«Warren Publishing es, sin lugar a duda, una de las compañías de cómics y cultura popular más interesantes de la industria de la narrativa gráfica. Su fundador, James Warren (1930), dirigió la empresa desde 1957 hasta 1983». Con estas palabras comienza el ensayo Warren. La editorial que revolucionó los cómics (2025), de Eduardo Martínez-Pinna, publicado por Diábolo Ediciones. El inicio de las actividades de esta compañía se produjo justo un lustro después de la entrada en vigor del llamado Comics Code Authority (Autoridad del Código de Cómics) en Estados Unidos, que, de forma resumida, consistía en un sello de identificación en la portada de los cómics, una medida creada por las propias editoriales, que se autoimpusieron una censura para asegurar que no hubiera ningún tipo de violencia en los ejemplares que se vendieran con dicha etiqueta, ante la alarma social generada por diversas fuentes, muy críticas por la influencia que podían tener esas lecturas en los jóvenes (véase el artículo Las hogueras que inspiraron la novela Fahrenheit 451 no eran de libros).
James Warren intentó esquivar con decisiones ingeniosas esas limitaciones, y optó por publicar cabeceras que claramente iban dirigidas a un público adulto. Su primer gran éxito fue la mítica revista Famous Monsters of Filmland (1958-1983), dedicada al cine de terror, la fantasía y la ciencia ficción. Se calcula que solo del primer número de esta publicación se vendieron más de 200.000 ejemplares, lo que la convirtió en un referente para el sector con sus ciento noventa y una entregas editadas. En esos primeros años, exitosos desde un punto de vista empresarial, decidió realizar un golpe de efecto en el sector, y creó una revista de cómics de terror que se saltaba la censura con la irrisoria excusa de que se trataba de una revista (con un formato ligeramente diferente al habitual, con unas medidas más grandes que los comic books tradicionales), la cual claramente iba dirigida a un público adulto, en consonancia con el resto de sus cabeceras. Nacía la histórica Creepy (1964-1983), recuperada actualmente por Planeta Cómic, la primera de una colección legendaria que cambió el panorama de la industria editorial, con una influencia que llega hasta nuestros días, en los que continúa reeditándose el material de aquellas extraordinarias dos décadas. Curiosamente, la revista era heredera en todos los sentidos, tanto por su influencia como por recuperar algunos de sus emblemáticos autores, de las cabeceras de la editorial EC Comics, como Cuentos de la cripta (Tales from the Crypt, 1950-1955), reeditadas recientemente por Diábolo Ediciones en la Biblioteca de títulos de EC.

EC Comics fue, probablemente, la editorial que sufrió de forma más contundente la censura autoprovocada por el Comics Code Authority, ya que tuvo que cerrar las colecciones más emblemáticas dedicadas no solo al terror, sino al misterio, la ciencia ficción y la guerra. Entre dichas cabeceras destacaba Frontline Combat (1951-1954), la cual se publicará en castellano por parte de Diábolo Ediciones en tres tomos. Se lanzaron quince números escritos y editados por Harvey Kurtzman (1924-1993), donde cada ejemplar incluía varias historias cortas dibujadas por diferentes artistas. Se editó en paralelo a la cabecera Two-Fisted Tales (1950-1955), también bimestral e impulsada por el mismo equipo creativo (y recuperada en castellano a partir de junio de 2025 por Diábolo Ediciones en cuatro volúmenes). Ambos títulos retrataban la brutalidad del conflicto bélico de forma cruda y exhaustiva, mostrando la auténtica realidad de la guerra según la visión de Kurtzman, lejos de cualquier intento de embellecerla o mitificarla. Las dos se suspendieron por la disminución de las ventas, condicionadas por la finalización de la Guerra de Corea (1950-1953).
Diez años después de dicha cancelación, precisamente un excombatiente en ese conflicto, Jim Warren, rodeado en aquel momento de colaboradores de EC Comics y, sobre todo, de artistas que habían sido lectores de aquellas míticas cabeceras convertidas en clásicas, decidió llevar adelante un arriesgado proyecto en paralelo a la exitosa Creepy, saltándose nuevamente la censura editorial del sector para crear una nueva publicación, esta vez dedicada a la guerra: Blazing Combat (1964-1965). En enero de 2026, Norma Editorial la ha reeditado en castellano, traducida por Arnau París Rousset, en una cuidada edición de un único volumen, que incluye las cuatro portadas originales ilustradas por Frank Frazetta (1928-2010) y dos entrevistas en profundidad a Jim Warren y a Archie Goodwin (1937-1998).

