Durante décadas se asumió que digitalización y progreso democrático iban de la mano. Hoy esa ecuación se revela incompleta. El avance tecnológico puede actuar como factor democratizador de primer orden, pero no sigue una trayectoria predeterminada ni neutral. La historia, y también la literatura —de Orwell a Huxley—, advirtieron que la técnica podía servir tanto a la emancipación como al sometimiento.

La transformación digital y la inteligencia artificial pueden y deben formar parte de una agenda progresista, y las tentaciones de discursos pesimistas es muy significativo. El problema no es la tecnología, sino las reglas del juego que hoy se le aplican: reglas diseñadas, en muchos casos, desde una oligarquía tecnológica de nuevo cuño que pretende imponerlas como inevitables. Sin un marco político explícito, el progreso técnico tiende a reproducir —e incluso a intensificar— desigualdades preexistentes.

El pensamiento progresista, tradicionalmente crítico con el capitalismo y las élites económicas, mostró durante demasiado tiempo una indulgencia llamativa hacia los gurús tecnológicos. Figuras como Steve Jobs o, más tarde, Elon Musk fueron presentadas como visionarios emancipadores antes que como nuevos capitalistas. Sin embargo, este capitalismo digital, escasamente sometido a control político y regulatorio, ha resultado en muchos aspectos más agresivo que el industrial clásico: mayor concentración de poder, apropiación masiva de datos y captura de rentas a gran escala. Mientras tanto, alternativas como el software libre o las infraestructuras digitales comunes fueron marginadas.

Hoy resulta difícil sostener que la digitalización haya fortalecido el espacio público. Más bien lo ha fragmentado. En lugar de ampliar la deliberación, la ha sustituido por estímulos emocionales. En lugar de empoderar al ciudadano, lo ha convertido en objeto de segmentación, predicción y gestión conductual. La promesa ilustrada de un ciudadano más informado ha derivado en un electorado más polarizado y vulnerable a la manipulación.

Leída desde Hannah Arendt, esta deriva confirma que los sistemas de dominación duraderos no se sostienen solo en la coerción, sino en la normalización y en la sustitución del juicio crítico por la obediencia funcional. En el ecosistema digital contemporáneo, los algoritmos no piensan ni deciden moralmente, pero pueden incidir en el mundo en el que pensamos y decidimos.

El poder estable se ejerce a través de la hegemonía cultural, tal como lo ha señalado Gramsci, no solo desde el Estado. Hoy esa hegemonía se construye, en buena medida, desde plataformas digitales privadas que determinan qué es visible, qué es relevante y qué queda en los márgenes.

El ascenso de las tecnooligarquías no es accidental. Grandes empresas de datos y vigilancia, junto a figuras como Peter Thiel, expresan una concepción elitista del poder, donde la democracia aparece como un estorbo más que como un valor. Desde esta perspectiva, la IA se concibe como instrumento de gobierno y control, no como herramienta de emancipación colectiva.

Umberto Eco distinguía entre apocalípticos e integrados. Durante años, el progresismo se situó mayoritariamente entre estos últimos. El problema no fue el optimismo tecnológico, sino la falta de espíritu crítico. Y el resultado —conviene señalarlo— no es una tecnocracia ilustrada, sino una tecnopolítica opaca, privatizada y con efectos crecientemente autoritarios.

Este desplazamiento, que tan bien ha descrito Byung-Chul Han, es percibido como el paso del poder disciplinario al poder de la seducción y el rendimiento. Los algoritmos no prohíben: orientan. No censuran: invisibilizan. No reprimen: optimizan. La democracia puede vaciarse sin ser abolida.

El hecho evidente es que complejidad tecnológica supera, en ciertos momentos y en determinadas condiciones, las capacidades tradicionales de la política democrática. Pero reconocer esa complejidad no puede equivaler a renunciar al control democrático, sino que exige reforzarlo. Sin soberanía política sobre la tecnología, no hay soberanía popular posible.

¿Puede la inteligencia artificial fortalecer la democracia? Sí, pero debe construirse en un marco de regulación sólida, control público de los datos, transparencia algorítmica, infraestructuras digitales comunes y una alfabetización crítica que vaya más allá de lo técnico. Sin estos requisitos, la tecnología no corrige los déficits democráticos.

La inteligencia artificial transformará la democracia. La cuestión decisiva es quién controla esa transformación y con qué objetivos. O avanzamos hacia una democratización real de la tecnología, o asistiremos a sistemas formalmente democráticos pero sustantivamente vaciados, donde el poder efectivo reside en quienes controlan códigos, datos y algoritmos.

La tecnología no nos salvará automáticamente de la crisis democrática. Pero la democracia —si quiere sobrevivir— deberá apropiarse políticamente de estos instrumentos, someterlos a transparencia y rendición de cuentas y evitar que se conviertan en la base de un nuevo ciclo de iliberalismo y autoritarismo.

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