He conocido a Jordi Feliu y a Juan Carlos Sánchez Illán en los últimos años por su actividad en torno al exilio republicano en Francia, a través de iniciativas académicas, divulgativas y sociales. Son una pareja de conversación acelerada que fluye entre el francés y el español, con historias divertidas explicadas entre risas y copas de vino. Predomina en ellos un deseo de optimismo pese a que la temática que tratan es más bien triste.

Jordi Feliu es descendiente de exiliados y vive en Béziers, una de las capitales del exilio republicano en el sur de Francia. Juan Carlos Sánchez Illán es profesor en la Universidad Carlos III de Madrid y se ha especializado en el estudio del exilio en México y en Francia.

El último fruto de esta relación entre ambos es el libro Descendientes del exilio. En él abordan la vida de quienes se quedaron en Francia tras salir al exilio. Fueron medio millón los que cruzaron la frontera en 1939, de los cuales unos doscientos mil regresaron al poco tiempo al país y tuvieron que enfrentarse a la cárcel o al pelotón de ejecución. Unos treinta mil marcharon a México y unos pocos miles más a otras repúblicas americanas.

La Segunda Guerra Mundial afectó de lleno a los exiliados republicanos. Los militares fueron movilizados para trabajos de fortificación en un primer momento por los franceses y, más tarde, por los alemanes. Al mismo tiempo, una parte importante de los exiliados se organizó con la Resistencia francesa contra los nazis y protagonizó acciones heroicas con medios rudimentarios y tropas escasas. Se recuerda el caso, por ejemplo, de la captura de 1.500 alemanes por un grupo de guerrilleros españoles encabezados por Cristino García, fusilado posteriormente en Madrid cuando intentó trasladar la guerra contra la dictadura franquista.

Feliu y Sánchez se han fijado en los descendientes de quienes se quedaron en Francia, unos doscientos mil según los datos de la administración francesa. En los años siguientes, estos exiliados continuaron con sus vidas y sus descendientes se multiplicaron, sin que existan datos oficiales sobre los ciudadanos franceses de origen español. El día a día deja claro que son cientos de miles y que existen casos destacados, como el de la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, o el secretario general de la CGT, Philippe Martínez.

Jean Paul Gambier-Esgleas es nieto de Federica Montseny y nació en Toulouse. El libro recoge el recuerdo del momento en que descubrió, durante su infancia, que la ciudad en la que había nacido no se encontraba en España, tal y como su mente había concluido al vivir inmerso en una burbuja de exiliados republicanos. Jean Paul es una muestra del ascenso social de los hijos del exilio. Estudió ingeniería y ha trabajado en el sector público en políticas territoriales. Al mismo tiempo, se ha dedicado a preservar la memoria desde diversas asociaciones de Toulouse, conocida también como la pequeña Barcelona.

Decenas de otras breves biografías de descendientes de exiliados llenan más de un centenar de páginas del libro. El trabajo de Sánchez Illán ha detectado que la mayoría de los republicanos exiliados arrastraban un fuerte trauma y deseaban integrar a sus familias en la sociedad francesa. Por ello, muchos no se ocuparon de enseñarles la lengua propia, ya fuera el catalán o el español. La ocupación más habitual de los hijos del exilio ha sido la educación, haciendo que la escuela francesa, laica y republicana, se convirtiera también en el principal espacio de acogida de los nuevos ciudadanos.

En paralelo, muchos de los biografiados han tenido participación política a lo largo de su vida a través del ámbito local, como concejales de ayuntamientos, otro de los pilares de la vida republicana. Los exiliados se concentraron en polos industriales potentes, como el de la industria aeronáutica de Toulouse, la fábrica de Michelin en Clermont-Ferrand y en torno a la actividad vitivinícola de los departamentos del sur.

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