
A poco que se estudie la ciudad democrática, aquella nacida tras la muerte del último dictador y la celebración de elecciones municipales a partir de 1979, se detecta sin muchas dificultades un desinterés histórico por el patrimonio.
Esto se hace visible con un dato que suele enfadar a mucho subordinado, fácil de encolerizar con aquello de mencionarle cómo el último catálogo patrimonial publicado por el Ayuntamiento data de 1987.
La fecha, como podrán intuir, no es casual: conecta con la refundación de Maragall y entronca con el voraz aumento del precio de la vivienda. Desde ese instante preolímpico siempre ha ido a más, mientras menguaban los edificios a resguardar de la piqueta, desatada durante la alcaldía de Collboni, quien ama presumir de muchas obras que no surgieron de su iniciativa, pero que, en muchos casos, ha radicalizado para ponerse medallas de constructor social y, sobre todo, congraciarse con muchas inmobiliarias sin pensar en el pasado.

Porque el primer ciudadano es, ante todo, un claro adalid de muchos valores del presentismo, feliz por posar para mil fotos, seguir la corriente y salir ileso de ciertos pecados al invisibilizar muchas de sus destrucciones, más bien poco creativas, centradas en arrasar con lo pretérito para edificar obra nueva, descarnada asesina de recuerdos y memorias en la mayoría de los setenta y tres barrios.
Uno de los ejemplos más claros —pondremos varios para argumentar con fundamento— se localiza en el muy ignorado Camp de la Creu, algo curioso dada su trascendencia histórica en Les Corts.
Situado a la derecha de la plaça de Francesc Macià, su origen data de la segunda mitad del siglo XIX y creció hace poco más de cien años para trenzar una estructura urbanística propia de una civilización cercana que mezclaba el ambiente de pueblo con el buen trato a los trabajadores, como aquellos residentes desde 1923 en los pasajes de la Colonia Castells, propiciados por la viuda de este empresario de charoles y barnices.
Las travesías eran la guinda a un ambiente popular con epicentro en la plaça del Carme, que juntaba en su cruce el carrer de Morales, aún con una cabeza de caballo en una fachada, y el de Montnegre, donde el consistorio derribó una finca con valor arquitectónico y sentimental bajo el pretexto de erigir un bloque con 158 apartamentos que, por ahora, ni está ni se le espera, como la pobre plazoleta, demolida hasta eliminar cualquier atisbo de lo que fue.
La finca liquidada destacaba por la cabeza de un carnero. A pocos metros, la Colonia Castells se ha transformado en el homónimo parque, arquetípico y más bien forzado, porque aún no se han limpiado todos los restos de su viejo legado, solo reivindicado por el vecindario, pues al actual poder le cuesta demasiado trabajar para divulgar la historia barcelonesa al preferir tender una autopista de homologación sin cultura y con consumo.

Para dejar algunas migajas han expresado su generosidad al preservar medio tramo del passatge Piera, que deberían musealizar de manera dinámica, no como con la reliquia de las casas baratas del Bon Pastor o el pilar del viaducto de la ronda del Guinardó: ruinas sin significado, abandonadas a su suerte desde una piedad algo cretina, idónea para borrarlas del mapa tarde o temprano, pues sin síntesis ni voz es como si no fueran.
El exterminio del Camp de la Creu, que en menos de una generación nadie podrá recordar como tal al carecer de referencias, se extiende a otros rincones urbanos, como el carrer del Consell de Cent, junto al parc de les Glòries, ampliado antes de las elecciones de 2027 porque la piqueta acabará con tres manzanas que estorbaban su imperialismo, sin tener en cuenta un par de puntos a remarcar.
No podemos quejarnos del avance de un espacio buenísimo para Barcelona y que, como hemos esgrimido en estas mismas páginas, puede ser paradigmático de una ciudad con muchos centros que engarcen mejor los barrios tanto en lo identitario como en lo económico. Sin embargo, pese a ser esta acción la crónica de una muerte anunciada, es algo chocante ese decantarse por más verde y petancas cuando esas viviendas —he aquí la pareja a resaltar— podían aunar el testimonio de un Consell de Cent industrial ajeno al Eixample y la posibilidad de rehabilitarse para acoger equipamientos y pisos con el don de fundir lo viejo y lo nuevo.
También podía producirse este bendito encuentro en la estación de Mercaderies de la Sagrera, pero, oh, había que alinear bien el suelo. ¿Ocurre lo mismo en la ronda del Guinardó, ese espléndido barrio cerca de todo aunque tan lejano desde la ignorancia que muchos tienen de la periferia?

En los últimos años, tanto Colau como Collboni, que no mueve un dedo en su supuesta patria chica del Baix Guinardó, se han cargado muchísimo patrimonio, desde el Laboratorio Esteve de Verge de Montserrat hasta casitas en el passatge de Llívia, que será peatonal como pasarela hacia la torre Garcini, idea que propusimos hace años aquí, pero no esperamos que nos den las gracias, solo coherencia y menos cinismo, pues en este entorno se conoce cómo la llegada de la L9 del metro, esa de la que nadie investiga porque triplica presupuesto, será la ocasión perfecta para echar a los vecinos, unificar la estética del conjunto y especular con el mismo a lo grande.
Podemos apreciar movimientos, como un café de expats en Teodor Llorente, con la bebida a un mínimo de dos euros y medio, un típico precio de barrio, aunque más me inquieta la inminente demolición de una finca de los cincuenta en magníficas condiciones en la ronda del Guinardó con Torre dels Pardals, sentenciada para alzar un bloque más sin personalidad alguna y menos respeto por el patrimonio.
El paseo de hoy ha ido por un póquer de sitios donde, qué cosas, es sencillo deducir que nada harán para salvar pasados porque BCN no quiere a Barcelona y sí vender un discurso falso, además de lento, pues las viviendas sociales crecen con ridiculez y los solares no paran de abundar, ratificándose una triste oda que exhibe barracas y miseria inexistente desde la oficialidad, aunque bien visible para los que lloran el adiós de mundos a los que ni siquiera otorgan lápidas.



