Aliança Catalana ha pasado en pocos meses de ser una formación casi anecdótica a situarse en las encuestas con proyecciones de hasta la cuarta posición en el Parlament. El discurso de Sílvia Orriols, centrado en inmigración y seguridad, ha sabido capitalizar la frustración de una parte del electorado independentista y darle forma en un relato simplificador y excluyente. Pero este ascenso no se puede entender solo en clave catalana: responde a un patrón europeo más amplio, donde la extrema derecha crece a la sombra de la precariedad.

Según datos del Centre d’Estudis d’Opinió, más de un 20% de los votantes de Aliança provienen de Junts y cerca de un 10% de ERC. También hay flujos más pequeños desde el PP y Vox, y un porcentaje significativo que proviene de la abstención. La clave es que Aliança crece sobre todo a partir del independentismo tradicional. Su mensaje es claro: un independentismo “sin traiciones”, sin pactos y con un enemigo definido. Este mapa se completa con un perfil más masculino que femenino y una implantación más fuerte en los municipios pequeños del interior, sobre todo en las provincias de Girona y Lleida. Su apoyo es transversal en edades hasta los sesenta años y cae en las franjas más mayores, más fieles a las siglas tradicionales.

El relato es de una simplicidad extrema: inmigración equivale a inseguridad. Aunque los datos no corroboran esta asociación —Cataluña tiene una tasa de homicidios de 0,6 por 100.000 habitantes, inferior a la media europea, y los estudios muestran que la delincuencia guarda correlación con la renta y no con el origen—, la fuerza del mensaje es innegable. La política no es solo cuestión de estadísticas, sino de marcos mentales, y en una sociedad en crisis los mensajes simples son más efectivos que las verdades incómodas.

El verdadero riesgo de Aliança no es solo su entrada en el Parlament, sino la contaminación del conjunto del debate público. Cuando Junts o el PSC se ven tentados de competir en el mismo terreno y endurecer su discurso, el marco xenófobo se normaliza. Es lo que ya ha ocurrido en Francia, donde el Rassemblement National ha acabado imponiendo su agenda a pesar de décadas de aislamiento institucional.

Que un partido con un discurso de homogeneidad cultural arraigue en Cataluña es, además, una paradoja. El país se ha construido sobre sucesivas oleadas migratorias: la de los años cincuenta y sesenta desde Andalucía y Aragón, y las más recientes desde el Magreb y América Latina. La mitad de la población actual tiene raíces fuera del territorio en primera o segunda generación. Aliança promete, sin embargo, un regreso a una Cataluña homogénea que nunca ha existido. Es una ficción poderosa porque simplifica la realidad y ofrece refugio ante la complejidad.

Bauman y el miedo como arma política

El sociólogo describía la sociedad del miedo: un entorno en el que la incertidumbre vital —precariedad laboral, vivienda inaccesible, crisis climática— se canaliza hacia enemigos fácilmente identificables. Aliança es un ejemplo paradigmático. En lugar de hablar de vivienda o de salarios, prefiere señalar al inmigrante. No es una estrategia valiente, sino cobarde: atacar a los débiles en lugar de cuestionar a los poderosos que concentran riqueza y generan desigualdad. Su fuerza no radica en ofrecer soluciones, sino en convertir la ansiedad difusa en odio concreto.

Bauman advertía que este mecanismo nunca resuelve el problema de fondo, sino que lo cronifica. Alimenta una espiral de miedo que mantiene a la sociedad dividida e incapaz de reclamar cambios estructurales. Es ahí donde la política del miedo se muestra más eficaz para quienes tienen interés en preservar el statu quo: mientras los ciudadanos se pelean en los márgenes, las élites permanecen intactas.

Los datos sociales apuntan a un contexto crítico: un 26% de la población catalana está en riesgo de pobreza o exclusión social (IDESCAT, 2024). Los precios de la vivienda han aumentado un 50% en una década y los salarios se mantienen prácticamente congelados. Este es el terreno donde arraiga el discurso del miedo. Aliança no ha inventado este malestar, sino que lo ha canalizado. Pero lo ha hecho desviando la rabia hacia el vecino más vulnerable en lugar de hacia las élites económicas.

En este sentido se puede decir que Aliança Catalana es una fuerza reactiva y reaccionaria sin sustancia propia. Síntoma de la fractura del independentismo, de la precarización de la vida y de una política cobarde que prefiere señalar a los débiles en lugar de a los poderosos. El reto para Cataluña no es solo impedir que crezca electoralmente, sino evitar que su relato se convierta en sentido común. La historia del país muestra que su fuerza ha estado siempre en la diversidad y en la capacidad de incorporar nuevos colectivos.

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