El bar de menús de la calle Mestres Casals i Martorell era un proyecto familiar. Trabajaban el matrimonio y su hijo. Cuando entraba, él, que llevaba la gestión de los clientes y la sala, exclamaba un sonoro «¡Bon dia, nen!» con su característico acento gallego. Esto fue así hasta que se jubiló; a partir de entonces era su hijo quien me saludaba con un catalán aprendido en una escuela de la Barcelona de la normalización lingüística. Con el cambio tras la barra el bar cambió poco. La madre seguía siendo la cocinera principal y comandaba su pequeña cocina, a la que se accedía por una empinada escalera. Pero la señora también se jubiló y entonces el hijo dejó el bar. La historia del gallego, como todo el barrio lo llamaba, se acabó y en su lugar floreció un café nuevo de trinca.
El rótulo gastado del gallego, con el nombre de la familia, fue sustituido por uno de tonos pastel en el que se lee «Coffee & Lunch» y, al lado, «Your daily vitamin shot». Ahora, un «Hi, good morning!» mecánico, con un tono enfático poco creíble, ha ocupado el lugar de aquella salutación tan auténtica.
El bar estaba en el corazón del barrio de Santa Caterina, en la Barcelona Vieja que nunca se transformó en gótica y que sufre desde hace décadas los estragos de las oleadas de turistas que transitan por sus calles en busca de un escenario reconocible que haga que su experiencia de consumo sea cómoda y fácil, porque el turismo masivo requiere comercios con una oferta estandarizada, pensada para ser consumida de manera rápida.
Por eso, del mismo modo que el turismo expulsa el comercio dirigido al público local, expulsa la lengua propia porque es un obstáculo para el consumo a gran escala y para el máximo beneficio que persiguen las empresas dedicadas al turismo.
El turismo expulsa a las vecinas y expulsa el catalán. Su papel es relevante en el descenso del uso social de la lengua en Barcelona, y es necesario ponerle remedio de alguna manera.
Desde un punto de vista liberal, la solución pasaría exclusivamente por fomentar la lengua catalana como un elemento más de la experiencia turística y por darla a conocer como factor diferencial —o rasgo pintoresco—. Pero estas políticas no se enfrentan a las dinámicas gentrificadoras del turismo ni cuestionan el modelo turístico ni el modelo de ciudad. Al contrario, los refuerzan.
Para promover el catalán es necesario también defenderlo del turismo y de sus dinámicas uniformizadoras y estandarizadoras, que someten el patrimonio simbólico —el arte, el urbanismo, la historia y la lengua— al negocio, relegándolo a la subsidiariedad.
No se trata de promocionar Barcelona en catalán, sino de dejar de promocionar Barcelona. No se trata de querer atraer a un público especializado ni con alto poder adquisitivo hablándoles en la lengua franca, sino de dejar de atraerlos. También es necesario frenar un modelo económico que favorece la implantación de negocios franquiciados de multinacionales, donde la experiencia de consumo es homogénea por definición y donde el uso de la lengua catalana es residual; hay que poner un tope a los precios de los alquileres comerciales para frenar la expulsión económica, no ampliar el aeropuerto y activar otras políticas decrecentistas y de gobierno efectivo del turismo.
El «bon dia, nen», del gallego de la calle Mestres Casals i Martorell, era un saludo auténtico, de cafés y carajillos de buena mañana y de menús de la gente del barrio. Un saludo que acogía a las vendedoras del mercado de Santa Caterina, a los trabajadores municipales de la limpieza y a los comerciantes que charlaban o se comían un bocadillo para volver rápidamente a sus trabajos. Era un saludo de proximidad y una forma de reconocer al otro como parte de una misma vida compartida.
El «Hi, good morning!» actual es funcional e intercambiable. Sirve igual para quien entra hoy que para quien entrará mañana, porque no presupone ningún vínculo ni ninguna memoria. Es la lengua de un espacio pensado para el tránsito y para el consumo, y suena igual que el saludo que, en ese mismo momento, un camarero está diciendo en Florencia o en Ámsterdam.
La sustitución del “gallego” por el “lunch” es una ruptura en el modelo de ciudad, donde las lenguas dejan de ser herramientas de relación para convertirse en herramientas del mercado. En este proceso, el catalán no desaparece porque no sea útil, sino porque no es rentable dentro de un sistema que busca el máximo beneficio y que penaliza todo aquello que no es inmediato, homogéneo y globalmente reconocible.
Defender el catalán es una cuestión de modelo urbano, económico y social. Es decidir si queremos barrios habitados o escenarios, una ciudad en la que se vive o en la que se consume, una lengua para hablarnos o solo para hacer caja. La lucha por la defensa del catalán también se libra en la lucha contra el turismo de masas.
Tenemos que trabajar por el decrecimiento turístico y para que vuelvan a resonar más buenos días. Su pérdida es inadmisible si queremos un barrio y una ciudad a medida de las vecinas, donde el catalán sea la lengua que hace comunidad, la de la confianza y la del comercio de proximidad.


