Hemos empezado 2026 con la confirmación de algo que ya sabíamos, aunque preferíamos ignorar un poco: el mundo es profundamente complejo y turbulento. Si aceptamos que la resonancia es inversamente proporcional a la aceleración, no nos queda otra que admitir que las transformaciones son demasiadas y demasiado rápidas para nuestra capacidad de asimilar su carácter multifactorial.

Complejidad, según la RAE, es “complicación, dificultad, embrollo, confusión, lío…”, afectos y sentimientos hoy muy presentes, especialmente entre los jóvenes. Lo que nos perturba de esta complejidad contemporánea no es tanto su novedad —siempre la hubo— como la prisa y, sobre todo, la vacilación de las referencias tradicionales. El Otro, como interlocutor social, no está simplemente en crisis, ni dividido ni vacilante: está más bien —como anticipaba Lacan en los años setenta— roto. Ya no ofrece certezas, ni relatos, ni identidades sólidas. De ahí que el cinismo triunfe como refugio fiel para muchos huérfanos de sentido.

Trump, Putin, Netanyahu, Thiel, Zuckerberg y tantos otros líderes e ideólogos globales no parecen sufrir dilemas morales. Son hombres de convicciones firmes, siendo la principal la creencia en sí mismos, lo que constituye de paso su carácter delirante. A partir de ahí, aceptan otras: religión, ideología, cultura… Su enorme influencia radica precisamente en esa apuesta decidida por la simplicidad en un mundo complejo. No invierten demasiado en argumentos: su palabra es fácil y directa porque saben de su eficacia.

Difícilmente alguno de ellos compartiría el temor de Korin, protagonista de Guerra y guerra, la novela del escritor húngaro László Krasznahorkai, cuando concluye que era vano torturarse en busca del sentido último, porque “la complejidad era en sí misma el sentido del mundo”.

Admitamos que muchos de nosotros nadamos a contracorriente, como Korin, en un mundo donde la inteligencia artificial y sus algoritmos proponen una solución basada en la homogeneización de las respuestas: emoticonos, fórmulas prefabricadas, respuestas prêt-à-porter como las de los chats conversacionales. Una fórmula que exige conexión permanente, evita la sorpresa y reduce la complejidad a la simplicidad de una máquina que habla por nosotros, escribe por nosotros y, cada vez más, piensa por nosotros.

En los ámbitos educativo y clínico aceptamos con naturalidad procesos de etiquetado psicopatológico y protocolos asistenciales que homogeneizan el sufrimiento y se presentan como la explicación y la solución al malestar. Incluso los propios pacientes llegan con su autodiagnóstico, muchas veces extraído de los miles de canales de las redes sociales que ofrecen un “nombre” con el que presentarse en sociedad: bipolar, Asperger, TEA, TDAH… Nuevos ritos de bautismo social en una época de rupturas e identidades evanescentes.

La complejidad es también otro nombre para la inexistencia de ese Otro que garantizaría nuestra existencia. Si muchos de los líderes mencionados coinciden en sus proclamas religiosas, y si tantos jóvenes aspiran a una nueva espiritualidad, es por el anhelo de ese Dios que nos protegería librándonos de toda incertidumbre.

Pero también existen otras respuestas posibles frente a esa ausencia radical: hacernos cargo de nuestras vidas —eso implica el hacer y los actos— sin renunciar al pensamiento crítico ni a los lazos sociales.

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3 comentaris

  1. Noemi De Angelis on

    valoro un aporte dador de pistas. perderse para encontrar o al menor ir al encuentro de mayor entendimiento, a pesar de las complejidades. gracias

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