«En las historias bélicas presentes en Blazing Combat, especialmente las protagonizadas por el ejército de tierra, no hay soldados solitarios que se enfrenten alegremente al enemigo. No hay héroes, ni malvados. Por no haber, no hay ni maniqueísmo. Tan solo escenarios que engloban anécdotas o sucesos corrientes en un campo de batalla. Un corto destello de realidad sin precedentes ni consecuencias, algo así como un pequeño documental, una noticia escenificada en un informativo», afirma Martínez-Pinna en su ensayo, y resalta: «Los grafismos barrocos, detallados, expresionistas, retratan con ferocidad la temible fisicidad, plasmada con atroz contundencia en el miedo o la espera, en la inquietud o el aburrimiento propios de una tropa desinformada. Buena parte de los lectores se ven metidos en la guerra parcial y angustiosa que padece el protagonista de turno, el que sea, que recuerda vagamente a una visión subjetiva».
El nombre de la cabecera, Blazing Combat, emulaba a la pionera Frontline Combat no solo fonéticamente, sino también en cuanto a la concepción antibelicista de las historias que contenía, tal y como reconocen en todos los sentidos los dos impulsores del proyecto en sus respectivas entrevistas. Las historias descritas se enmarcaban en las pautas ideológicas de novelas que mostraban esa misma pulsión contraria a la guerra, como las clásicas Senderos de gloria (Paths of Glory, 1935), de Humphrey Cobb, Los desnudos y los muertos (The Naked and the Dead, 1948), de Norman Mailer, y De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1951), de James Jones, cuyas adaptaciones al cine fueron muy populares en la década de los cincuenta, en concreto, dirigidas por Stanley Kubrick en 1957, Raoul Walsh en 1958 y Fred Zinnemann en 1953, respectivamente.

El primer número de la nueva revista antibélica apareció en octubre de 1965 con la intención de mantener una periodicidad trimestral. El editor de la recopilación y responsable de las entrevistas, el influyente Michael Catron, explica en el epílogo la sucesión de acontecimientos posteriores, imprescindible para comprender el destino de la cabecera. Con unos guiones escritos en su totalidad (con una única excepción) por Goodwin, el elenco de dibujantes era espectacular para cada una de las siete historias que formaban aquel ejemplar, con argumentos antibelicistas que situaban la acción en diferentes contiendas históricas, como la Primera y Segunda Guerra Mundiales, la Guerra de Secesión estadounidense, la de Corea o la contemporánea de Vietnam. Ese primer número tuvo un lanzamiento espectacular, catapultado por una portada del gran Frazetta, que llegó desde la imprenta a las grandes distribuidoras, luego a los mayoristas y, finalmente, a las librerías y puntos de venta de todo tipo, repartidos por todo el país. El proceso en sí era lento en aquella época, y la información final de las ventas podía tardar meses en llegar al editor. En cualquier caso, ese primer número de una nueva revista tuvo unas ventas magníficas… quizás porque solo lo leyeron sus compradores.
Tres meses después, en enero de 1966, se publicó el segundo número con una estructura similar. La primera historia era ¡Paisaje! (Landscape), de nuevo con guion de Archie Goodwin y, en este caso, con dibujos de Joe Orlando (1927-1998). En este relato, la familia de un campesino, y él mismo en la última viñeta, mueren a manos de ambos bandos, simbolizando la futilidad de la guerra. El resto de las historias ahondaban en un realismo humanista que mostraba la crueldad de todas las guerras. Ese segundo número y esa historia en particular llegaron a manos de la Legión Americana (The American Legion), cuyos miembros sí lo leyeron, y sus consecuencias fueron determinantes. Fundada en 1919, en la década de los sesenta la Legión se había consolidado como la organización de veteranos más poderosa de Estados Unidos, con una influencia que penetraba desde los ayuntamientos de pueblos pequeños hasta el Congreso en Washington. En el contexto de la Guerra de Vietnam, su función principal fue la preservación del «patriotismo» mediante la supresión de lo que consideraban influencias subversivas.

La Legión operaba bajo la premisa de que la guerra no solo se libraba en las selvas de Vietnam, sino en las universidades y medios de comunicación estadounidenses. Cada sede local tenía un comité dedicado a vigilar libros de texto, planes de estudio y bibliotecas para detectar contenido «procomunista» o «antiamericano». Presionaron activamente para retirar de las escuelas obras que cuestionaran la historia oficial o que mostraran simpatía por ideologías de izquierda. Y se encarnizaron con la revista Blazing Combat en ese segundo número: la Legión presionó a los mayoristas para que no realizaran la distribución a los puntos de venta finales, sin devolver los ejemplares no repartidos, por lo que la información de lo que estaba pasando en realidad tardó más de lo normal en llegar a la compañía, justo seis meses después, cuando ya tenían en marcha el cuarto número. Este acabaría siendo el último debido a la censura institucional sufrida directamente, lo que supuso unas pérdidas considerables para la empresa.
Fue una batalla silenciosa, sin hogueras públicas de cómics como las que hubo una década antes, pero con un boicot comercial tan efectivo que borró del mapa las viñetas que retrataban una verdad incómoda. La revista fue «cancelada» (empleando términos más modernos); bajo el pretexto del «americanismo» y el «patriotismo», la Legión logró algo que las leyes de censura estatales no podían: quebrar económicamente a editores como James Warren por el simple pecado de humanizar al enemigo. Una mordaza de acero para las editoriales independientes: mientras el país se fracturaba por Vietnam, la Legión Americana dictaba qué era apto para el consumo del ciudadano patriota, creando un clima de intolerancia que años más tarde devoraría a figuras públicas y artistas por igual. En cierta manera, se estaba preparando el terreno para el caso conocido como «Hanoi Jane», un apodo despectivo utilizado para referirse a la actriz Jane Fonda tras su polémico viaje a Vietnam del Norte en 1972.

