Groenlandia, la isla más grande del mundo y que pertenece a un pequeño país, es noticia por el hecho de que el nuevo amo del mundo, Trump, ambiciona incorporarla como una estrella más a la bandera norteamericana. Se habla mucho de su valor geoestratégico (ampliado por el efecto del cambio climático, que hace navegables rutas marinas que pocas décadas atrás estaban permanentemente heladas, y también por sus recursos naturales, especialmente las tierras raras, imprescindibles en un mundo digitalizado), pero se habla poco de su relevancia en relación con la biodiversidad, que es un elemento al menos tan importante como el resto.
En este artículo haré una pincelada para demostrar que Groenlandia es más que política y minerales.
La isla es uno de los principales epicentros del cambio climático, ya que el Ártico se está calentando a un ritmo muy superior a la media global, un fenómeno conocido como amplificación ártica. Solo algunos datos: las temperaturas del Ártico entre octubre de 2024 y septiembre de 2025 fueron las más cálidas registradas desde 1900, y el grosor del hielo marino alcanzó mínimos históricos.
Esto supone una fusión acelerada del hielo de Groenlandia, con efectos que trascienden sus fronteras y afectan al clima global. La fusión del hielo no solo implica un aumento del nivel del mar en regiones alejadas, sino que el volumen de agua dulce situada en la superficie del océano actúa como un verdadero tapón del corriente del Golfo (la denominada AMOC), que regula el clima en gran parte del continente europeo. Hay expertos que afirman que esta corriente se está ralentizando y, de ser así, la temperatura en los países costeros sufriría un brusco enfriamiento, un escenario muy alejado del imaginario que tenemos cuando hablamos de cambio climático.
El hecho más característico de la isla es la existencia de una cubierta permanente de hielo en gran parte de su superficie; cualquier amenaza a esta cubierta comportará necesariamente una pérdida de biodiversidad, de la fauna y flora que vive en estrecho equilibrio en unas condiciones tan extremas que hacen que los ecosistemas sean muy frágiles. Por tanto, la baja temperatura, el hielo, el aislamiento geográfico y las corrientes marinas son los factores determinantes, además de una huella humana muy baja (al menos hasta ahora) debido a la escasa población de la isla y la protección de amplios territorios.
La biodiversidad de los ecosistemas marinos que rodean la isla, especialmente aquellos influenciados por la corriente del Oeste, muestra una gran riqueza de peces e invertebrados, formando cadenas tróficas cruciales para aves y mamíferos marinos. La diversidad terrestre es comparativamente más baja, pero incluye especies únicas adaptadas al Ártico, como los grandes mamíferos y el caribú en las regiones de tundra, el zorro ártico, los lobos, los osos polares y diversas aves marinas; en cambio, el número de especies de insectos es muy bajo (solo unas setecientas). Los invertebrados marinos y el fitoplancton de aguas dulces se encuentran entre los grupos con mayor número de especies dentro de los ecosistemas de Groenlandia, seguidos por hongos, líquenes y artrópodos en tierra.
Los ecosistemas de Groenlandia son muy variados (tundra, hielo, ríos y lagos, bosques, matorral, aguas termales, fiordos, etc.) y, si aplicáramos alguna fórmula de cálculo de biodiversidad (como la de Shannon-Weaver), que considera tanto el número de especies diferentes como el número de individuos de cada una, con toda seguridad daría valores bajos, muy alejados de los de una selva tropical, por ejemplo. Pero una biodiversidad baja (como la de un desierto) no es despreciable, sino que es la climácica, la propia del sistema. Por tanto, hay que conservarla y evitar cualquier amenaza provocada por el ser humano.
Groenlandia es un territorio único, amenazado ahora por la ocupación y la explotación, con unas condiciones aisladas y extremas que han determinado ecosistemas singulares, de baja biodiversidad y gran fragilidad, que además están sometidos a una grave alteración por el cambio en las condiciones climáticas, siendo un punto (hot spot) especial. Podríamos compararlo con el caso de la Antártida, con diferencias en cuanto a propiedad y grado de protección.
Cuando hablamos de política y de recursos, ¡no olvidemos nunca la biodiversidad!


