El 1-O rompió con la ‘cultura de la Diada’: restó protagonismo a los agentes institucionales que habían llevado hasta el momento las riendas del ‘Procés’ y cedió el poder a la gente, movilizada para poder votar. El espíritu de participación directa se fue apagando pero los aprendizajes de aquellas jornadas han calado en muchos.

