A primera hora de la mañana, en el paseo Lluís Companys, poca gente podría imaginar que Puigdemont aparecería para dar su gran discurso. La mayoría de los periodistas, incrédulos por naturaleza, tomábamos posiciones y comentábamos la jugada: ¿Cómo llegará hasta aquí? ¿No habrán pactado una entrega pacífica? ¿Seguro que no lo han detenido ya? La imagen contraria la daban los incondicionales feligreses que se habían levantado muy temprano para poder estar en la capital catalana y presenciar el último milagro de su conocido mesías. Ellos nunca dudan, y a veces la insistencia tiene recompensa.

Porque sí, Puigdemont llegaba puntual y a las 9:00 hacía su aparición triunfal. Una muy corta, por cierto: “No sé cuándo nos volveremos a ver, amigos y amigas”, afirmaba con un cierto aire de incógnita que, al poco tiempo, se revelaba premonitorio. Y como arte de magia, Puigdemont alzaba el vuelo en medio de la multitud menos de una hora antes de iniciar la investidura del 133º presidente de la Generalitat, Salvador Illa. La investidura de un presidente es una de las noticias más importantes del año. Esto, claro, siempre que no suceda algo aún más extraordinario como que un expresidente regrese del exilio, haga un mitin ante una multitud, y luego desaparezca consiguiendo confundir a todos los cuerpos policiales.

Puigdemont: “No sé cuándo nos volveremos a ver, amigos y amigas”. | Foto: Pol Rius

Mientras hervía la tensión en los pasillos del parlament, en el parque de la Ciutadella, y prácticamente en todas las carreteras del país, Salvador Illa iniciaba su discurso. Sobrio y serio, como es costumbre en el líder socialista. Y también breve, tal vez temiendo que una nueva jugada de Puigdemont lo hiciera tambalear todo. Casualmente —o no— Illa comenzaba hablando de Tarradellas en lo que parecía un brindis al sol para una nueva era libre de Procés. “Después de la primera gran transformación de Cataluña iniciada por el presidente Tarradellas, y de la segunda transformación que emprendieron Maragall y Montilla, ahora es la hora de la tercera gran transformación de Cataluña”, afirmaba el futuro presidente. Y esta debía fomentarse en los acuerdos establecidos con ERC y Comuns, unos acuerdos que, insistía, “pasan a formar parte íntegramente de mi programa de gobierno”.

La noticia, sin embargo, continuaba fuera de la principal institución de Cataluña. El expresidente Puigdemont había efectuado su fuga en un gesto que poca gente, si es que la había, comprendía. Todo el foco estaba en el despliegue policial de los Mossos, que bloqueaban y colapsaban autopistas durante horas. Durante unos minutos de gran incertidumbre, el Pleno quedaba en el aire porque el portavoz de Junts per Catalunya, Jaume Batet, se hacía eco de una fake news publicada en ElNacional donde se afirmaba que había una orden de detención contra el secretario general del partido, Jordi Turull. La confusión y el esperpento se daban la mano por momentos, pero finalmente la junta decidía que la investidura debía continuar.

A Carles Puigdemont se le debería haber aplicado la ley de amnistía y debería haber podido votar tranquilamente como diputado electo que es. Esta es una verdad incondicional que no habla ni de Puigdemont ni de sus actos, sino de lo que debería ser el normal funcionamiento en un estado de derecho. Pero esto no quita en absoluto la naturaleza de la jugada maestra del expresident, que anteponía los intereses partido a cualquier lógica de país mediante una estrategia que solo buscaba dinamitar la investidura de Illa y hundir a ERC en su contradicción, y, de paso, poner contra las cuerdas al consejero de Interior y jefe de los Mossos Joan Ignasi Elena.

Salvador Illa, 133 president de Catalunya durante su investidura. Foto: Pol Rius.

Los fuegos artificiales de la huida de Puigdemont abrían un seísmo en los Mossos d’Esquadra, una policía que tendrá que dar explicaciones y que difícilmente aceptará nunca más ser considerada como “nuestra policía” en boca de los líderes de Junts per Catalunya. La jugada de Puigdemont aleja el posible retorno del partido como la organización de “seny” y “orden” que representaba CiU. Mientras tanto, el debate de investidura continuaba con las intervenciones de los diferentes grupos. La tarde caía, Illa acariciaba la presidencia, y Puigdemont continuaba en territorio desconocido.

Y sobre las 19:30 comenzaba la votación final, aún con la incógnita de si Puigdemont sacaría el último conejo de la chistera. Pero no. Salvador Illa salía elegido con los votos del PSC, ERC y los Comuns. Después de catorce años, el PSC volvía al Palau de la Generalitat de Catalunya. Después de catorce años, Cataluña tiene un presidente no independentista. Comienza una nueva etapa para Cataluña.

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Llicenciat en Ciències Polítiques (UPF), MSc en European Politics and Policies a la University of London, Birkbeck College i Doctor en Filosofia amb menció Cum Laude (UAB). Co-autor del llibre "Cartha on Making Heimat" (Ed. Park Books). Director del mitjà Catalunya Plural.

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