El Sindicato de Inquilinos abre una sección sindical para cubrir los municipios del Montserratí: Olesa, Esparreguera, Abrera, Collbató, Sant Esteve Sesrovires y Martorell, entre otros. Comenzará su actividad el próximo martes 14 de octubre a las 19h en la cooperativa de vivienda La Xicoira, situada en la calle Pau Casals, número 41-47, en Olesa de Montserrat. En esta primera asamblea se ofrecerá asesoramiento sobre cómo evitar el cobro de honorarios ilegales, recuperar las fianzas, confrontar el racismo inmobiliario y protegerse ante desahucios o la negativa de los propietarios a renovar los contratos de alquiler. Sin duda, siempre es una buena noticia la ampliación de las redes de defensa popular en el interior de Cataluña, especialmente en un ámbito tan fundamental como la vivienda.
Porque cuando hablamos de vivienda, hablamos del vínculo con el territorio, de aquello que teje barrios y permite planificar proyectos de vida. Por eso mismo, la batalla por la vivienda asequible se está convirtiendo, a escala europea, en una lucha por la democracia. El Freedom Party en Irlanda, el Frente Nacional en Francia o las marchas antirrefugiados en Alemania intentan consolidar un discurso de la escasez: afirman falsamente que no hay viviendas para todos y, por tanto, que las personas migrantes deben ser expulsadas. En el Estado español, VOX está aplicando esta estrategia, aunque los datos científicos desmienten sus afirmaciones. De hecho, el Instituto Nacional de Estadística señala que hay 3,8 millones de viviendas vacías. Todo lo contrario: el problema es el acaparamiento de vivienda por parte de grandes rentistas, bancos y fondos financieros, que tienden a subir los precios por encima de la capacidad adquisitiva de la ciudadanía.
Sin embargo, la prioridad de la extrema derecha nunca es el rigor. Lo que fuerzas como VOX buscan es imponer un estado emocional de rabia, canalizándolo hacia los más vulnerables y hacia las instituciones democráticas, para ocupar estas últimas y desmantelarlas desde dentro. Hace pocos meses, el Montserratí fue escenario de protestas impulsadas por grupos reaccionarios. En Olesa de Montserrat se convocó una concentración en apoyo a un grupo de vecinos que habían dejado de pagar los alquileres de viviendas públicas gestionadas por la Agència d’Habitatge de Catalunya (AHC), controlada por la Generalitat. Sin embargo, la concentración tuvo lugar frente al Ayuntamiento, que no tenía ningún vínculo con los desahucios e incluso se había ofrecido a abrir un canal de mediación con la Generalitat.
Pero para VOX el objetivo tampoco era proteger a esas familias, sino utilizarlas como ariete contra una institución municipal, mientras en las redes sociales sus seguidores afirmaban que la falta de vivienda pública se debía a que se adjudicaba a familias procedentes del Magreb: una maniobra que fusiona el tacticismo racista e inmobiliario. Lo más absurdo de la concentración fue que un conocido promotor inmobiliario, político de Ciudadanos, intentó entrar al Ayuntamiento para protagonizar un escrache. Es decir, fuerzas reaccionarias que han bloqueado en el Congreso de los Diputados cualquier propuesta para proteger el derecho a la vivienda y aumentar el parque público presionaban a una institución local que no estaba desahuciando. Ridículo.
Seamos coherentes. La extrema derecha no quiere soluciones, busca enemigos. No le interesa ni la verdad ni las personas que dice defender. Su estrategia es sembrar odio, desviar la atención y abrirse paso en medio del caos hasta ocupar el poder. Y si para ello deben enfrentar a pobres contra pobres, lo harán, enarbolando discursos patrióticos vacíos. Por eso el sindicalismo de vivienda no es un complemento: es una necesidad histórica. No basta con ganar en Barcelona o en los grandes núcleos urbanos. La batalla se decide también en cada comarca, en cada municipio.
Hay que organizarse desde abajo, barrio a barrio, calle a calle, acompañando a quienes sufren la violencia inmobiliaria y transformando su desesperación en fuerza colectiva. Es hora de recuperar una conciencia de clase trabajadora desde espacios que no solo denuncien, sino que protejan en la práctica el derecho a la vivienda. Solo así podremos transformar el problema individual en una reivindicación política. Porque frente a un mercado que nos condena a la angustia, y frente a quienes pretenden usar ese sufrimiento para destruir la democracia, el sindicalismo de vivienda es nuestra mejor defensa y nuestra mayor esperanza. Garantiza techo, convivencia y futuro. ¡Fuerza Sindicato!


