Tal vez comenzar con un “vivimos tiempos difíciles”  suene demasiado viejuno o, cuando menos, muy manido. Y ciertamente lo es. Lo cual no significa necesariamente que no sea cierto (de hecho, lo es).

El resquebrajamiento de ciertos consensos sobre el derecho internacional, los derechos humanos o el respeto institucional, por mencionar solo algunos ejemplos, dejan en evidencia que hay un problema estructuralmente previo a la cuestión concreta sobre cuáles son las violencias que condenamos y cuáles no. De hecho, es un problema definitorio que abarca un gran número de categorías. A saber, y por poner solo algunos ejemplos, ¿Qué designamos como violencia? ¿Es el terrorismo algo puramente objetivable y universal?  ¿Dónde es legítimo hablar de libertad (de expresión, de reunión, etc.)?

Lo que complica dirimir soluciones a estas preguntas es que, a decir verdad, por lo general ideas como las de violencia o libertad suelen ser muy evocadoras y nos interpelan de una forma en la que parece que tengamos muy claro siempre a que se refieren, pero, ¿Es esto así? ¿Todo el mundo está entendiendo lo mismo cuando utilizamos dichos términos?

Las etiquetas de lo que se considera libertad, violencia o terrorismo no parecen haber sido nunca tan difusas como ahora. Y esa neblina, paradójicamente, permite ver más allá de unas costuras que se van rajando un poco más cada día.

Pongamos algunos ejemplos de lo que estoy tratando de explicar. Si toda protesta  ante un genocidio corre el riesgo de ser clasificada como violenta, ¿estamos seguro de que se condenan las acciones y no contra quién o qué se dirigen? Por otra parte, el ministro israelí Ben Gvir se grabó hace unos días con diferentes integrantes de la Global Summum Flotilla, que estaban maniatados, y dijo ante la cámara “todos estos son terroristas”. Otro ejemplo lo comentamos hace unas semanas: en medio del boicot al equipo israelí que participaba en La Vuelta Ciclista a España, varios dirigentes del PP dijeron que la interrupción forzosa de La Vuelta era un acto de violencia (que no de libertad de expresión o protesta) e incluso el director de La Vuelta dijo que la legitimidad de toda protesta se perdía en las formas no-pacíficas. Por otra parte, Felipe González se sumó a quiénes dicen que la situación en Gaza se podría resolver si Hamás devolviera a los rehenes, ignorando o dejando en un segundo plano, cuando menos, la desproporción de la reacción genocida de Israel.

Al observar estos y muchos otros ejemplos uno no puede percibir sino una cierta desprotección, una sensación de asimetría. De mientras hay personas que se quejan de que ya no se puede decir nada en programas de televisión de máxima audiencia, nos encontramos con que protestar ante situaciones que se estiman como injustas puede ser considerado un ejercicio de violencia o incluso de terrorismo, y no de libertad de protesta, no atendiendo tanto a los daños ocasionados como a quién dirigen el blanco.

De este modo, el derecho a réplica parece quedar cercenado simbólicamente, imposibilitando darle un lugar legítimo, esterilizando la réplica, maniatando cualquier contestación.

Así, no hay nunca resistencia sino que todo es criminalidad, todo es violencia y terrorismo. Si a quién considero mi enemigo es un terrorista, todo uso de la fuerza contra él se legitima, mientras que cualquier contestación por su parte es algo que se debe condenar, independientemente de la fuerza que se emplee o porque se haya producido este evento. La protección del orden o, más bien, del statu quo se garantiza ya no solo con el monopolio de la fuerza sino y, sobre todo, con el monopolio del sentido discursivo.

En este contexto, Una batalla tras otra nos arroja una trama sobre la lucha contestataria en los EEUU. Ante la intuición de que toda forma de contestación a la injusticia será criminalizada, la insurrección toma el primer plano sin cortapisas: una batalla tras otra, hasta que el sistema discriminatorio cese. Pero este sistema siempre se revuelve, siempre contesta y, haciéndolo, consume a quiénes se le enfrentaron.

En estas circunstancias, recordé a mi buen amigo José Carlos Ibarra Cuchillo que, en la presentación de su magnífico libro Desencanto. Breve historia del pesimismo filosófico en Alemania (1740-1869), nos resumía una actitud común ante el siglo revolucionario en Europa (s. XIX): la idea de que todo sacrificio individual por una causa mayor tal vez acabe siendo totalmente insatisfactorio, pues el tablero de la Historia se mueve a un ritmo demasiado lento para una vida humana, si es que llega a moverse nunca. Sin embargo, Una Batalla tras otra opta por mantener el bucle, la repetición constante, en aras de preservar la integridad del movimiento y cierta esperanza: una batalla tras otras, sin cesar nunca, comenzando siempre de nuevo, mientras se mantenga la injusticia.

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