La Legión Americana, que contaba con millones de miembros y una enorme influencia política, promovió la idea de que cualquier crítica a la guerra era una ofensa directa a los soldados en el frente. Quienes se oponían a la guerra eran tildados de cobardes o comunistas, y la organización presionaba a las empresas para que se despidiera a personas identificadas como activistas. Organizaron marchas Pro-América para eclipsar las protestas estudiantiles, que a menudo derivaban en enfrentamientos físicos. Asimismo, fueron los principales impulsores de leyes para castigar la quema de banderas, una táctica de protesta común que la Legión consideraba un sacrilegio. También contaban con un arma muy temida por los jóvenes: la amenaza de hacerles perder su prórroga estudiantil y reclasificar a los estudiantes que participaban en protestas para que fueran enviados inmediatamente al frente como castigo.
En 1966, oponerse a la guerra de Vietnam significaba ir totalmente en contra de la corriente social, y organizaciones como la Legión Americana se aseguraban de que el costo personal fuera muy alto. También para el sector editorial, como ya se ha indicado, o para los medios informativos, ya que promovieron boicots contra anunciantes de periódicos o programas de radio que permitieran opiniones críticas sobre la política exterior estadounidense. Este se hizo con la complicidad de numerosos informantes voluntarios que, infiltrados, eran utilizados por el FBI para poder reprimir con contundencia cualquier atisbo de protesta. Como aspecto positivo, hay que destacar la contribución trascendental que realizó la Legión Americana con los veteranos de la Segunda Guerra Mundial, en especial por su impulso en la redacción y promoción de la Ley de Reajuste de los Servidores Públicos (conocida como G.I. Bill), que, una vez aprobada en el Congreso, no solo evitó una crisis económica cuando millones de soldados regresaron a casa, sino que les otorgó acceso a la universidad, préstamos para comprar casas y atención médica, lo que creó prácticamente la clase media estadounidense moderna. Y entre ellos se encontraba Leonard Sieracki.

En enero de 2026 llegó a las librerías la novela gráfica Una carta para Jo (A Letter to Jo, 2020), escrita por Joseph Sieracki y dibujada por Kelly Williams, publicada en castellano por el sello Elephant Books de la editorial Cartem Comics, con traducción de Víctor García de Isusi. El relato es una adaptación de una carta real del soldado Leonard Sieracki, quien dirigió la misiva a su pareja, Josephine, en plena Segunda Guerra Mundial (el texto original manuscrito se incluye traducido al final de la edición). En este caso, la Legión Americana elogió la publicación por ser «un homenaje profundamente conmovedor a los veteranos de la Segunda Guerra Mundial; al estar basado en las cartas y vivencias reales del abuelo del autor, destaca el inmenso sacrificio personal de los soldados».
Sieracki es un ejemplo de lo que el célebre periodista Tom Brokaw bautizó en el título de su ensayo como The Greatest Generation (1998), que se podría traducir como «la generación grandiosa». Brokaw argumentó que se trataba de «la generación más grande que cualquier sociedad haya producido, ya que lucharon y se sacrificaron no por fama o reconocimiento, sino simplemente porque era ‘lo que había que hacer’. La infancia y juventud de esta generación estuvo marcada por la extrema pobreza y las dificultades económicas de la Gran Depresión. Crecer en estas condiciones les inculcó valores muy fuertes de resiliencia, ahorro, solidaridad comunitaria y trabajo duro. Fueron los jóvenes que, al alcanzar la edad adulta, tuvieron que dejar sus vidas en pausa para ir a luchar a los frentes de Europa y el Pacífico».
Una carta para Jo no es un cómic bélico que busque glorificar la guerra. Las crudas viñetas nos meten de lleno en el barro y el terror de la Segunda Guerra Mundial, huyendo de heroísmos de película, todo ello magistralmente representado por las acuarelas viscerales de Kelly Williams, quien sabe capturar el caos mental y físico del frente, un lugar siniestro y embarrado, lo cual contrasta con las ganas del protagonista de volver a casa con la mujer que ama. Es una obra descarnada, directa y muy íntima; el retrato de un joven soldado anónimo para el que el amor era, literalmente, su única forma de sobrevivir a la locura de las trincheras y al sinsentido de la guerra.



