Una encuesta de 40dB para la Cadena SER y El País, publicada el 12 de enero de 2026, situaba a PP y Vox con un 49,4 por ciento de intención de voto, mientras que el bloque PSOE, Sumar y Podemos sumaba un 36,5 por ciento. Pero da igual de qué encuesta hablemos, porque en general todas dicen más o menos lo mismo: la suma del PSOE con lo que queda a su izquierda se acerca a uno de los peores momentos en medio siglo.

Esta caída no se explica con una sola causa ni con una mala semana parlamentaria. Tiene que ver con una experiencia material que se ha ido volviendo crónica, con una mutación cultural de fondo y con el cierre de un ciclo histórico que había hecho posible la promesa socialdemócrata. Puede ordenarse, al menos, en tres factores.

1. Gobernar sin transformar

El primer factor es el más incómodo porque no admite demasiada coartada. La izquierda ha gobernado durante años, ha vendido el relato del “gobierno más progresista” y ha desplegado medidas que, en algunos ámbitos, han sido relevantes. Pero la sensación social dominante, sobre todo entre quienes viven con el margen justo, es que las grandes angustias continúan intactas.

La vivienda es el caso más claro. El Banco de España, en su Informe Anual 2024, constataba un aumento acumulado del coste real medio del alquiler por metro cuadrado del 12,5 por ciento entre 2015 y 2023 para el stock de viviendas alquiladas, con incrementos más fuertes en grandes áreas urbanas y zonas turísticas, y advertía de que los precios de los nuevos contratos anticipaban aumentos futuros sustanciales. Esta frase, que puede parecer técnica, es la traducción institucional de una evidencia cotidiana. El sesgo de clase en la ciudad no ha dejado de acentuarse.

Idealista cerraba 2025 con una subida anual del 8,5 por ciento del precio del alquiler y un precio medio de 14,7 euros por metro cuadrado en España. Para mucha gente, eso no es un dato sino una renuncia. Renuncia a emanciparse, a tener hijos cuando toca, a quedarse en el barrio, a vivir cerca del trabajo. La vida se vuelve provisional y, cuando la vida es provisional, la política también.

Los salarios, en cambio, suben a otra velocidad y, sobre todo, lo hacen con retraso respecto al coste de la vida. El INE situaba el salario medio anual de 2023 en 28.049,94 euros, un 4,1 por ciento más que el año anterior. Hay indicadores que apuntan a una recuperación reciente del poder adquisitivo, pero esa recuperación no deshace una década de tensión acumulada, ni tapa el hecho de que el alquiler se ha convertido en un gasto estructural que desordena cualquier presupuesto doméstico. El propio Banco de España ha trabajado el concepto de esfuerzo del hogar arrendatario, es decir, qué parte de la renta se va a pagar la vivienda, y este es el nudo político real, el porcentaje que devora el resto.

Esta presión se combina con otro elemento que desgasta la confianza en el proyecto: la desigualdad no se ha roto. España sigue moviéndose en niveles elevados de desigualdad de renta en términos europeos, con un coeficiente de Gini en torno a la franja baja de los treinta puntos en los últimos años, según datos compilados a partir de Eurostat. Y, mientras la mayoría se pelea con el alquiler, los indicadores de concentración de riqueza siguen enviando un mensaje en dirección contraria. Oxfam y medios económicos han remarcado el crecimiento del patrimonio de los milmillonarios en España en 2025, con cifras récord e incrementos reales de doble dígito. La política puede explicarlo como quiera, pero el resumen social es sencillo. El sistema recompensa arriba y aprieta abajo.

A esto se añade el desgaste de los símbolos, aquello que debía marcar un cambio de fase y no se ha materializado. Un ejemplo es la no derogación de la Ley de Seguridad Ciudadana, la ley mordaza, que continúa encallada en el Congreso después de años de promesas, discrepancias y negociaciones sin un final claro. Puede parecer un tema “de derechos” y, por tanto, más abstracto que el alquiler, pero es exactamente lo contrario. Es la prueba de que hay límites que ni siquiera un gobierno que se presenta como progresista consigue mover. Y cuando el poder admite límites, el relato de esperanza se convierte en relato de gestión.

