticos básicos, empezando por la legitimidad electoral.

Que todo esto se proclamara desde la tribuna de Davos no lo convierte en una excentricidad. Lo hace más inquietante. Groenlandia, la OTAN y la mentira del fraude de 2020 no aparecen como temas inconexos, sino como piezas de una misma lógica. La política internacional entendida como chantaje permanente y como guerra de relatos, donde los hechos importan menos que la capacidad de imponer una versión interesada de la realidad.

Actualización: 

Pocas horas después de su discurso, Trump anunciaba en su red social True Social que “después de una reunión muy productiva con el secretario general de la OTAN Mark Rutte…no impondré los impuestos (tariffs) que tenían que entrar en vigor el 1 de febrero [a los países como Francia, UK o Alemania que habían movilizado tropas a Greonlandia]. Conversaciones adicionales están teniendo lugar en relación al Golden Dome [el sistema de protección antimisiles] ya que pertenece a Greonlandia.

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