En 1938, Neville Chamberlain, Primer Ministro británico, y Adolf Hitler se reúnen a raíz de la crisis de los Sudetes. Aún traumatizado por el recuerdo de la Primera Guerra Mundial, Chamberlain acaba cediendo a las pretensiones anexionistas de los nazis. Bajo el pretexto de que haría cualquier cosa con tal de evitar una nueva guerra, el Primer Ministro británico sería duramente condenado por la Historia que, con las proféticas palabras de Winston Churchill, le recordará siempre aquello de “Entre la guerra y el deshonor, habéis preferido el deshonor, tendréis la guerra”.
En 2026, la situación actual guarda cada vez más un siniestro parecido con el caso Chamberlain. En el segundo mandato de Trump sus excentricidades han aumentado a la par que su poder. Las contradicciones, cambios de criterio y salidas de tono son cada vez más frecuentes. Sin embargo, esto no acaba de parecer del todo obvio por la sencilla razón de que hay una comparsa que trata de moverse a su son, haciendo parecer que no, que lo que estamos viendo no es absurdo, no es grotesco, que sigue habiendo cierto criterio y respetabilidad en todo lo que hace el Presidente de los EEUU.
Los que se mueven al son de Trump están también minusvalorando el expansionismo de Trump, cuando no negándolo. Cabe recordar que en la última campaña electoral estadounidense uno de los mantras mediáticos en los que más se insistió es el de que Trump no inició ninguna guerra en su primer mandato y que, de ser elegido de nuevo, haría que los EEUU se preocupen solo de sus asuntos internos, no involucrándose en conflictos bélicos ni asuntos exteriores. No obstante, lo que en un principio sugería un aislacionismo antibélico ha mutado en una suerte de guerra preventiva constante: los EEUU, desde la visión trumpista, no se estarían ocupando de conflictos externos sino que entienden ahora que “estabilizar” el resto del mundo es parte de su propia defensa y de sus intereses particulares. Así, la paz que se busca no sería la ausencia de guerra sino la muerte termodinámica, la falta de diferencia y oposición por aplastamiento. Es decir, si solo restan intactos los intereses de EEUU, únicamente puede haber paz en el mundo, porque no quedaría ya con quién enemistarse. Esta forma de comprender la geopolítica en clave imperialista no es tampoco nada nuevo y, por diferentes razones y justificaciones, ha estado en boga de muchas potencias a lo largo de la Historia. Allí dónde algunos encontraban razones étnicas, de (falsa) superioridad racial, mandato religioso o justificación civilizatoria… Otros están encontrando razones mercantiles o más ampliamente económicas y geoestratégicas (el expolio de recursos como parte del cumplimiento del lema MAGA).
A principios del año pasado comenté en un artículo las semejanzas entre el actual panorama político y el de los años treinta del siglo XX. Ciertamente, procuré mantener la prudencia de no caer en la simplificación grosera o a la equiparación burda. Sin embargo, el tiempo ha dejado demasiado corto mi análisis: lejos de parecer forzadas, algunas semejanzas comienzan a ser obscenas y rozan lo cómico-terrorífico.
Las constantes imágenes de la impunidad celebrada del ICE en su persecución al migrante, o a cualquier sospechoso para el régimen trumpista, rozan el esperpento y generan escalofríos entre los que conocen el modo de proceder de los camisas pardas (SA) a principios de los años treinta en Alemania. Aún con sus diferencias, el clima de terror e incomodidad y, sobre todo, la sensación de arbitrariedad derivada de su impunidad están convirtiendo a este cuerpo en una suerte de guardia pretoriana en defensa del interés MAGA. La cruel y absolutamente desproporcionada muerte de Renee Nicole Good, abatida a tiros por un agente del ICE, es la gota que colma el vaso de una actuación que ya estaba siendo cuestionada desde hace mucho.
Como se puede observar, el clima político del trumpismo se está tornando cada vez más oscuro y, tanto en clave externa como interna, guarda perturbadoras semejanzas con momentos terribles de nuestro pasado. Sin embargo, parece que esto no quiere ser visto. Y de ahí la alusión al caso Chamberlain.
De un modo similar a Neville Chamberlain, muchas voces prefieren callar y conceder que no alzar la voz ante la barbarie. Especialmente por parte de la Unión Europea, otrora aliada de EEUU, se está optando por mirar para otro lado cuando no directamente aplaudirle las gracietas y ocurrencias a Trump.
¿Que Trump quiere que los miembros de la OTAN suban su presupuesto militar al 5% del PIB? “Sin problema”. ¿Que el Presidente de los EEUU dice que el Derecho Internacional le parece una pantomima y que solo se siente guiado por su propia moralidad? “Seguro que era una jocosa ocurrencia”. ¿Que EEUU estaría dispuesto a tomar Groenlandia por las buenas o por las malas? “Quizás estaba de mal humor ese día, pero no lo decía en serio”.
De este modo, se le concede todo a Trump, incluso las faltas de respeto personales a otros dirigentes, con la esperanza de que, siendo sumisos y complacientes ante sus deseos, él sea magnánimo. Pero sucede todo lo contrario, igual que con un niño malcriado, mientras más se le consiente, más quiere y peor se comporta: porque él anda buscando el límite, y aún no lo ha encontrado. Las malas noticias: si no lo encuentra pronto, la historia nos dice que nada bueno cabe esperar.
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