De esta suma sale el mecanismo del desencanto. Si gobiernas y la vida no mejora de manera reconocible para tu base social, no hace falta que nadie se haga fascista de golpe. Basta con cansarse, quedarse en casa o votar otra cosa para probar. La derecha y la extrema derecha juegan sobre este terreno, no solo con mentiras, sino con la constatación de que la promesa de orden puede parecer más tangible que la promesa de transformación.

2. La erosión de lo común y el trabajo cultural del neoliberalismo

El segundo factor es transnacional y más profundo. No es solo que la izquierda pierda elecciones, es que pierde el marco cultural que hacía creíble su vocabulario. La política de izquierdas ha sido, históricamente, la política que recordaba que somos interdependientes. Que la vida es cooperación antes que competencia. Que lo social no es un añadido, sino la condición misma de la existencia.

El neoliberalismo, en cambio, ha trabajado durante décadas para hacer que esa evidencia suene anticuada. Aquí la clave no es solo Thatcher y las privatizaciones, sino una transformación del sujeto. Foucault lo describió con una frialdad diagnóstica cuando hablaba del individuo como “emprendedor de sí mismo”, un sujeto que se trata como empresa y que convierte el mundo en una sucesión de inversiones personales y riesgos que hay que gestionar. Cuando esta forma de existencia se impone, la comunidad pasa de ser un derecho a ser un obstáculo.

David Graeber añade otra capa. El neoliberalismo no solo precarizaba, también producía una burocracia privada y una moral de la deuda que convertía la vida en un contrato permanente. Si la persona se vive como deudora, la solidaridad se degrada porque todo se traduce en mérito, culpa y responsabilidad individual. Lo que era estructura se vuelve biografía.

Y ahora entra una promesa contemporánea, la promesa tecnológica. La idea de que la tecnología, y hoy especialmente la inteligencia artificial, hará innecesaria la política porque resolverá los problemas como quien arregla una máquina. Timothy Morton diría que esa promesa funciona como un hiperobjeto cultural, algo demasiado grande, demasiado presente y demasiado intangible a la vez, que coloniza el sentido común. El resultado es paradójico. Cuanto más se habla de soluciones técnicas totales, menos espacio queda para imaginar soluciones colectivas.

La consecuencia electoral es directa. En un mundo donde la competencia es el lenguaje dominante y la sociedad es un decorado, la propuesta de izquierdas, basada en derechos y redistribución, no solo tiene que ganar la batalla del programa, tiene que ganar la batalla del significado. Y eso explica que la derrota de la izquierda no sea una anomalía española, sino un patrón que atraviesa democracias diversas.

3. El final de un ciclo histórico

El tercer factor tiene que ver con el tiempo largo. Durante décadas, después de la Segunda Guerra Mundial, Europa vivió una etapa excepcional en la que la democracia liberal se combinó con redistribución, derechos laborales y expansión de servicios públicos. No era un regalo, era un pacto político y económico que pretendía evitar el retorno de las catástrofes del siglo XX.

Esa etapa se ha ido cerrando. La crisis de los setenta, la ofensiva neoliberal, la globalización financiera y la crisis de 2008 fueron reduciendo el margen. Piketty lo formula con una idea muy útil para entender el presente. El periodo de posguerra fue una excepción histórica en la reducción de desigualdades, y el movimiento de fondo del capitalismo tiende, si no hay corrección política fuerte, a reconcentrar renta y patrimonio. Cuando el ciclo excepcional se agota, el péndulo vuelve.

Esto no significa que la historia sea mecánica ni que la derrota de la izquierda sea inevitable. Significa que el terreno sobre el que la socialdemocracia se hizo fuerte —crecimiento con reparto y expectativa de mejora— se ha ido deshaciendo. Y cuando se deshace, la izquierda queda atrapada en una trampa. Si gestiona sin transformar, pierde credibilidad. Si promete transformar sin capacidad real, pierde credibilidad igualmente.

Por eso lo que indican las encuestas de 2026 no es solo un posible cambio de gobierno. Es el síntoma de una crisis de proyecto. La pregunta ya no es solo cómo se recuperan votos, sino cómo se reconstruye una promesa que vuelva a ser experimentable, una mejora de vida que no sea solo un relato. Si no hay respuesta, el peor resultado en medio siglo no será un accidente. Será el nombre político de un cambio de época.

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