Veo por la tele la versión audiovisual de “Anatomía de un instante”, de Javier Cercas: muy fiel al original excepto un par de detallitos (la figura de Carmen Diez de Rivera debería haber sido tratada con mayor atención) y me sorprendo de ver algo escalofriante: asisto como si fuera una historia vivida por otro lo que yo mismo viví en mi propia vida; como tantos compañeros de profesión en las redacciones y como toda una generación que quería salir de una vez del franquismo. El 23F me pilló trabajando en la redacción de El Periódico y fui uno de los cientos de miles de españoles que, pasmados y perplejos, asistimos a aquello que cantaba Raimon: “Quan creus que ja s’acaba torna a començar”. No tengo batallitas que contar y me alegro, pues creo que los chinos tienen razón cuando te desean, como maldición, “ojalá tengas una vida interesante”.
Y ahora va Gregorio Morán y se muere precisamente en un 23F. Es un ladrillo que añadir a esa construcción de nuestro pasado reciente que nos ha hecho ser lo que somos. De Morán se han hecho todo tipo de elogios en los obituarios, como está mandado, pero sólo uno de ellos se ha atrevido a definirle: “atrabiliario”, en el publicado por Jordi Amat en El País. Hombre moderado y conspicuo medidor de personas y situaciones, Amat se hace difícil de ver usando tal definición: “Atrabiliario: persona de genio difícil, irritable, colérica, violenta o con un humor destemplado. Se utiliza para calificar a quien es propenso a enojarse fácilmente, desabrido o de carácter gruñón”, según el diccionario de la Real Academia. Vaya con Jordi Amat, quien posiblemente confiaba en que el lector no echase mano del diccionario para revisar el sentido de esa palabra en desuso.
Adolfo Suárez no era en absoluto atrabiliario y por eso quizás centró gran parte de las iras de Gregorio Morán en sus inicios literarios. “Adolfo Suárez, historia de una ambición” fue una biografía probable del primer presidente de la democracia española que muchos vimos, ya en aquel momento, como un ajuste de cuentas inmisericorde. Cierto que a gentes como a Morán y un servidor nos hubiera gustado ver a Santiago Carrillo como presidente del gobierno (bueno, a Morán no sé) pero ahora tenemos suficiente perspectiva para considerar que Suárez podía ser un “tahúr del Missisipi” (Adolfo Guerra dixit) pero también un general Della Rovere (Indro Montanelli fecit).
Los Suárez, Carrillo y Gutiérrez Mellado que aparecen en la serie mediante sus trasuntos actorales me han impresionado. Son personas que tenemos aún en la memoria, incluso en su dimensión fotográfica, y ya estamos acostumbrados a ver sus imágenes reales en movimiento. Pero buscar y conseguir actores que hagan creíbles sus personalidades no es fácil, de modo que ell juego de espejos que se realiza entre nuestros recuerdos recientes y la ficción audiovisual es muy sugerente. La manera como el líder comunista fuma sus cigarrillos Peter Stuyvesant tiene su qué, pero hay que agradecerle a Eduard Fernández que sepa encarnar esa especie de mirada hacia adentro, ese ver sin mirar y ese refugio en la máquina mental de calibrar intenciones. También Gutiérrez Mellado tiene su qué, al reproducir Manolo Soto casi milimétricamente su desplante ante Tejero; el teniente general no era un chulo sino el super espía que Franco tenía instalado en el Madrid republicano, alguien arrojado y muy listo.
Pero lo impresionante de ese juego de espejos es la mirada y el habla de Álvaro Morte como Adolfo Suárez, que revelan más cosas sobre él que cualquier caligrafía intencionada. El actor mira como miraba Suárez y desvela con ello que no sólo el presidente era un listo sino alguien capaz de penetrar la realidad y captarla en todas sus dimensiones. El hablar apresurado del personaje ayuda al efecto de verosimilitud –estas personas tienen una mente que galopa más rápido que la lengua—pero la mirada es lo que nos devuelve una imagen verdadera de aquel gigante devorado por el Alzheimer. No es, o no solamente, una mirada calculadora fruto de un tacticismo que en Cataluña conocemos bien sino un anzuelo lanzado a las profundidades en busca no sólo de una pieza que cobrar sino de un sortilegio que cambie de repente las situaciones en favor de uno.
A Gregorio Morán se lo llevó por delante en su puesto en La Vanguardia su espíritu combativo, que no conocía más límites que el ajuste de cuentas permanente; para ser Alfonso Ussía o incluso Jesús Cacho hay que gozar de ciertos apoyos más o menos visibles y sobre todo saber alternar la dentellada con el halago. Cuando uno lee sus últimas colaboraciones en The Objective –ese fuerte Apache en el que Juan Luis Cebrián, Fernando Savater y Esperanza Aguirre disparan por las troneras a un solo objetivo—se da cuenta de que no sólo de sabatinas vive el hombre sino de aquel periodismo que procuraba anteponer el interés del público con una mirada de 360 grados a las propias pasiones, que son buenas para imperar y malas para comprender.
Adolfo Suárez ha sido históricamente mal comprendido, rematada su memoria por un bautizo del aeropuerto de Barajas con su nombre que le sienta como a un Cristo dos pistolas. Llegará su momento dentro de muchos años, cuando una investigación histórica capaz de comprender la complejidad de los hombres pueda devolvernos una imagen suya coherente con la enormidad del reto que afrontó y el logro que alcanzó. Ahora ha sido la mirada inteligente y profunda de un actor de televisión la que nos ha sabido acercar una persona cuya figura es cada vez más fulgurante.


